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Historia del urbanismo en España

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Los inicios

Muralla romana de Lugo

Dejando aparte la contribución de Roma a la urbanización de la península, el que debería considerarse como primer urbanista español (y quizá europeo, tras la etapa clásica) fue el fraile valenciano Eiximenes, que en el siglo XIV trató la forma de la ciudad ideal en sus escritos teológicos, obras que tuvieron gran repercusión en la forma de los nuevos poblados que por entonces se iban creando en el reino de Valencia e incluso en el frontero reino de Castilla.

Eiximenes propone una ciudad con calles que se cortan ortogonalmente, un trazado en damero, ya conocido desde los griegos (creado por Hipodamo de Mileto), añadiendo una cierta sectorización de usos.

Edad Moderna

En la Edad Moderna no aparecen señales en la península de que hubiera preocupación por el trazado urbano, y las poblaciones siguieron la tónica de crecimiento orgánico de las ciudades mediterráneas, pero el influjo de Eximenens se nota en la aventura de la colonización. Las nuevas ciudades que se crearon en las Indias Occidentales españolas, con una gran repercusión en el urbanismo del resto América, deben mucho a sus ideas. Y no hay que olvidar que ningún otro imperio ha creado tantas ciudades como los españoles, fundamentalmente en América. Las leyes de Indias tratan ampliamente las bases de este urbanismo, incluyendo las acciones a tomar desde el momento en que se decide una fundación, hasta el modo de orientar calles y plazas, sus medidas o el modo de situar el edificio de gobierno o la iglesia mayor.

Urbanismo de la Ilustración

Durante el siglo XVIII, entre los arquitectos españoles siguió la preocupación por el urbanismo, centrado en las nociones de racionalismo y salubridad, que se llevaba haciendo en América desde siglos antes, con la particularidad de que ahora, con las ideas procedentes de Francia y de Italia, se añadió la preocupación por la reforma de las ciudades de la península y no sobre la creación de nuevas.

La situación a la llegada de la dinastía borbónica a España se caracterizaba por la existencia de una arquitectura de estilo barroco, desconectada de las corrientes clasicistas europeas. La mala administración económica de los últimos Austrias había agudizado los problemas tradicionales de la ciudad peninsular: hacinamiento, falta de infraestructuras sanitarias, mala calidad de la edificación o ausencia de espacios libres dentro de los recintos amurallados.

El principal esfuerzo del programa arquitectónico borbónico se dirigió al embellecimiento de Madrid y de los Reales Sitios donde de representaba el poder del monarca, siguiendo el modelo de la corte francesa.

El programa urbanístico más ambicioso fue el eje del Prado, con la intención de dar continuidad a la ciudad por el este y unirla al Buen Retiro. José de Hermosilla diseñó el Salón del Prado, entre las actuales glorietas de Cibeles y Neptuno. Este paseo se prolongó posteriormente hacia el sur, con la idea de crear un eje científico, con el Jardín Botánico, el Museo de Ciencias (actual Museo del Prado) y el observatorio (todo ello bajo la dirección de Juan de Villanueva), y el Hospital de San Carlos. La aparición de esta avenida monumental en sentido sur-norte marca el eje del futuro crecimiento de Madrid y la línea divisoria entre la ciudad antigua y el futuro ensanche. El Prado madrileño sirvió de modelo para otras ciudades, en las que la construcción de este tipo de paseos fue promovida por las Sociedades de Amigos del País (Campo de San Francisco en Salamanca, el Espolón en Burgos o Floridablanca en Valladolid).

Desde la actual plaza de Atocha, se trazaron también otros paseos (como el de los 8 hilos) para enlazar el prado con el Manzanares.

También en los Reales Sitios de Aranjuez, El Escorial o La Granja, aparecieron nuevas poblaciones para dar servicio a los respectivos palacios. Aranjuez es el modelo más conseguido de integración de la arquitectura clasicista del gusto francés e italiano, con la naturaleza y con una pequeña ciudad de trazado regular que comprendía tanto residencias de la nobleza como un caserío muy funcional.

La dirección de numerosos proyectos correspondió a ingenieros militares, cuerpo que a lo largo de los años mantendrá una pugna con los arquitectos por las competencias sobre urbanización. Los ingenieros militares también desempeñaron un papel decisivo en la creación de los nuevos arsenales marítimos. Cartagena, Ferrol y San Fernando experimentaron un crecimiento muy notable. En los tres casos, se siguió también la planta regular clásica de la urbanización de las Indias.

El urbanismo todavía no había sido adoptado por la escuela de arquitectura de la Academia de Bellas Artes como uno de los puntos claves de la formación de los alumnos.

Barcelona

Barcelona, durante el siglo XVIII, une a su condición portuaria y comercial el carácter de plaza fuerte. Las fortificaciones, dirigidas por el ingeniero flamenco de Verboom, limitan el desarrollo urbano al viejo solar formado por la Ciutat y el Raval, perdiendo además el viejo barrio de la Ribera en cuyo lugar Felipe V hizo construir la Ciudadela. Parte de la población de este barrio se había instalado en barracones en la barra arenosa que forma el puerto. En 1752, el Marqués de la Mina mandó construir un barrio nuevo sobre el terreno. La dirección correspondió al ingeniero militar Pedro Martín Cermeño, que ordenó el plano con manzanas rectangulares y alargadas sobre las que se levantaron viviendas modestas pero agradables y de buena construcción. Las obras demoraron unos veinte años y su resultado, la Barceloneta, es un buen ejemplo aplicado de la teoría de la urbanización ilustrada.

La creación de nuevas ciudades en Sierra Morena y en otros puntos de España permite saber como se concebía en la época el ideal de ciudad. El experimento de colonización de [[Sierra Morena incluyó además labores de planeamiento territorial, estableciendo una jerarquía de ciudades. El trazado urbano de estas poblaciones se ajusta al clásico modelo americano de retícula, con plazas de forma diversa que actúan como centros de la vida social.

La época de José Bonaparte

Silvestre Pérez fue el encargado de llevar a cabo las reformas, como arquitecto del rey José. Había sido discípulo de Juan de Villanueva y a comienzos del siglo XIX gozaba de gran prestigio. En 1801 había elaborado el proyecto de Puerto de la Paz de Bilbao, una auténtica ciudad portuaria nueva, articulada en torno a una gran plaza abierta a la ría, y con un trazado que algunos autores ven relacionado con el proyecto de Christopher Wren de 1666 para Londres.

Las actuaciones de la etapa anterior se habían centrado en el eje del Prado, pero Madrid continuaba siendo una ciudad de trazado anárquico y sin hitos urbanos. El anticlericalismo de la ideología revolucionaria francesa, permitió llevar a cabo acciones impensables con anterioridad. Se prohibieron los enterramientos en las iglesias, creándose cementerios extramuros, como medida para evitar epidemias. También se procedió a la expropiación y derribo de conventos para despejar el entramado urbano, que pasaron a ser plazas (Santa Ana, Los Mostenses o San Miguel). Disposiciones similares se adoptaron en otras ciudades como Sevilla o Valladolid. La gran densidad de las ciudades amuralladas sólo permitía este recurso para ganar espacio, en una época en la que el derribo de los muros todavía no se asumía como idea generalizada. Dos décadas después, la desamortización de Mendizábal permitiría ganar terreno recurriendo al mismo procedimiento.

Sacchetti había advertido que el Palacio Real requería una plaza en su parte oriental y Sabatini había preparado un proyecto que no pudo ser llevado a cabo. La creación de una zona monumental en torno al Palacio, se convirtió en el trabajo más ambicioso de Silvestre Pérez. El foro napoleónico debían dominar las formas geométricas puras. En Madrid tendría su realización mediante un eje que uniría el Palacio con la iglesia de San Francisco el Grande, convertida en sede de las Cortes del reino. Para ello se construiría una gran plaza en la fachada principal del Palacio, seguida de otra cuadrangular en el lugar que hoy ocupa la Almudena, y un puente sobre la calle Segovia que desembocaría en otra gran plaza con forma de circo romano ante la iglesia de San Francisco. La guerra impidió que el diseño de Silvestre Pérez produjese algún resultado, aunque algunas de las ideas que contenía servirían a sus sucesores para ordenar esa zona.

La ciudad del romanticismo

San Sebastián fue bombardeada por Wellington en 1813 y destruida en su totalidad. El proyecto de reconstrucción fue encargado por el ayuntamiento a Pedro de Ugartemendía, que diseñó una ciudad de trama regular, articulada en torno a una plaza octogonal que sería el centro de la vida social. La concepción sin segregación social por barrios no tenia en cuenta el anterior viario. Finalmente a colisión entre intereses públicos y privados hizo imposible la remodelación a fondo de los viejos trazados medievales y barrocos de las ciudades españolas.

Isidro González Velázquez sucedió al exiliado Silvestre Pérez en el programa de ordenación de los alrededores del Palacio Real de Madrid. Ideó una plaza de planta circular, en la que una galería porticada perimetral serviría como nexo entre el Palacio Real y el Teatro Real aprovechando el espacio liberado por el derribo en la época josefina de 56 viviendas y de la Casa del Tesoro, frente a la fachada oriental. El proyecto no pudo llevarse a cabo por dificultades presupuestarias, pero no obstante, está en la base de la plaza que se construyó en 1842, por iniciativa de Agustín Argüelles.

En 1854 finalizaron las obras de reconstrucción de la Plaza Mayor, siguiendo el proyecto de 1790 de Juan Villanueva, cuando un incendió la destruyó parcialmente.

La apertura de plazas intramuros se vio favorecida por la desamortización, que tuvo su punto álgido entre 1835 y 1837. En ciudades como Madrid o Málaga, las propiedades de la iglesia ocupaban la cuarta parte de la superficie disponible, porcentaje que era aún mayor en ciudades más pequeñas. No obstante, esta solución sólo suponía una componenda temporal ante la necesidad de terreno en las ciudades. Tan sólo el retraso de la industrialización en España, permitió posponer el derribo de las murallas y la creación de ensanches hasta la década de 1850.

Otra traba importante era la ausencia de un marco legal adecuado. En 1834, Custodio Moreno confeccionó el primer plano topográfico detallado de Madrid pero hasta 1846 no se publicó una Real Orden que obligaba a las otras ciudades a dotarse de este instrumento. Algo parecido sucedía con la inexistencia de normas sobre alineamiento de las calles, que hasta 1859 no se hicieron obligatorias.

En Madrid, durante el periodo isabelino la Puerta del Sol, pasó a convertirse en nuevo centro de la vida urbana, tras el derribo de los conventos de San Felipe y la Victoria. La Puerta del Sol no sigue el modelo típico de Plaza mayor española, sin embargo, en esta época se asiste a una revitalización de este modelo tan característico, interpretado según el gusto clásico de Villanueva o de las plazas mayores vascas de finales del XVIII. La Plaza Real de Barcelona (1848) y la Plaza Nueva de Sevilla, siguen este modelo llamado a desaparecer en los nuevos ensanches.

Otro aspecto de importancia en este periodo es a la mejora de infraestruturas básicas, como el abastecimiento de agua potable, la iluminación pública, la pavimentación o el alcantarillado. La mortalidad por enfermedades infecciosas era tan elevada que antes de realizarse los ensanches, la mortalidad de Madrid era cuatro veces superior a la de Londres o Berlín y la de Sevilla semejante a la de la India.

Los ensanches

Artículo con mayor desarrollo: Ensanche de poblaciones en España

A mediados del siglo XIX, la necesidad de proceder al derribo de las murallas y de ensanchar las ciudades se convierte en imperiosa. El aumento de la población, la incipiente industria y las nuevas actividades con requisitos intensivos de suelo, como el ferrocarril, no podían satisfacerse simplemente con la liberación o mejor aprovechamiento del terreno de los cascos antiguos. La muralla había perdido todo valor militar, ante los progresos de la artillería y su función fiscal como aduana interior era contraria al espíritu del capitalismo y el libre comercio.

Leyes para el urbanismo

En 1861 fue rechazado por el Senado el primer borrador de ley de Ensanches, que tuvo que esperar hasta 1864 para su aprobación, seguido en 1867 del Reglamento. La influencia de esta ley en el desarrollo de los Ensanches fue determinante y contribuyó a que el resultado final se alejase de los proyectos iniciales. Los Ensanches se convirtieron en zonas de especulación. Los propietarios de los terrenos obtuvieron beneficios fiscales, y en función de sus intereses pudieron mantener solares sin construir mientras que en otras zonas se superaba con creces la edificabilidad prevista.

En 1868 se produce el desarrollo de Madrid y Barcelona según los planes aprobados. El ensanche es la plasmación en el urbanismo del poder de la nueva burguesía.

En 1895, se promulgó la Ley de Saneamiento y Mejora de las Poblaciones, pensada para resolver los problemas de los cascos históricos.

Barcelona

Plan de los alrededores de la ciudad de Barcelona y del proyecto para su mejora y ampliación de Ildefonso Cerdá y Suñer (1859).

En la Ciudad Condal, los planes para el derribo de la muralla elaborados por el ayuntamiento tropezaban con los de los ingenieros militares, que todavía se planteaban rectificar el trazado de las fortificaciones.

En 1854, se autorizó, por fin el derribo de las murallas de Barcelona. Ese mismo año, el gobierno civil encargó al ingeniero Ildefonso Cerdá la dirección de una comisión para levantar el mapa topográfico y estudiar el ensanche de la ciudad. Cerdá, ingeniero de caminos, conoció el ferrocarril en Francia en 1844. En 1849 abandonó el cuerpo de ingenieros para dedicarse de lleno a la urbanización. Su aportación teórica se recoge en el manual "Teoría General de la Urbanización", de 1867.

El ayuntamiento convocó en 1857 un concurso en el que se establecía que el ensanche sería ilimitado. El proyecto de Ildefonso Cerdá fue el elegido por el gobierno central español para participar en el concurso y no lo ganó en un primer momento por su procedencia "centralista". Antoni Rovira Trías fue el vencedor. Su proyecto se basaba en conservar el núcleo histórico como centro de la ciudad, en torno al cual se disponía el nuevo viario en forma de abanico. Dos grandes vías radiales unirían el casco antiguo con los cercanos núcleos de Sants y Gracia. Pero este plan nunca se llevó a la práctica. El 31 de mayo de 1860 se publicó el decreto de puesta en marcha del proyecto de ensanche de Cerdá quien planteó su ensanche como una ciudad completamente nueva, no articulada en torno al casco antiguo. Su característica principal es el trazado ortogonal uniforme, con tres ejes oblicuos (Diagonal, Meridiana y Paralelo) que facilitan su recorrido. La unidad básica del Ensanche es la manzana de 113 metros de lado y achaflanada en sus esquinas, de manera que se crean pequeñas plazas en los cruces. Se preveían cuatro anchuras de calle (20, 30, 50 y 100 metros), la existencia de jardines en el interior de las manzanas y una edificabilidad mucho menor que la que finalmente se autorizó. La uniformidad en el trazado, convierte al proyecto de Cerdà en una ciudad sin segregación social, aunque la realidad se acabaría imponiendo en su desarrollo.

Es comprensible que el proyecto de Cerdá resultase extraño para sus contemporáneos, pero el tiempo acabó por darle la razón, ya que la ciudad nueva se constituye en el Ensanche de Barcelona, demostró su idoneidad para la evolución de una urbe industrial y cosmopolita.

Dentro de la Ley de Saneamiento y Mejora, se incluye el plan Baixeras para Barcelona (1889). Cerdà había previsto la apertura de vías sobre el viario antiguo, pero el rechazo de los propietarios imposibilitó su realización. El plan Baixeras también topó con la misma oposición, tras muchas demoras, se finalizaron las obras de la Vía Layetana en 1913.

Madrid

En la misma época se planteó la necesidad del ensanche de Madrid. En 1857 el Ministerio de Fomento ordenó el estudio de un futuro Ensanche, cuya dirección fue encomendada a Carlos María de Castro, ingeniero al igual que Cerdá. La memoria del plan se publicó en 1860, como en el caso de Barcelona.

El ensanche de Castro se asemeja al de Cerdá en el trazado ortogonal y en no prolongar la ciudad histórica sino en constituirse en una ciudad nueva por el este y el norte. La ciudad de Castro estaba segregada socialmente desde el principio, con su barrio aristocrático en el eje de la Castellana, zona burguesa en el actual barrio de Salamanca, y barrios obreros como Chamberí o el situado al sur del Retiro. El conjunto se cerraba por los actuales paseos de ronda, en paralelo a los cuales discurría un foso, con funciones fiscales y defensivas.

Fruto de la misma Ley de Saneamiento y Mejora, es el plan para construir una gran vía transversal en Madrid, para dotar a la ciudad vieja del eje este-oeste del que carecía. Ya en 1866 Carlos Velasco Peinado había propuesto una solución que como casi siempre fracasó por la imposibilidad de expropiar los terrenos. La ley de 1895 intentaba resolver dicha dificultad. La Gran Vía figuraba en el Plan General de Reforma de Madrid de López Salaberry y José Urioste (1905). El nuevo eje debía servir para dotar a la ciudad de una avenida comercial. Empezado el proyecto en el breve mandato del alcalde Nicolás de Peñalver Zamora (conde de Peñalver), completar el trazado llevó cuatro décadas.

Otros ensanches

Bilbao tenía el problema de que su término municipal era exiguo. En 1861 recibió la autorización para confeccionar un plan de ensanche, que se encomendó al ingeniero Amado Lázaro, pero este proyecto no fructificó y hubo que esperar a 1873, a un plan nuevo elaborado por el arquitecto Achúcarro y los ingenieros Alzola y Hoffmeyer.

El ensanche bilbaíno se hizo en el margen izquierdo de la ría, sobre el terreno en el que Pérez diseñó el Puerto de la Paz. La ciudad nueva se desarrolla como un damero en torno a una plaza elíptica de la cual parten ocho calles radiales, configuración influida sin duda por la plaza de L'Ètoile parisina. El crecimiento de la ciudad hizo que en pocas décadas el ensanche resultase insuficiente.

También San Sebastián, se vio en la necesidad de construir un ensanche, labor que se encomendó a Antonio Gortázar. Su proyecto estuvo muy influido por el modelo de Cerdà. De igual forma, es muy notable la impronta del plan Cerdà en los ensanches de Tarrasa y Sabadell.

El urbanismo en el cambio de siglo

Proyecto de la ciudad lineal de Arturo Soria

En 1892 Arturo Soria público su proyecto de ciudad Lineal, que se extendería entre las ciudades núcleo existentes. Soria se inspiró en el pensamiento de Fourier y de Fernández de los Ríos y se adelantó en seis años al movimiento de las ciudades-jardín de Howard, que vería la luz en 1898. La Ciudad Lineal nació de la superación del concepto de ensanche y su objetivo era construir una ciudad nueva, saludable, que mejorase la calidad de vida de sus habitantes, vertebrada en torno a una amplia avenida central en la que el tranvía actuaba como elemento de cohesión. Las viviendas se pensaron desde el principio unifamiliares, con grandes extensiones de jardín, huertos y zonas verdes. En la Ciudad Lineal habría lugar para la diferencia social, no todas las casas tenían por qué ser iguales, pero a diferencia de otros proyectos, no se relegaba a los menos pudientes a lejanos suburbios, sino a una segunda o tercera fila, siempre cerca de la avenida principal y del transporte. La dotación de servicios como escuelas o comercios fue otro punto de atención.

No solamente enunció un programa de ciudad ideal, sino que creó una compañía privada para llevarlo a la práctica. Pero en lugar de unir dos ciudades núcleo, como era la idea original, creó un anillo urbano de circunvalación que debería construirse en torno a Madrid. Los futuros habitantes podrían participar como propietarios de acciones de la entidad, en función de su capacidad económica. Un órgano de comunicación, "La Ciudad Lineal" se encargaba de difundir el proyecto y la ideología subyacente.

El primer tramo de la Ciudad Lineal se acabó, tras superar muchas dificultades financieras en 1911. El resultado fue la creación de una zona residencial y de recreo, en la que la burguesía gustaba de pasar los meses de verano. Ese modelo tuvo una buena acogida en Cataluña donde se plantearon al menos tres proyectos: una barriada en Barcelona, una articulación del eje Reus-Tarragona-Salou (que hubiera sido mucho más acorde con la idea inicial de Soria) y una colonia agrícola en Vilanova, que no llegaron a realizarse.

En Madrid, el ingeniero Juan Nuñez Granés, intento unir de forma coherente la ciudad con los núcleos periféricos. El plan de Núñez Granés se terminó de elaborar en 1909, pero no recibió la aprobación municipal hasta 1916. Una ancha avenida transcurría en paralelo al paseo de ronda en la parte norte, y una vía de circunvalación discurría como cierre del proyecto por parte del trayecto de la actual M-30. La prolongación de la Castellana, debía llevarse a cabo eliminando el hipódromo y corrigiendo su trazado para que tomase la orientación sur-norte. Este proyecto no llegó a realizarse, pero la idea de prolongación de la Castellana había calado en el ayuntamiento y fue uno de los puntos del pliego de condiciones del concurso que se convocaría en 1928.

Siglo XX

En los primeros años del siglo XX, en Barcelona se manifestaba la necesidad de articular el ensanche Cerdá con la periferia. Se convocó un concurso público que ganó en 1905 el arquitecto francés León Jaussely. Se trata de un plano basado en grandes figuras geométricas, combinación de rectas y curvas. No es extraño, puesto que Jaussely partía de la crítica generalizada al plan Cerdá. La regularidad del trazado en damero desaparecía a favor de composiciones oblicuas. Este proyecto no prosperó, pero Jaussely participó en la confección del definitivo Plan de Enlaces de 1917, en el que quedó recogida su idea de un cinturón de ronda.

Hasta 1923, con el Estatuto Municipal, publicado siendo ministro de Gobernación Calvo Sotelo, imponía la obligación a las grandes ciudades de elaborar un plan general que ordenase el crecimiento.

En últimos años de la década de los 20 aparece una nueva generación de arquitectos, influidos por las corrientes del racionalismo. En esta generación destacan por su actividad urbanística Secundino Zuazo y Fernando García Mercadal. Este segundo, es el principal introductor en España del racionalismo centroeuropeo. En 1926, recibió clases de urbanismo de Hermann Jansen, y en 1929 trabajó en el estudio de Zuazo. García Mercadal puso en contacto al arquitecto bilbaíno con el alemán, y ambos concurrieron con un proyecto conjunto al concurso convocado por el ayuntamiento de Madrid, para la urbanización del extrarradio. El concurso se declaró desierto, por considerar el jurado que ningún proyecto cumplía todas las condiciones.

Urbanismo de la Segunda República

La Segunda República, coincidió con el auge de la arquitectura racionalista, de la que García Mercadal fue el principal introductor. Participó en el congreso fundacional del CIRPAC en 1928, organizó la visita de Le Corbusier a Madrid y fue el promotor de la creación en 1930 del GATEPAC. El gobierno republicano proporcionó un fuerte impulso político al planeamiento urbano, especialmente bajo el mandato de Indalecio Prieto en Obras Públicas entre 1931 y 1933.

En 1932 se creó el Gabinete Técnico de Accesos y Extrarradio de Madrid, para mejorar los accesos por carretera y ferrocarril y ordenar los núcleos de población periféricos. El cerebro de este gabinete fue Secundino Zuazo, y sus realizaciones más significativas fueron el plan de accesos a Madrid y dos trabajos relacionados con los trabajos de prolongación de la Castellana: el túnel ferroviario entre Chamartín y Atocha y los Nuevos Ministerios.

Otro trabajo del Gabinete fue el Plan Regional de Madrid, en el que se contempla no sólo la ciudad y su periferia inmediata sino una extensión territorial mucho más amplia.

El interior del término municipal de Madrid fue objeto de un plan de Extensión en 1933, que venía a suplir el fallido concurso de 1929. Se trata de un trabajo que establecía objetivos sobre zonificación, densidad, espacios verdes y sistema de transporte.

Por su parte, García Mercadal ganó en 1932 la plaza de jefe de la Oficina de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid. Su principal aportación urbanística desde su puesto es el Proyecto de Ciudad Verde del Jarama.

Donde éste se convirtió en arquitectura oficial, fue en Cataluña, impulsado por la Generalidad de Cataluña. El GATCPAC, liderado por Sert, será la referencia del urbanismo catalán republicano.

El primer proyecto de calado del grupo es la urbanización de la Diagonal (1931). Se trata de una exposición del racionalismo más ortodoxo, en el que la manzana cerrada Cerdà se sustituye por alienaciones longitudinales de bloques exentos. En 1932, se publica el de la "Ciutat de Repós", una colonia de vacaciones dentro de la preocupación del movimiento por la higiene y el ocio.

En 1934, se completó la redacción del proyecto más ambicioso, el "Plan Macià", para la creación de una nueva Barcelona, que contó con el apoyo de Le Corbusier. El crecimiento de la ciudad debería hacerse descartando las propuestas radiales tipo Jaussely y conservando la organización reticular de Cerdà, pero con un módulo mayor (una manzana nueva equivaldría a nueve antiguas). Se prestaba atención especial al cinturón litoral, a la zonificación y a la modificación de las ordenanzas urbanas.

Bibliografía

  • Jürgens, Oskar.: "Ciudades españolas. Su desarrollo y configuración urbanística". MAP, 1992.
  • Hernando, Javier.: "Arquitectura en España 1770-1900". Cátedra, Madrid, 1989.
  • Terán, Fernando de: "Planeamiento urbano en la España Contemporánea". Alianza Universidad, Madrid, 1980.
  • Urrutia, Ángel: "Arquitectura española del siglo XX". Cátedra, Madrid, 1997.
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