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Gimnasio Maravillas. "Maravillas" revisado (Miguel Angel Baldellou)

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Aunque el Gimnasio que proyectó en 1960 Alejandro de la Sota para el Colegio de Nuestra Señora de las Maravillas en Madrid ha sido considerado, desde su terminación en 1962, de modo prácticamente unánime como una de las obras maestras de la arquitectura moderna, treinta y tantos años después de su realización falta aún por acometer su interpretación global. [1]

El propio Sota, reiteradamente y “a posteriori”, intentó explicar, y explicarse, el origen de la Idea de la que surgió ese proyecto. Con seguridad, debe mucho a otras experiencias anteriores del autor, como antes se ha comentado y, probablemente, a la situación de la cultura arquitectónica del momento que, de modo difuso, apuntaba en una dirección que sólo entendieron algunos arquitectos muy atentos.

Sin embargo, y aun reconociendo que el proyecto del Gimnasio es coherente con su “circunstancia” en sentido orteguiano, hay en él indicios suficientes como para considerarlo como un salto cualitativo respecto a la producción contemporánea. No tanto por comparación con esfuerzos dirigidos en otro sentido, sino en sí mismo, como opción completamente original.

Cuando se ha pretendido encontrar cuáles han sido las aportaciones del Gimnasio a nuestra cultura arquitectónica, casi siempre se ha insistido en subrayar cómo determinadas “soluciones” resultaban magníficas. Habida cuenta que el propio autor se hallaba “perplejo” ante muchos de los “hallazgos” de esa obra e incluso ante el origen de la posible Idea generatriz, plasmada en la sección transversal del edificio, repetida una y mil veces, de modo obsesivo, sólo nos queda la posibilidad de intentar aproximarnos a ella a través del análisis del resultado, que de ese modo no nos interesa tanto en sí mismo sino como indicio de su posible origen.

Por ello, y sin perder de vista que el Gimnasio es fundamentalmente una obra “global” y por lo tanto su reducción analítica no hace sino subrayar que el valor de sus aspectos depende de su propia relación funcional con el conjunto, es posible, y creo que conveniente, la aproximación desde posiciones particularizadas. Y esa lectura es la que a continuación nos proponemos.

La sección tensa

Retomando la canónica sección transversal que el propio autor consideraba como síntesis del proyecto, podemos observar en ella “la” solución de “un” problema de partida. Este no era otro que el desnivel existente entre la calle Guadalquivir, por la que se accede al Colegio, y desde él al Gimnasio, y la calle Joaquín Costa, a cuyo frente se costruyó la pieza.

La diferencia de cotas permitía, con una excavación del terreno, encajar un volumen en el que sus niveles superior e inferior coincidiesen, respectivamente, con las dos calles.

Esta solución es tan natural y lógica que, aunque no supone en principio una aportación fundamental, condiciona el resto de las decisiones.

En una hipotética secuencia, la siguiente cuestión a resolver consistiría en el aprovechamiento de la cubierta del nuevo volumen como terraza o patio de juegos para el Colegio. En consecuencia, la fachada a Joaquín Costa debía permitir la iluminación al interior del Gimnasio, el cierre a la propia calle, ya en tiempos del proyecto extraordinariamente ruidosa y molesta, y el acceso desde ella. La traducción de estas tres funciones podía realizarse en tres niveles, lo que supondría un posible tratamiento estratificado de la fachada y su expresión en unas texturas progresivamente livianas y transparentes. La sección de ese muro imponía que el paso de la luz estuviese en la parte alta, de forma que no se produjese además en el interior de la cancha distracción procedente de la calle y permitiese la opacidad desde ella.

Por otra parte, la diferencia de cotas entre los dos planos básicos horizontales que definían el proyecto permitía otros aprovechamientos que además reducirían la altura libre interior. Aparecía de nuevo la posibilidad de trabajar con tres estratos, de modo que el Gimnasio inicial podía compartir el volumen dado con otros usos, un aulario en la parte superior y un almacén, más tarde convertido en piscina, en el semisótano.

La siguiente decisión era inicialmente de carácter fundamentalmente técnico. Cómo cubrir el Gimnasio sin soportes intermedios. La respuesta más simple, una cercha en el sentido de la menor luz, se convirtió en la solución más compleja, de la que el resto de las decisiones se hicieron subsidiarias. Aprovechar el gran canto de la cercha para incluir en su interior las aulas superiores y para dejar pasar la luz desde lo alto. Podían situarse los apoyos en el plano inferior de la cercha o ésta podía colgarse del superior. Las dos posibilidades permitían, manteniendo los planos horizontales en la misma cota, resolver de la misma manera la cuestión del aulario intermedio entre el patio exterior y el Gimnasio interior. Sin embargo, la segunda posibilidad “tensaba” visualmente la cercha y proponía un espacio interior en cierto modo “invertido” y “ascendente” en términos perceptivos. Se anunciaba una sorpresa espacial que condicionaba el conjunto del proyecto.[2]

Ahora bien, si el aulario llegaba hasta la fachada, la franja de iluminación del Gimnasio resultaría muy baja. Estaba claro que esa franja debía compartirse. La solución suponía que las aulas debían retranquearse para dejar paso a la luz y al mismo tiempo recibirla ellas mismas. La propia forma de la cercha sugirió una solución, que una vez pensada, no podía ser de otra manera. Cortar en bisel, normalmente, la línea de la cercha y de la luz dibujada daba lugar a un plano inclinado de cristal que potenciaba el contraste y el dinamismo, en sentido opuesto, de la catenaria. Ese corte del ángulo superior de la sección transversal facilitaba, en su proyección sobre el suelo del Gimnasio, no sólo una penetración más profunda de la luz sino también una posible organización horizontal tripartita, por simetría, de “naves” central y laterales.

La sección de la nave “interior” nos muestra un aprovechamiento del espacio que, en sentido ascendente, recuerda el piso bajo, la galería y el triforio de una iglesia gótica. El claristorio, que faltaría en esa secuencia, está situado en el frente opuesto, en el que, al contrario, no están los pisos inferiores del templo medieval. Sin embargo, la misma sección de esa parte, la nave interior, presenta una fuerza dinámica muy acusada producida por la fuerte pendiente del graderío y su opuesta, el jabalcón de su apoyo, concordantes con las líneas extremas de la gran cercha colgada. La convergencia que se produce hacia el encuentro con el apoyo superior parece querer subrayar el efecto de tubo de Venturi al que intuitivamente se alude en “el dibujo de la sección” con la palabra “aire”.

La sección transversal se puede pues entender como el resultado de “componer con diagonales” formando una estructura, con dos direcciones dominantes, opuestas entre sí y dinámicamente equilibradas, sugeridas por las líneas de la cercha.

Una vez establecida la malla de líneas posibles, urdida la trama, las siguientes decisiones llevarían sin dificultad, “tan sólo” manteniendo la atención, a soluciones coherentes. Entre las que mayores aplausos cosecharon está sin duda la que corresponde al diseño del cierre exterior hacia la calle del patio del Colegio. Se resolvió con una forma semejante al perfil gráfico de la sección y parecía “contener el aire”.

Sin embargo, entre lo que antes parecía simple “maraña” de líneas, anidaba ya la tensión que aún vivifica el mágico espacio del Gimnasio. Sobre la malla fundamental se realiza el ejercicio manierista de cuerpos que se asoman al exterior desde los adentros, superando abruptamente la diagonal del bisel del paralepípedo, del “juego sabio” de reflejos del cristal con ángulos complementarios o de los planos verticales de “Viroterm” que se niegan al juego diagonal. Lo mismo da. El fundamento de la sección se refuerza por lo que resulta magistral aunque sea anecdótico.

Planteada la sección como protagonista, debe resultar posible su contemplación desde los ángulos que la muestran más patente o sugestiva. Frente al espectáculo del Juego, es preciso potenciar el espectáculo de la Arquitectura. Es decir, de la Sección. Esto explica la posición de los miradores, quebrados y girados respecto de la cancha, en las esquinas de la tribuna, desde los que el gran “vientre colgado” manifiesta toda su potencia suspendida. Esta visión permite percibir la sección transversal e intuir, a su través, la Idea original.

Dentro del techo, los suelos de las aulas se adaptan a la pendiente creada. El estrado a contraluz, los asientos descendiendo al ritmo de las cerchas, vistas a los lados del aula, centran la atención sobre el profesor que protagoniza así, un tanto obsesivamente, la escena, que se contempla desde el lado opuesto. Las grandes aulas, “contenidas” literalmente entre cerchas, sólo son accesibles por detrás.

El máximo aprovechamiento del espacio de la sección, tanto como el vientre suspendido por el que resbala la luz, tiene antecedentes en algunas obras de Le Corbusier. Pensamos en Chandigarh en el primer sentido y en Ronchamp para el segundo. El Gimnasio resumiría las dos soluciones en una sola, de carácter sintético.

La sección longitudinal, sin embargo, se aprecia según estratos superpuestos y discontinuos.

Desde la nave lateral, bajo la grada, la luz tangente a la cercha separa el espacio en una suave transición hacia la penumbra desde la que se contempla el espectáculo.

Desde la tribuna, el espectador se ve impulsado obsesivamente hacia la cancha, violentamente iluminada, por el efecto conjunto de la curvatura del gran vientre suspendido y la forzada pendiente del graderío. El piso último, a modo de triforio o galería alta, permite una contemplación aún más dramática de los efectos mágicos producidos por la luz sobre el parquet percibidos desde el interior de una verdadera caverna, potenciada por la apabullante presencia del cuelgue de la cercha que “tapa” la fuente luminosa. El efecto misterioso de la luz presentida “al otro lado”, y la forzada manera de entenderla desde su reflejo en el suelo, conducen la mirada más allá de su origen cavernoso y uterino, acariciando y envolviendo la gran panza colgada. Más barroco que gótico, hace presente la sección longitudinal con una eficacia “sorprendente”. Desde este “lugar alto y profundo”, como si se tratase de la conciencia, o desde la memoria, la contemplación del juego de la vida, envuelto en luz y movimiento, allá abajo, tan lejos, resulta inquietante.

Entendido así, desde el espacio provocado por “la sección”, los distintos elementos del Gimnasio encuentran su lógica disposición, dimensión y uso, dependientes de ese gran vacío limitado por las superficies “fugadas” al modo bachiano.

Es la tensión entre sus límites, la tensión entre sus líneas, lo que, a mi entender, hace “intensa” la percepción del espacio del Gimnasio.

No la sección en sí, sino el “modo” en que se tensa. “La sección tensa.”

La planta sesgada

El solar en el que se construyó el Gimnasio tiene una planta trapezoidal con sus lados opuestos entre sí. Los largos en la dirección de la calle Joaquín Costa. Los cortos, por lo tanto, contra la fuerte pendiente que salva el desnivel, de 12 a 14 m, entre la calle y el Colegio. El incluir en esa planta la geometría de las canchas del Gimnasio sugería dividir el solar en tres partes: un rectángulo cuyos lados mayores se apoyaban en los vértices noreste y sureste del solar respectivamente y dos triángulos laterales, rectángulos e isósceles, con el lado mayor coincidente con el menor del rectángulo central, que en principio asumían, para la organización de la planta, un claro carácter residual. La forma del solar tensionaba las diagonales de forma que apoyando la cancha de juego a la izquierda del plano, se primaban las visiones sesgadas hacia las esquinas del juego. Pero también podía aprovecharse un nuevo rectángulo al este, surgido del desplazamiento de la cancha hacia el frente opuesto, de lado menor paralelo a la calle. El gran vacío que precisaba el Gimnasio se veía limitado por el oeste por un muro medianero ciego en fuga hacia la calle, por el sur por la fachada, y al norte y al este por las gradas y el lado mayor de este nuevo cuerpo rectangular que iba a ser potenciado como elemento sirviente del Gimnasio y conector de los distintos niveles del edificio. En él se ubicarían la entrada, en planta baja, y un grupo de aulas en las plantas primera y segunda orientada hacia la calle y el Gimnasio, dejando un pequeño patio en el triángulo residual del oeste.

De esta forma la visión de la cancha se subrayaba desde una ele que rodeaba el lado largo de su rectángulo de juego, por la grada inclinada, y el corto por el largo del cuerpo auxiliar que se podía usar así de acceso a los espacios disponibles y también de mirador hacia el Gimnasio. La articulación de estos lados de la ele se podía materializar como balcón en ángulo, acusándose el encuentro en pequeño zig-zag desde el que contemplar el Gimnasio justo desde el extremo de la diagonal más larga del espacio vacío. La percepción de la tensión parecía especialmente asegurada desde ese lugar, repetido en las dos plantas, primera y segunda, del volumen auxiliar. Reforzando esta diagonal, en la planta baja se sitúa una especie de pequeña tribuna que además regulariza el espacio residual del solar en esa parte.

Con este esquema, la decisión sobre la situación más adecuada de la conexión vertical principal estaba claramente condicionada. Ocuparía el ángulo opuesto al mirador, en la misma diagonal larga del solar.

En el nivel superior, correspondiente a la altura de la cercha, las aulas ocupan la totalidad de la planta. En este nivel, tres grandes piezas, encajadas entre las cerchas, se proyectan con el suelo inclinado siguiendo su perfil inferior. El resto tiene el forjado de piso horizontal, desbordando los límites del cuerpo auxiliar por la izquierda hacia el Gimnasio y completando hacia el oeste el triangulo residual del origen. A todas las aulas se accede por una galería al norte que enlaza las escaleras opuestas en sus extremos. Es en esta planta donde los cuerpos volados realizan un juego de volúmenes salientes que enmarcan el retranqueo de las aulas-cercha y la inclinación del lucernario sobre el Gimnasio.

La cubierta, que sirve de patio de juegos, contiene también una serie de lucernarios, que iluminan los espacios inferiores, y la doble verja, una interior que limita el acceso de los alumnos y otra exterior formada por una serie de soportes cuyo diseño reproduce las direcciones señaladas por las grandes cerchas del Gimnasio.

Si estas son las líneas básicas de la organización de las plantas, resulta interesante detenerse además en algunos elementos que complementan con habilidad la estructura fundamental.

Por ejemplo, el acceso desde el patio de juegos se realiza a través de una escalera de doble tramo que arranca desde un porche cubierto adosado a la nave de la iglesia superior y que lleva a la segunda planta, donde concluye. Desde ella, el ascenso a la galería posterior a la grada se realiza mediante una rampa y el descenso a la planta inferior por una escalera a la que se accede en sentido contrario al del descenso desde la planta superior. Esta escalera conduce hasta la planta baja pero no hasta la semisótano. El acceso a esta se produce mediante una escalera independiente girada 90° respecto a la anterior.

De esta forma, quebrando las direcciones de unas escaleras respecto de otras, e interrumpiendo su continuidad entre las distintas plantas, se pretenden impedir los accidentes provocados por las rápidas bajadas (más que por las subidas) de los alumnos del centro. El otro grupo de escaleras, situado en el extremo opuesto del fondo del Gimnasio, logra el mismo resultado, si bien en este caso es el peldañeado el que al seguir en sus huellas el ángulo obtuso del solar, resuelve el mismo problema de forma diferente.

Respecto a los accesos al Gimnasio desde su exterior, el tratamiento es diferente según los casos. Desde el patio de juegos superiores una simple cubierta inclinada protegida por rejas en sus laterales señala la entrada que consiste en la escalera que antes he mencionado.

Sin embargo, desde la calle Joaquín Costa, la entrada-salida es un espacio autónomo respecto del Gimnasio, en el que se pueden agrupar los alumnos que esperan el autobús escolar, o formarse una fila de espectadores o atletas que entran al Gimnasio o salen de él. La ventana corrida y doblada hacia dentro, que desde la planta superior permite vigilar este espacio, adquiere así un sentido funcional. El formal se deriva de su capacidad para sugerir la profundidad de ese espacio particular de acceso continuando la piel exterior del edificio hacia su interior, al que se baja para entrar, quiebra la dirección y conduce después la mirada, desde uno de los vértices de la cancha, hacia el Gimnasio.

El juego dentro-fuera que subraya la ventana sobre la entrada, alcanza quizás su momento culminante en las aulas que se proyectan en voladizo hacia la calle, que miran al exterior, al vacío del lucernario y al interior de la cancha desde lo alto, de forma simultánea. Los efectos, especialmente nocturnos, del reflejo conjunto de los deportistas y los automóviles proyectados sobre el mismo cristal resultan inquietantes.

Tanto en su estructura básica como en la resolución de sus detalles, la planta evidencia estar pensada desde la composición de sus efectos espaciales de modo que parece subrayar la tensión dictada desde la sección. Al acentuar las diagonales y potenciar en consecuencia la percepción del “movimiento” espacial, la planta, en aparente equilibrio dinámico, es esencialmente “sesgada”.

El alzado terso

La cualidad urbana del Gimnasio se concentra evidentemente en su fachada. Esta afirmación se refiere no sólo a cómo esa superficie manifiesta al exterior los contenidos internos del volumen que cierra, sino al especial modo con que se enfrenta al sitio preciso. La calle Joaquín Costa es una vía rápida de circulación interna en la ciudad, de modo que la funcionalidad de las aceras para peatones resulta prácticamente residual. La fachada se ofrece como una tapadera más bien anónima respecto al carácter del edificio y su única cualidad formal se deriva de la sutileza en que se componen los elementos que la forman.

La gran longitud, 58 m, respecto a la altura de la fachada, 12-14 m, acentúa su horizontalidad en un lugar que obliga a la percepción rápida del automovilista preferentemente a la pausada del peatón. Aquél apenas vislumbra un muro de ladrillo, chapa y cristal rematado en la parte superior por una verja, compuesto en bandas horizontales con algún cuerpo saliente y un plano inclinado de cristal en la franja superior. Para el peatón que camina por la misma acera, prácticamente sólo son perceptibles las variadas texturas de la banda inferior, de ladrillo, y las rendijas metálicas del apoyo, los huecos de los accesos en los extremos de la fachada y los vuelos de los cuerpos salientes. La percepción de la fachada más parecida al alzado proyectado se obtiene desde la acera opuesta, y entonces se observa la adecuada integración en un conjunto urbano confuso, incluyendo en este juicio el resto del edificio del Colegio. La adecuación consiste en proponer un orden discreto en un frente difuso. Sin embargo, se trata de un orden distinto al que normalmente se obtiene utilizando los recursos formales al uso: huecos y macizos relacionados según una trama más o menos ritmada. En este caso, la continuidad de los huecos no permite su diferenciación en partes autónomas, sino que obliga a su consideración unitaria, en la que sin embargo pueden distinguirse fragmentos de una relativa individualidad; los cuerpos salientes, que son inmediatamente unificados por la cristalera inclinada que los relaciona en la medida que provoca en cada uno de ellos una asimetría, compensada en cuanto forman parte del conjunto. La inclusión en la fachada de la chapa plegada, que prolonga los ventanales en los petos y forma también el largo zócalo inferior de la base, añade un dato de distinción, en cuanto que distinto, a la posible relación de la fachada del Gimnasio con los edificios laterales.

La franja vertical de ladrillo que remata la fachada por el oeste parece querer separar la composición propia del Gimnasio, constituida finalmente por el hueco, del resto de lo construido en la calle, al tiempo que la enmarca. Sin embargo, hacia el este no se da este remate, lo que podría querer indicar una cierta voluntad de continuidad hacia ese lado de la fachada del Gimnasio, puesto que la propiedad del Colegio seguía por ese lado.

Sin embargo, la taxis propuesta por Sota no es excesivamente explícita, como demostró más tarde, poco antes de morir, con sus dudas a la hora de prolongar la composición de la ampliación al otro lado de la iglesia del Colegio. Efectivamente, el alzado del Gimnasio está compuesto como una pieza autónoma respecto al frente de la calle, pero no pensada con independencia del conjunto del proyecto. Si ya vimos al comentar la sección que, tomada como origen de la idea básica, implicaba una organización tripartita de la sección del muro de cierre, éste venía condicionado en bandas horizontales de transparencia creciente en sentido ascendente.

Vimos también cómo la iluminación del interior del Gimnasio obligaba al bisel del lucernario inclinado, y cómo las aulas avanzaban sobre la calle traspasando el límite de la fachada. Tanto el plano inclinado hacia atrás, si se mira desde la calle, como los volúmenes salientes, producirán un juego de luces y sombras que “moverán” la fachada. Por otra parte, la geometría del solar, y aquí entra en juego la planta, no la sección, obligaba a situar la cancha de juego de forma que hacia el este quedase una zona, mayor que la del oeste, aprovechable para aulas. Este uso repercute en el alzado desplazando hacia la derecha dos cuerpos volados frente al único correspondiente de la izquierda. Hacia ese lado desciende precisamente la calle Joaquín Costa y, con el desnivel, el zócalo del edificio formado por una banda de ladrillo subrayada por otra en su base, de rejilla metálica de ventilación. Ambas van quebrándose en pequeños saltos que fragmentan, a otra escala, la del peatón, la larga fachada. En consecuencia, el frente, en cuanto alzado, dirige la atención hacia la derecha donde se concentra el mayor número de accidentes del plano. En la parte superior dos voladizos, y en la inferior el hueco de la entrada al Gimnasio, todo “comprimido” por la línea ascendente de la calle. La forma de aligerar esa tensión podría ser la colocación en su lado opuesto de algún elemento singular (“el escudo de Tarragona”), en este caso un pequeño hueco vertical totalmente incluido en la superficie de ladrillo, que termina una serie de tres, semejantes, pero situados de forma distinta respecto a su fondo. Este está formado por una superficie dividida en dos partes según una línea horizontal quebrada por el tratamiento del material. La inferior, con ladrillo rugoso, pretendía impedir los posibles grafit- ti, que en aquella época, anterior al spray, se producían con tiza. La superior con ladrillo liso. Pues bien, las dos ventanas de la derecha se sitúan en la misma cota horizontal y la de la izquierda sobre la línea superior de las otras de forma que la de la izquierda queda además totalmente enmarcada por ladrillo liso, la del centro ocupa una posición intermedia entre las dos texturas y la de la derecha está inmersa en el ladrillo rugoso, si bien su cara superior coincide con la línea de separación con el liso.

Sobre este esquema, en el que las piezas básicas ocupan su sitio, el precisar con exactitud la medida, lleva a la utilización de un módulo fijado por el despiece de la carpintería. Sin embargo, la secuencia en horizontal, llamando “a” a la separación de los soportes de la verja del patio superior que coincide con el doble del módulo, y “b”, doble de “a”, al ancho de los cuerpos volados sería la siguiente : a-2,5a-b-6a-b-2a-b-a. En ella 6a corresponde al gran cristal inclinado sobre el Gimnasio que por su longitud separa en dos partes la fachada, alargándola visualmente aún más. Es pues este módulo, “casi” el centro de una composición “casi” simétrica en la que el 2,5a de la izquierda está compensado con el (2a-b) de la derecha.

La compensación vertical de la horizontal se produce por la presencia de la verja de cierre del patio de juegos superiores, igual a la altura del piso superior del aulario, es decir de las cerchas interiores. Lo que en alzado se representa como una trama, en la fachada se diluye, fugándose en el aire, pues no sólo está retranqueada respecto el plano de la alineación, sino que su mismo perfil perfectamente coherente en sección con la geometría de la cercha, tiende a desvanecerse por la parte superior. El peso visual que adquiere la verja en el alzado, en la fachada desaparece hacia el interior.

El enigmático alzado del Gimnasio está resuelto en términos abstractos a base de sutiles relaciones equilibradas intuitivamente sin que su articulación se revele en una geometría explícita. Más bien, los equívocos entre el dentro-fuera acentuado por los cuerpos volados y los planos inclinados, que se interpenetran y provocan efectos de reflejos y sobre el carácter específico del edificio proponen un juego de interpretación atípico en un escenario definido por los convenios.

Entre estos, los que se refieren a los accesos están entre los más firmemente establecidos. Al Gimnasio se accede desde el patio superior y desde Joaquín Costa. Esta entrada, la principal, está situada en el extremo este de la fachada que nos ocupa y parece finalizar el ritmo ascendente del plano inclinado de la calle. El efecto de concentración se acentúa con la fuerte oquedad en la que se sitúa la entrada. Es en sí misma un espacio que recoge, quiebra y dirige al usuario hasta el interior. El recorrido en ese espacio se ve condicionado por su propia dimensión que resulta muy escasa frente al interior, y por ello el efecto sorprendente del espacio inundado de luz se ve acentuado por la sombra desde la que se accede.

También saliendo, desde el ruido y la luz “contenidas” del interior al estruendo exterior, se aprecia el valor de este espacio de transición.

El efecto de la tensión, que condiciona la percepción de la sección desde el interior del Gimnasio, se traslada a la fachada produciendo en ella un estiramiento, ajustando su piel a la estructura, como puede apreciarse en el efecto dentro-fuera del cristal, de modo que, no sólo desde el punto de vista de la composición formal de sus elementos, sino desde el de la percepción de su textura, podemos decir que es la tensión la que tersa el alzado. “El alzado terso.”

El orden intenso

El análisis por partes que hemos realizado de la sección, la planta y el alzado del Gimnasio y aulas del Colegio Maravillas nos ha llevado a confirmar que todos los elementos del proyecto están dominados y unificados por una voluntad global cuyo principal rasgo me parece identificar con el orden tenso.

Cuando los jóvenes atletas saltan sobre el potro, se ejercitan en anillas o corren y driblan jugando en equipo, tensando los músculos, el espacio, en el que realizan verdaderas proezas de equilibrio, entra en sintonía con las nervaduras; entonces el edificio, su forma y su uso, es entendido como globalidad, de modo que cada una de sus partes posibles adquiere sentido en un conjunto unitario del que depende y al que contribuyen solidariamente.

La extraordinaria articulación de todos sus elementos posibilita la tensión y hace flexible su interpretación. Las distintas escalas desde las que puede realizarse el análisis de su estructura formal, desde la urbanística hasta la del diseño de sus piezas más elementales (e incluso la ausencia de diseño) reafirman la convicción de estar ante una obra maestra. Por cuanto obedece a una voluntad firme de control y sujeción a una idea original y lógica, por la sutileza con que muestra la coherencia interna de las decisiones de diseño, por la “fácil naturalidad” con que se administran los efectos espaciales y los elementos que los formalizan (luz, aire), por la eficacia con la que somete la experiencia del ejercicio físico y mental a un equilibrio ordenado y tenso.

La compleja estructura formal del Gimnasio se hace aparente a través del empleo de materiales y elementos constructivos de los que el arquitecto extrae su máxima capacidad expresiva. La gama de materiales es mínima: hierro, cristal, ladrillo, madera y “viroterm”.

La estructura y los nervios de cierre, de hierro pintado, los demás en su propio color. Pero, ¿de qué color debía pintarse el hierro? Explicaba Sota la solución adoptada, como respuesta a un dilema anterior: el Colegio era, y en consecuencia el Gimnasio, ¿de niños o de niñas? Finalmente el Gimnasio fue del color “del aire”, disfrazado de “viroterm”. Gris uniforme con los techos y paredes interiores; gris más oscuro cuando, en perfil o en superficie plegada, entraba en contacto con el exterior y había de dialogar con el ladrillo y el cristal. Gris como el aire, otra vez, la valla superior. El ladrillo en dos tonos, ligeramente rosa y liso o rugoso y un poco más oscuro, en dos bandas superpuestas según una función ligada a su propia cualidad superficial. El color y la textura de los materiales contribuyen a que la fachada se aligere hacia arriba, a que el vientre de la cercha flote, a que el ruido quede apagado en las superficies internas del Gimnasio, de las aulas, de los pasillos.

Y además, la nobleza de la madera roja del parquet fuertemente iluminada desde los altos ventanales, en contraste de luz, de color y calidad, con las otras maderas, barandillas de las gradas, de los miradores sobre la cancha, de los cercos y de las carpinterías interiores. El Gimnasio, como las viviendas de Zamora, como más tarde el Polideportivo de Pontevedra, puso de moda un cierto modo de actuar, ligado al “no-diseño”, que se manifestaba en el empleo trivial de materiales “no-nobles”: “Viroterm”, “Uralita”, chapa plegada, con el que demasiados arquitectos se afiliaron a una supuesta vanguardia “comprometida” con casi todo menos con la propia coherencia. Los resultados fueron de una obviedad apabullante. Todo lo contrario a lo que el Gimnasio sugería. Nunca fue, aunque a muchos les pudo parecer, la consecuencia simple de una lógica material, sino al contrario, el producto de un proceso intuitivo y poético, en muchos aspectos inexplicable, aunque aquí se haya intentado una aproximación, y en algún sentido “maravilloso”.

Referencias

  1. Aparte referencias más o menos extensas en los textos que se han ocupado de la obra completa de Alejandro de la Sota desde distintas angulaciones (Baldellou, 1975; Sota, 1989; Rodríguez Cheda, 1994; De Llano, 1995), “el Gimnasio” ha sido objeto de atención particular, pero no completa, en guías y enciclopedias (Flores y Amann, 1967; Guerra, 1981; COAM, 1983; Flores y Güell, 1996;), ampliamente difundida en publicaciones especializadas (“Hogar y Arquitectura”, 43, 1963; 115, 1974; “Nueva Forma”, 107, 1974; “A+U”, 89, 1974; “Arquitectura”, 1981; “Quaderns d’Arquitectura i Urbanisme”, 152,1982; “UIA”, 2, 1983; “Arquitectura Viva, 1988; “Grial”, 109,1990; “Anales de Arquitectura”, 6,1995;), reseñada en obras generales (Doménech, 1968; MOPU, 1985; Solá (ed.) 1986; Ruiz Cabrero, 1989; G. G, 1989; “Architese”, 1990; “La Caixa”, 1995, 1996; Baldellou, 1995; Baldellou y Capitel, 1995) y catálogos de exposiciones sobre su obra (CRC, 1985; Harvard, 1987; COAM-MOPU, 1988; Xunta de Galicia, 1990; Junta de Andalucía, 1994).
  2. Una experiencia "inversa", dejando vistas las cerchas, fuera de la cubierta, ya fue explorada por Sota y Rojas Marcos en TABSA.

Origen del artículo

  • Autor: Miguel Angel Baldellou
Artículo extraido del libro "Gimnasio Maravillas, Madrid, 1960-1962 Alejandor de la Sota" de la colección "Archivos de Arquitectura. España Siglo XX" ISBN: 84-92038-3-3
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   » Alberto Mengual Muñoz

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