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Arquitectura y ciudad en América Latina. Centros y bordes en las urbes difusas (Roberto Segre)

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Apocalypse now

A menos de 500 días del tercer milenio, se percibe con escaso dramatismo la transición hacia la nueva era. Poco se sabe de lo ocurrido en los dos anteriores. En el año cero, nadie otorgó gran importancia al nacimiento de Jesús de Nazaret, y menos aún a su crucifixión. Eran los tiempos de la pax augustea, de gloria y bonanza en el creciente y extendido Imperio romano. Los arquitectos todavía no culminaban la ávida asimilación de “Los Diez Libros de Arquitectura”, publicado por Vitruvio una década antes y los intelectuales leían con curiosidad y placer el “Arte de Amar” y la “Metamorfosis” de Ovidio. Resultó un homenaje a las normativas clásicas resumidas por el Maestro, que el siglo se iniciase con la construcción de la Maison Carré en Nîmes, símbolo renovado del ancestral megarón. O sea, no ocurrió nada traumático en aquel entonces, ni los augures vaticinaron los cambios a largo plazo que sacudirían el Imperio por las lejanas enseñanzas del buen Jesús.

En el año mil, el panorama era más complejo. A pesar del Santo imperio romano germánico y la persistencia del bizantino, Europa estaba acosada por árabes, turcos, normandos, vikingos, deseosos de apoderarse de las cálidas y fértiles tierras del Mediterráneo. La fragmentación de pueblos y estados, los antagonismos religiosos y raciales generaban un clima de tension, belicosidad y guerra permanente. También la Peste Negra asolaba ciudades y campos. Según afirma Henri Focillon en L’An Mil:

“En el año mil el hombre de Occidente espera la culminación de las desgracias que se habían desarrollado a lo largo de todo el siglo X. La creencia del fin del mundo es redespertada por el acercamiento de la fecha fatídica y estimulada por los prodigios. Un miedo indescriptible se apodera de la Humanidad. Los tiempos predecidos por los Apóstoles han llegado. Pero el año pasa, el mundo no es destruído, la Humanidad respira aliviada, se abren nuevos caminos y esperanzas. Todo cambia y todo mejora, y así también la arquitectura religiosa. El monje Raoul Glaber escribe entonces: “Aproximadamente después del año mil, la Tierra se convierte en un blanco manto de iglesias””.


En aquellos tiempos los temores e inseguridades sobre el futuro provenían de factores naturales y divinos, más que humanos. La imprevisibilidad de la naturaleza, pero al mismo tiempo las incógnitas de lo desconocido allende los mares, suponían míticas figuras de gigantes y sirenas, monstruos indescriptibles, catástrofes sobrenaturales. A su vez, los irrefrenables pecados multiplicados sobre la Tierra, el fatídico triunfo del mal sobre el bien, habrían desencadenado el día de la Apocalipsis, la ira de dioses, santos y diablos. En realidad, el restringido espacio ocupado por las sociedades humanas, su aislamiento e inserción en el medio natural, poca incidencia tenía sobre la totalidad del globo terráqueo.

Hoy, los cambios acaecidos tienen en gran parte su raíz, como decía José Martí, en “la innata maldad de los hombres”. Díficil tarea la de forjar una convicción sobre un futuro esperanzador. En esto, coincidimos con la afirmación del pensador francés Max Gallo, al decir: “es preciso luchar como si fuésemos optimistas”. La perspectiva que se nos presenta en un balance del milenio transcurrido, ilusionados con un posible equilibrio entre el “debe” y el “haber”, resulta decepcionante: pocos créditos posee la especie humana. Para quienes nos integramos en la construcción del ansiado porvenir planteado por el Proyecto Moderno, heredero de la idea del progreso indefinido surgida con el Iluminismo, a partir del triunfo de la razón, la ciencia, la estética y la moral y la filosofía del derecho sobre las tenebrosas fuerzas del dogmatismo religioso, del conservadorismo y el irracionalismo, el siglo XX habría dado el golpe de gracia a los lastres del pasado, materializando la ilusión de un definitivo mundo mejor. De allí que la Revolución de Octubre y todas las que le sucedieron para reemplazar el hipotético decadente capitalismo por el naciente socialismo, fueron apoyadas, no sólo por los desposeídos del mundo sino también por aquellos convencidos de la capacidad de regeneración del hombre, de la posible concordia social, de la definitiva felicidad alcanzada en la Tierra.

Al definir el siglo XX como la “era de los extremos”, el historiador inglés Eric Hobsbawm puso en evidencia los conflictos y contradicciones vividos en estos años convulsos. Por una parte, el surgimiento y crisis de un nuevo sistema político y social fundado en incuestionables valores éticos y morales, luego corroído por métodos y deformaciones similares a los generados en la vertiente negativa del capitalismo: dogmatismo, represión, autoritarismo, militarismo. No resulta alentador la imposibilidad de la sociedad humana de regirse por sí misma, sin la intervención de fuerzas supranaturales. El socialismo partía de la ilusión de apelar al corazón y a la razón de los hombres, transformar el egoísmo en altruísmo, la maldad en bondad, el odio en amor, la explotación en igualdad, y alcanzar el entendimiento, la comprensión, la integración y la tan ansiada paz universal. Quedaría para siempre superado el llamado a las fuerzas sobrenaturales, a las intervenciones divinas, a los inescrutables misterios del más allá.

Casi un siglo de implementación del socialismo real no logró consolidar una fuerza moral suficiente para constituir la alternativa, el recambio de dos milenios de cristianismo. De allí que los pocos líderes políticos que aún defienden el sistema no congregan ya los millones de personas que se movilizan ante la presencia del Papa: en los Champs Elysées de París, en el Parque Central de Nueva York, en el Aterro de Flamengo de Río de Janeiro o en la Plaza de la Revolución de La Habana. Paralelamente, en otras culturas y civilizaciones, los fundamentalistas islámicos controlan países y pueblos, sometidos por el fanatismo religioso; los hebreos mantienen ghettos introvertidos en múltiples ciudades del mundo, intentando conservar incontaminado el pueblo “elegido”; sectas religiosas mesiánicas arrastran millones de adeptos en Estados Unidos y América Latina, esperanzados en un mejor más allá. Cabe reconocer que son fanatismos “positivos”, frente a los negativos - como el nazismo y el fascismo, surgidos en el seno del capitalismo cuyas guerras ocasionaron la muerte de casi cuarenta millones de personas en un quinquenio ?; en busca de una alternativa a los males congénitos de la democracia burguesa: el inhumano economicismo, la autonomía del capital sobre las necesidades de los hombres, la difusión de maffias y drogas, el autoritarismo político, la injusticia social.

Si aceptamos el principio marxista contenido en el materialismo dialéctico, de la evolución en espiral de la historia, en realidad vivimos circunstancias homólogas, tanto al año cero como al año mil. Por una parte, la idea de Imperio, se aplica a la Roma de Augusto y a los Estados Unidos de Clinton. La pax impuesta por los romanos a los pueblos sometidos tiene relación con las intervenciones de las Naciones Unidas en África, Yugoeslavia, Palestina, Irak y otras partes del mundo. Por otra, la idea de vivir una nueva Edad Media - parafraseando al pensador Alain Minc ?, se basa en la desintegración de nacionalidades - como ocurrió en la URSS y Yugoeslavia ?, las persecuciones raciales y religiosas desencadenadas en los Balcanes, Argelia o Irlanda del Norte; la creación de “feudos” nucleares en países marginales - Irak, Paquistán, India, Israel - ,sin control internacional; la difusión del SIDA y las drogas como una nueva Peste Negra. Subsiste la polarización de las desigualdades sociales entre una élite opulenta que controla la economía del mundo y las crecientes masas empobrecidas de los países subdesarrollados, así como la violencia y la agresividad, menos elegantes y caballerescas, difundidas implacablemente por el cine y la televisión. El escaso margen de optimismo posible, radica en la generalización de los sistemas democráticos en Occidente - en particular en América Latina ?; el inicio de los movimientos de participación popular en las grandes ciudades; el entendimiento entre las potencias hegemónicas y el fin de la Guerra Fría - el diálogo positivo entre Clinton y Jiang Zemin ?, la milagrosa presidencia de Nelson Mandela en África del Sur; la articulación política y económica de los países de Europa; los indiscutibles avances técnicos y científicos de la informática, multiplicadores de los intercambios sociales y culturales.

Oscuros presagios

Hasta el siglo XIX, la naturaleza mantuvo su primacía sobre la progresiva expansión de los asentamientos humanos. A partir de la Revolución Industrial, la aceleración de este proceso logró que aconteciera en este final de milenio un hecho insólito en la historia de la Humanidad: la población urbana del mundo superó a los habitantes de las áreas rurales. Ello implica la creación del ambiente “artificial” para más de la mitad de los seis mil millones de personas que el mundo alcanzará en el año 2000. Su supervivencia, en particular en los países desarrolados con un alto estándar de vida, requiere de los recursos naturales explotados en niveles insostenibles según las investigaciones realizadas por las Naciones Unidas. En la época de las cavernas el hombre vivía aterrado ante las incontrolables e imprevisibles fuerzas de la naturaleza. Ahora, es ésta la víctima de los imperativos del progreso, causantes de la succión despidada de aire, tierra y mar para mantener las crecientes poblaciones urbanas. De allí las señales de alarma difundidas por “verdes” y ecologistas ante la contaminación del aire; la pérdida de la protectora capa de ozono; el próximo agotamiento de las reservas de petróleo; la desertificación de los territorios fértiles; la disminución acelerada del pulmón verde de la Amazonia; la reducción alarmante de la fauna marina y los agudos problemas que se avecinan por la creciente escasez de agua potable. Además de las contradicciones sociales y económicas citadas éstos son, al decir de Umberto Eco, otras señales indicadoras de la inminente nueva Apocalipsis.

Si resulta difícil localizar la ubicación del Paraíso Terrenal - quizás reducido a los tropicales centros vacacionales del Club Mediterranée ?, gran parte de los territorios urbanos de las grandes metrópolis están más cerca del Infierno que de la Tierra Prometida. Según el Subcomandante Marcos (en Chiapas, México), de los cinco mil millones de habitantes que posee el mundo, sólo 500 millones viven con un nivel alto, mientras mil millones subsiste en la indigencia total. . El resto se debate en los diferentes estadíos de la pobreza, predominantemente urbana. Concentrados en las 13 megaciudades del mundo - de las cuales cuatro son latinoamericanas (Buenos Aires, Ciudad México, San Pablo y Río de Janeiro) ?, y en las restantes escalas de lo asentamientos urbanos, ocupan precariamente las áreas marginales, carentes de infraestructuras, servicios sociales y básicamente puestos de trabajo estables. Su dimensión numérica hace que en algunas ciudades de Asia, África o América Latina, la economía informal resulta más dinámica y significativa que la economía formal.

Las ciudades “globales”, según Félix Guattari y Sassia Sasken, son los centros direccionales que dirigen los destinos de la Humanidad, pero al mismo tiempo llevan en su seno las profundas contradicciones del capitalismo avanzado o neoliberalismo. Una de las más preocupantes no es sólo la antítesis entre pobres y ricos, sino entre ocupados y desocupados. La periodista francesa Viviane Forrester, señala en su libro El horror económico, que uno de los principales conflictos del siglo XXI es el de la lucha por el puesto fijo de trabajo, que será cada vez menor con los avances científicos, la robotización y la automatización de la producción. Es previsible que la mayoría de los estados no lograrán sustentar a los desocupados al nivel existente en Europa y Estados Unidos, que en la actualidad a nivel mundial, suman más de 120 millones. Peor resultan las perspectivas de las metrópolis de las naciones subdesarrolladas, incapaces de afrontar, no sólo el hábitat de la pobreza, sino su propio funcionamiento económico e infraestructural. Por lo tanto, los problemas ecológicos y sociales a resolver, según Paul Virilio, son prioritarios en la ciudad, no en la naturaleza.

La historiadora Françoise Choay afirma que la ciudad ha muerto, sustituída por extendidos territorios donde fragmentos urbanos se alternan con espacios rurales. Ellos conforman lo que Claude Lelong denomina “archipiélagos” urbanos. No cabe duda que acabó la imagen integral, unitaria, de la forma de ciudad. El diseño geométrico regular, surgido en la antigua Grecia con Hipodamo de Mileto, luego ratificado por los tratadistas del Renacimiento, culmina en el proyecto de Le Corbusier de la Ciudad de 3 millones de habitantes. Este resulta el último intento de establecer un control estético, espacial y formal sobre la totalidad de las funciones urbanas que imaginaba correspondiese a la existencia de un orden y armonía sociales.. En el siglo XX, las metrópolis fueron configuradas más por las egoístas fuerzas económicas, la implacable especulación de la tierra, la intervención de ingenieros, constructores y empresarios, que por los planes y diseños realizados por utópicos urbanistas y arquitectos. De allí el predominio de configuraciones arquitectónicas anónimas, ajenas a los valores simbólicos de la “alta” cultura profesional. Todavía, en los años treinta, Rockefeller y sus arquitectos impusieron un lenguaje coherente en el espacio administrativo de la centralidad neoyorquina. A partir de la Segunda Guerra Mundial, las torres de oficinas reprodujeron ad infinitum los esquemas abstractos y anónimos del International Style</I>, luego sustituídos por la cosmética posmoderna. La esperanza de los pioneros del Movimiento Moderno, de integrar las diferentes escalas del diseño dentro de la ciudad, fracasaron ante el individualismo de empresarios y financistas, ansiosos de identificarse e inmortalizarse en la construcción de las imágenes corporativas del sistema financiero internacional. Modelos presentes en el mundo desarrollado y subdesarrollado, capitalista y socialista, que florecieron en Nueva York, San Pablo, Buenos Aires, Johannesburg, Jakarta, Shangai o Tokyo.

No cabe duda que la complejidad actual de las funciones urbanas hace imposible su integración dentro de un plano unitario, tal como ocurríó hasta la ciudad industrial. El zoning, defendido por el CIAM y la Carta de Atenas, identificado con la separación de las funciones y la organización de estructuras productivas fijas, fue superado por los nuevos condicionantes del capital en la era postindustrial. Las organizaciones móviles y flexibles, tanto a nivel nacional como internacional; la primacía de los flujos de comunicación y de transporte; la dispersión de la vida productiva y social hacia los bordes, las estructuras diluídas, el predominio de los núcleos puntuales sobre la dilatación del hábitat y la coexistencia de actividades disímiles en espacios reducidos, generaron nuevos modelos diferentes a la ciudad clásica. Ahora, la modernidad urbana pasa por Tokyo, Seúl, Kuala Lampur, Houston, Atlanta, Los Angeles y Euralille. Expresan un hipotético desorden, en la valorización de mezclas, incoherencias, superposiciones y disonancias, atributos de la era posmoderna. El orden, tan buscado por la teoría urbana de la academia; la disciplinada fluidez de la vida social admirada en París por Baudelaire y Hegel; desapareció en la confusión cotidiana de las calles de Manila o Hong Kong. En ellas casas de cartón subsisten adosadas a rascacielos de acero y cristal; vendedores ambulantes aparecen frente a las lujosas boutiques; poderosos y brillantes Mercedes Benz son flanqueados por improvisados carruajes y bicicletas. El brillo de la “alta” cultura es opacado por las manifestaciones populares kitsch dominantes en el espacio urbano.

Brasilia, considerada la imagen de la vanguardia latinoamericana, es sólo un epígono tardío del Movimiento Moderno, en su estructura original. La expresión de su adaptación a la dinámica de la contemporaneidad, no está en el rígido Núcleo Piloto, sino en las improvisadas y autónomas Ciudades Satélites. En realidad, las metrópolis homólogas de los modelos centrales en el continente son Ciudad México o San Pablo. También ha cambiado el concepto de contextualismo y la relación ciudad-edificio. En algunos casos, resultan los ejemplos arquitectónicos aislados los que generan la espacialidad urbana o el cambio de valores perceptivos y formales: el dilatado Palacio de los Congresos de Rem Koolhaas en Euralille; las gigantescas torres Petronas de César Pelli en Kuala Lampur; el inesperado Museo Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao; la antagónica extensión del Victoria & Albert Museum de Daniel Libetskin en Londres; el aislamiento “feudal” del Getty Center de Richard Meier en Los Ángeles.

En busca de la ciudad sustentable

Las ciudades latinaomericanas lograron conservar su identidad, escala y personalidad hasta mediados del presente siglo. Durante casi 400 años, el modelo colonial funcionó con coherencia, a partir de las exigencias funcionales, económicas y sociales. Sobre el orden abstracto de la cuadrícula de las Leyes de Indias en Hispanoamérica y el trazado de ascendencia medieval en el Brasil, los diferentes orígenes culturales de los colonizadores, moldearon la particularidad del hábitat y de los monumentos. Pese a las diferencias existentes entre blancos europeos e indígenas, nobles y artesanos, políticos y comerciantes, existía un denominador común en los atributos simbólicos de las funciones públicas y en las tipologías de mansiones y modestas viviendas. El saber profesional y las tradiciones populares se articulaban en la complementación entre arquitectura y decoración. Ciudades de tiempos lentos, valorizaban los espacios de vida social, el ámbito del peatón, la calidad de los edificios. Calles y plazas constituían el marco cotidiano de fiestas, carnavales, desfiles y procesiones. Es la atmósfera densa y significativa de la ciudad concebida como un artefacto cultural para el goce y usufructo de sus habitantes, que encontramos todavía en Guanajuato, Popayán, Coro, Trinidad, Ouro Preto, Cuenca, Potosí, entre otras.

Con el advenimiento de los gobiernos republicanos independientes en el siglo XIX, hasta los años treinta, comenzó el cambio de escala de las funciones urbanas debido al incremento de la población, la complejidad de las actividades administrativas y comerciales, la modernización de los medios de transporte y los nuevos valores simbólicos atribuídos a los monumentos representativos de los poderes públicos. No compartimos las opiniones de algunos estudiosos, quienes consideran que el Neoclasicismo y el Eclecticismo, rompieron la continuidad y coherencia de la ciudad colonial. Aunque cabe reconocer que fueron demolidos infinidad de edificios coloniales para crear las alamedas, avenidas y ejes monumentales escenográficos, la superposición de la Academia con la tradición colonial, mantuvo el principio de la significación cultural del espacio urbano, sumando un lenguaje renovado, al pobrismo y ascetismo de las construcciones heredadas. La Avenida de Mayo en Buenos Aires, lo que subsiste de la Avenida Central en Río de Janeiro, el conjunto alrededor del Palacio de La Moneda en Santiago de Chile, la Plaza San Martín en Lima, el Paseo de la Reforma en Ciudad México y el Paseo del Prado en La Habana, constituyen ejemplos trascendentes de la cultura urbana latinoamericana, tan válidos como las Plazas Mayores, los cabildos o las iglesias barrocas.

En los años treinta, la Primera Modernidad trajo aparejado el cuestionamiento del academicismo y la formulación de nuevos principios funcionales y estéticos sobre la arquitectura y la ciudad. Tampoco este movimiento de renovación, ejerció un impacto negativo sobre las estructuras urbanas de la región. A pesar del radicalismo de las formulaciones de algunos urbanistas europeos - entre los más tajantes, citemos a Le Corbusier y a Ludwig Hilberseimer ?, ningún plan teórico que significase cambios profundos en la trama existente se materializó en las ciudades de la región. Resalta en esta década la periférica avenida de circunvalación “General Paz” en Buenos Aires, planteada como un anillo externo que definía los límites de la Capital Federal, configurando todavía hoy, una de las parkway más bellas de América Latina. Si analizamos la inserción de los edificios “modernos” en el tejido colonial y en las nuevas expansiones académicas, vemos la búsqueda de integración y de adaptación a la estructura del tejido urbano. O sea, el Racionalismo y las diferentes versiones del Movimiento Moderno, “hicieron” ciudad, no invalidaron la estructura de la manzana continua ni de los bloques cerrados. Primero, la significación cultural de los edificios seguía presente en las iniciativas, no sólo de los arquitectos, sino también de propietarios y especuladores de tierras o de viviendas. La difusión del Art Déco, en sus versiones culta y popular, evidenció que inclusive los constructores más modestos, identificaban su obra con los detalles decorativos naïves, geométricos o naturalistas. Las viviendas de la clase media en Copacabana, Río de Janeiro; los apartamentos de lujo en Buenos Aires y las pequeñas viviendas de los barrios periféricos de La Habana, demostraron que la belleza era aún una necesidad individual y social.

La simplificación formal del Racionalismo, no implicó una renuncia a los atributos estéticos, ahora identificados con las composiciones espaciales y volumétricas en sustitución de los códigos clásicos. Las torres de viviendas y oficinas, las escuelas y hospitales realizados en Caracas, La Paz, Montevideo, Santiago de Chile, Ciudad México, Córdoba o La Habana, aún hoy, expresan una inobjetable calidad arquitectónica. Un paradigma a escala mundial de este período es el edificio de apartamentos Kavanagh, en Buenos Aires (1936). surgido de la iniciativa de una rica estanciera argentina - la señora Corina Kavanagh - y un equipo de arquitectos representativos del estándar profesional vigente:el estudio Sanchez, Lagos y de la Torre. Inclusive, el trazado de los primeros barrios obreros en Buenos Aires, San Pablo o Ciudad México, también mantuvieron principios de diseño, acorde a los modelos europeos y norteamericanos vigentes en su época. Entre los conjuntos más significativos para la clase media baja, recordemos la urbanización El Silencio de Carlos Raúl Villanueva en Caracas y el conjunto habitacional Los Andes de Fermín Bereterbide en Buenos Aires.

La crisis acontece después de la Segunda Guerra Mundial. La avalancha migratoria del campo a la ciudad, produce la proliferación de las villas miseria, callampas, favelas, poblaciones, pueblos nuevos, en la mayoría de las capitales delContinente y del Caribe. El Estado “benefactor” carece de recursos para afrontar el desmedido crecimiento de la población pobre urbana, así como la creciente expansión horizontal de los nuevos asentamientos. La presión especulativa, el peso de las actividades comerciales y el proceso de industrialización crea los grises suburbios - la ciudad “sin cualidad” ?; la acumulación de edificios, talleres, comercios, viviendas, servicios, con escaso control por parte de las reglamentaciones urbanísticas vigentes. Desaparecido el diseño o proyecto urbano, tampoco perdura la necesidad del arquitecto. La ciudad no es construída por talentosos profesionales, sino por anónimos constructores, ingenieros o empresarios, cuyos intereses económicos se imponen sobre los valores culturales del entorno. Resulta dramático constatar como el tema de la arquitectura no integra el universo cultural de la población media. Sólo quedaron resabios de formas y estilos del pasado o clichés estereotipados de modelos de viviendas que cubrieron el paisaje de las periferias, ricas y pobres, en las ciudades latinoamericanas. A su vez, las tradiciones populares y el folclore existentes en la ciudad colonial, desparecen en la precariedad del hábitat de la subsistencia.

La pérdida de la cohesión estética de formas y espacios es el reflejo de las contradicciones sociales y económicas surgidas en la ciudad de esta segunda mitad del siglo. Emergentes y necesitados quedan distanciados entre sí por barreras espaciales y culturales. Unos, son expulsados de las áreas centrales hacia la lejana periferia de terrenos de bajo costo; los otros, se encierran en los condominios privados, dentro de la ciudad o en los suburbios, protegidos por sofisticados mecanismos de seguridad. La violencia urbana, cada vez más expresa las tensiones económicas existentes. En Río de Janeiro, resulta común el secuestro de personas ricas para obtener sumas fabulosas de rescate. No es extraño escuchar en la publicidad radial, la oferta de automóviles blindados que le “permitirán pasear con su familia en paz y seguridad por toda la ciudad”. Son factores que significan la pérdida de la socialidad urbana, la introversión de las funciones. El comercio, típica actividad que motiva la vida de la calle, promueve el intercambio y el recorrido peatonal, tan valorizado por Walter Benjamin en la París del siglo XIX , se encierra en los gigantescos shoppings construídos en las periferias ricas, aislados del contexto por las extensas áreas de estacionamiento.

El proceso de la globalización de la economía mundial incide también en la ciudad. La construcción de lujosas torres de oficinas o apartamentos, los centros de convenciones o comerciales, responden más a estrategias financieras internacionales que a la voluntad, deseos o aspiraciones de los habitantes de la ciudad. Establecen un paisaje estereotipado con modelos arquitectónicos asumidos del exterior. A su vez la inventiva popular, presente en el comercio y los servicios, resulta desplazada por la homgeneidad de los mensajes de las cadenas de fast-food o de supermercados. El fenómeno de la privatización de las tradicionales funciones e infraestructuras estatales, es otro elemento negativo en la pérdida de los controles comunitarios sobre las transformaciones que se tejen sobre el territorio. Uno de los ejemplos más evidentes resulta la decadencia de las áreas centrales, vaciadas de los pobladores ricos que realizan la mayor parte de su vida en la periferia; En Río de Janeiro, es el silencio y la soledad del centro histórico los domingos y días festivos, luego del bullicio cotidiano en los días de semana. Los estratos adinerados ocupan su tiempo libre en las actividades recreativas y deportivas en la Barra de Tijuca.

A pesar de los aspectos negativos citados, todavía existen esperanzas de rescatar la calidad de la vida urbana, su signficado cultural, sus valores estéticos. Para ello deben acontecer trasnformaciones económicas, sociales y de diseño. Lo primero que se plantea es lograr que la ciudad produzca su propia riqueza y cuya disponibilidad, controlada por la comunidad, esté dirigida a la solución de los problemas internos. Ello implicaría delimitar las iniciativas del gran capital globalizado y favorecer la existencia de un capital local y nacional, motivado a la generación de obras sociales. El economista argentino José Luis Coraggio sostiene la importancia de sustituir la reproducción del capital financiero por la reproducción del capital humano dentro de la ciudad. En la división planteada de las tres economías - la empresarial, dirigida a la acumiulación del capital; la estatal, a la legitimación del poder y la popular, orientada a la reproducción ampliada de la vida ?, se privilegia aquella vinculada a los elementos sociales más dinámicos de la ciudad, o sea, los grandes conglomerados de la pobreza.

Se trata de canalizar la fuerza creativa y la iniciativa existente en el mundo “marginal “, que al decir de Félix Guattari en su visita a San Pablo, imaginaba como uno de los centros posibles en la producción de equipamiento de informática. Por lo tanto, las propuestas de transformación territorial deben articularse como microproyectos integrales actuantes en diferentes niveles: a) en la propuesta de diseño, integrar el saber profesional “culto” con la cultura popular local, con el fin de lograr la identificación de la comunidad con las formas y espacios de su ámbito de vida; b) densificar la periferia y limitar la expansión horizontal de las viviendas individuales; c) romper la segregación de los habitantes “marginales”, integrándolos a la dinámica y los servicios de la ciudad formal; d) alcanzar una alta participación en la estructura política democrática; e) fortalecer las organizacones comunitarias locales; f) rescatar los valores culturales inherentes a la creatividad del trabajo humano; g) recuperar las tradiciones propias gestadas en la comunidad: música, teatro, artesanía, fiestas del carnaval, folclore, etc.. Se trata de una concepción abierta de la cultura urbana, que mezcle los aportes de la vanguardia - nacional o internacional - con la espontáneidad popular y la subsistencia de códigos artísticos locales.

El planificador brasileño Jorge Wilhelm imagina una conferencia internacional a celebrarse en La Habana en el año 2020, para la definición de los nuevos valores éticos que deberían regir en la vida urbana, basados en la solidaridad, el intimismo, la privacidad, el hedonismo y la afectividad. Constituirían la base de un sistema formal y espacial ajeno a las rígidas predeterminaciones totalizadoras o a la dispersión segregativa: la ciudad imaginada como suma de diversidades, expresión del pluralismo social y cultural de sus habitantes. Sería la exteriorización física del enunciado del filósofo francés Edgar Morin: “La diversidad es el gran tesoro de la democracia”. Multiformidad forjada a partir del diálogo y la interacción de los miembros de la comunidad, sin presiones ni imposiciones externas, económicas, culturales o de diseño. Se trata de rescatar la identidad perdida de la ciudad latinoamericana en su complejidad y sincretismo; asumir su historia y tradición; revalorizar los contenidos simbólicos de sus monumentos; encuadrar la felicidad cotidiana de sus habitantes en un ambiente plurisignificante. Algunas experiencias concretas, tienden en esta dirección.

Centros y bordes: la belleza cotidiana

Con el fin de las dictaduras militares en la mayoría de los países latinoamericanos, el regreso a la democracia significó el fortalecimiento de los poderes municipales, una vez eliminadas las férreas estructuras políticas centralizadas. Ello otorgó cierta autonomía a las iniciativas de los gobiernos locales, más orientados hacia proyectos concretos vinculados a las necesidades de la comunidad que a las operaciones infraestructurales de largo alcance, llevadas a cabo por el sistema autoritario. En Buenos Aires o en Río de Janeiro, las grandes autopistas que penetraron hasta el corazón de la ciudad, a pesar de su innegable utilidad, dejaron cicatrices irrecuperables en el tejido tradicional. Otro aspecto significativo es la superación del caudillismo político y y la implementación de equipos especializados de profesionales de alto nivel en el gobierno municipal. Ello explica la presencia de reconocidos arquitectos en la gestión política: Jaime Lerner - en la actualidad gobernador del Estado de Paraná ?, impulsor como Prefeito de las transformaciones de Curitiba; Mariano Arana, Intendente de Montevideo; Luiz Paulo Conde, Prefeito de Río de Janeiro; Fernando Cordero, Alcalde de Cuenca; João Sampaio Prefeito de Niteroi, en el Estado de Río de Janeiro; Miguel Ángel Roca, asociado a Ronald MacLean Abaroa en La Paz y Rubén Martí en Córdoba; Nabil Bonduki, a Luiza Erundina en San Pablo.

Según el urbanista Nuno Portas, el hilo conductor de las iniciativas actuales es el cambio de escala respecto a los tradicionales proyectos directores y el planeamiento global. Resultan intervenciones puntuales concretas dirigidas a recualificar el espacio público, estetizarlo, dinamizarlo funcionalmente e incentivar su uso comunitario. Las acciones se desenvolvieron en tres ámbitos esenciales: el centro histórico, el entorno barrial y la periferia “marginal”. Los objetivos generales fueron: a) Detener el progresivo deterioro y la destrucción de los centros históricos, su deformación funcional y la violencia de las estructuras comerciales, privilegiando las actividades culturales y la restauración de los principales edificios representativos de la memoria social. b) Recuperar la identidad y personalidad de los barrios, como rasgo distintivo de la ciudad latinoamericana. Descubrir los espacios de congregación de los habitantes y despertar nuevamente en ellos las asociaciones con sus raíces, sus próceres, sus líderes culturales, músicos, futbolistas, poetas, que en algún momento de su historia dieron renombre al barrio. c) Intervenir en el universo precario de la marginalidad e integrar a sus pobladores a la dinámica, los servicios, las infraestructuras de la ciudad formal. Hacerles sentir que no son más los excluídos de la vida urbana, sino partícipes con voz y voto en los destinos del territorio urbanizado.

Frente a los negros vaticinios de la muerte de la ciudad, hoy Latinoamérica reafirma más que nunca su vocación urbana y su defensa de las raíces, la tradición, el ancestro, la cultura diversificada de sus pueblos. Las fuerzas desintegradoras del gran capital, de la política neoliberal que llevan a la segregación y a la dispersión de la ciudad; a la creación de los enclaves excluyentes; a la introversión de la vida social, son combatidas por políticos y profesionales progresistas, conscientes de la responsabilidad asumida como dirigentes y diseñadores, ante la ciudadanía y las generaciones futuras. La ciudad, como segunda naturaleza, entorno artificial hecho a la medida del hombre, debe mantener su esencia poética, sus contenidos estéticos, sus espacios cargados de ilusiones y descubrimientos. El pragmatismo, el tecnocratismo, el economicismo capitalista que ha reducido la ciudad a puro “valor de cambio “ - parafraseando a Henri Lefevbre ?, o la imposición de formas y espacios anónimos bajo la coartada de la solución de los problemas esenciales en manos de burócratas y mediocres en el socialismo, deben abandonarse definitivamente en la conformación de las urbes latinoamericanas del siglo XXI.

Citemos algunas experiencia válidas realizadas recientemente. En la Argentina, en Buenos Aires y Córdoba se concretaron ambiciosos proyectos en el centro y los bordes de la ciudad. Aunque la revalorización del eje costero de la capital porteña posee un contenido económico y social elitista - la concatenación del Puerto Madero, el centro cultural y de diseño de La Recoleta y la serie de estaciones de FFCC a lo largo del “Tren de la Costa” ?, ha posibilitado el rescate de espacios urbanos abandonados durante décadas, rediseñados por arquitectos de prestigo (entre ellos, Clorindo Testa) y utilizados por la comunidad en múltiples actividades administrativas, recreativas, universitarias y de servicios. En Córdoba, Miguel Ángel Roca, actuó sobre la ciudad en dos etapas. En los años ochenta se concentró en el centro y los barrios, realizando una de las operaciones más exitosas en el continente de revalorización del centro histórico y al mismo tiempo de inserción de elementos modernos, tanto en las edificaciones como en el mobiliario urbano. La refuncionalización de los mercados de San Vicente y General Paz y el Paseo de las Artes, permitió a barrios olvidados, integrarse en la vida cultural de la ciudad. En los noventa, diseñó la serie de CPC (Centros de Participación Comunitaria), que descentralizaron las funciones administrativas de la municipalidad y crearon en cada sub-municipio un polo de actividades culturales y sociales, identificado por una arquitectura de fuerte cromatismo en sus volúmenes puros articulados urbanísticamente.

En Brasil, Curitiba constituye un paradigma internacional de ciudad media armonizada en su casi totalidad por el diseño integral de edificios, mobiliario urbano, áreas verdes, sistemas de transporte colectivo y recuperación del centro histórico. También es ejemplo de continuidad administrativa y de acciones articuladas de los diferentes gobiernos municipales a lo largo de dos décadas. Algo similar ocurrió en Río de Janeiro, al iniciarse los programas de Rio-Cidade y de Favela-Bairro bajo la dirección de Luiz Paulo Conde, Secretario de Urbanismo a partir de 1993 y Prefeito de la capital carioca desde 1997. El primero consistió en la revitalización y refuncionalización de 17 centros de barrio, cuyo diseño se basó en la creación de fuertes elementos identificadores, tanto de las actividades sociales como de los símbolos culturales existentes en cada comunidad. El segundo, abrió una de las operaciones más originales del continente, en busca de una inserción de los asentamientos informales en la ciudad formal. Iniciativa apoyada por el Banco Interamericano de Desarrollo, logró hasta el presente cambiar la vida y el ambiente de múltiples favelas, convirtiendo a sus habitantes en ciudadanos de Rio de Janeiro. El éxito del plan, no radica sólo en las transformaciones logradas en las arbitrarias estructuras de los asentamientos precarios, sino en el aporte de diseño realizado por diferentes estudios de arquitectos de prestigio, nunca antes relacionados con el hábitat de la pobreza. Otra experiencia remarcable acontece en Recife, en la propuesta de integrar en un espacio único los vendedores ambulantes de la ciudad. En proximidad al centro histórico, el arquitecto José Zecca Brandão, diseño el camelôdromo, una ligera estructura metálica con toldos y espacios para guardar las mercancías, ordenando funcional y estéticamente esta actividad, improvisada e invasora del ámbito público.

Caracas es quizás la ciudad latinoamericana que más perdió su identidad originaria en lo que va del siglo. El boom del petróleo, el dinero fácil, la inexorable presencia del automóvil, la aproximó a los modelos urbanos norteamericanos: el centro histórico casi desapareció fagocitados por la especulación, las torres de oficinas y las agresivas autopistas abiertas en todas direcciones. No en vano dos complejos nudos fueron denominados “la araña” y “el pulpo”. En los años setenta, el peatón constituía un ser extraño dentro de la ciudad, marginado y rechazado por la primacía del monstruo automotor. Afortunadamente se produjo una reacción ante esta pérdida de “humanidad” y hoy, gracias a la creación del Metro y a los proyectos de recuperación de las áreas centrales - el Parque Vargas y la Avenida Bolívar, diseñados por Carlos Gómez de Llarena y Moisés Benacerraf ?, las olvidadas manzanas y las protectoras galerías cubiertas de la cuadrícula colonial han vuelto a tener vigencia en su extención hacia nuevas áreas de la centralidad.

Por último, no podemos obviar la ciudad de La Habana, por la originalidad de su desarrollo. Mientras en el resto de las urbes del continente, las sucesivas oleadas constructivas fueron superponiéndose unas a otras, borrando gran parte de la herencia histórica, el carácter policéntrico de la capital cubana permitió que en su evolución, quedaran casi incolumes los edificios de los diferentes períodos, desde la colonia hasta nuestros días. Cuándo a partir de la década de los cincuenta, se iniciaría un proceso de frenesí edificatorio, al igual que ocurrió en el resto de la región - que habría acabado con la herencia arquitectónica, sustituída por el anonimato de edificios y planes urbanos del International Style, la nueva orientación social y económica del gobierno socialista paralizó casi totalmente las construcciones dentro de la ciudad. La nueva arquitectura se materializó en los bordes, en la suburbia incontaminada de la mala herencia del capitalismo (política, no arquitectónica). De allí que La Habana se detuvo en el tiempo y el espacio en este medio siglo, convirtiéndose en la única ciudad-museo de la modernidad. En la década del ochenta, el progresivo deterioro de los barrios céntricos por la falta de mantenimiento, generó una acelerada reacción para salvar el núcleo histórico, en coincidencia con la declaración de la Unesco de Patrimonio Cultural de la Humanidad. Importantes obras de restauración fueron llevadas a cabo, luego detenidas por las dificultades económicas que ocasionaran el embargo norteamericano y la desintegración del mundo socialista. En la actualidad, la presencia de inversionistas extranjeros colabora en hacer de La Habana Vieja uno de los ejemplos significativos en América Latina de recualificación de los espacios coloniales. Éstos no son concebidos sólo en términos de su valor monumental para el turismo internacional, sino como ámbito de vida de la población originaria, que no fue expulsada de las áreas renovadas, como ocurrió en San Juan de Puerto Rico o en el barrio de Pelourinho en Salvador, Bahía.

Pese a la adopción de hábitos y modelos importados por parte de una élite minoritaria, la vida cotidiana de la población en el continente y el Caribe sigue aún más próxima a las tradiciones de origen latino que a las disgregadoreas influencias anglosajonas. Nuestra identidad, surge, como decían Simón Bolívar y José Marti, de la mezla de europeos, asiáticos, blancos, indios y negros; creadora de una nueva síntesis con personalidad propia. De allí que bares de esquina o restaurantes de barrio todavía predominan sobre Mac Donalds y Pizza Huts; la calle Florida de Buenos Aires o La Rampa de La Habana, siguen concentrando la vida lúdica de los habitantes, todavía deseosos de vivenciar la ciudad y no encerrarse en aislados shoppings. Parques, plazas y paseos centrales constituyen espacios de encuentro social válidos, frente a la introversión individualista de las urbanizaciones periféricas. En resumen, las obras citadas demuestran que las ciudades latinoamericanas - recordando a José Zorrilla - “gozan de buena salud”. Constituyen experiencias alentadoras, optimistas, promisorias, que contradicen los vaticinios apocalípticos del próximo milenio, y reafirman las esperanzas forjadas en los destinos de los aún jóvenes países del Nuevo Mundo.


Referencias

  • Autor del artículo: Roberto Segre, Arquitecto, Doctor en Ciencias del Arte, UH. Doctor en Planeamiento Regional y Urbano, UFRJ. Profesor Titular de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto Superior Politécnico “José Antonio Echeverría”, La Habana, Cuba. Profesor Visitante en el PROURB, FAU. Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil.
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