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La casa binuclear según Marcel Breuer. El patio recobrado (Carles Martí)

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A la memoria de Iñigo Gurrea (1944-1997), a quien siempre le gustaron las casas y los patios.

El patio, en tanto que espacio recintado y concluso, estático y contemplativo, abstraído del mundo exterior, cerrado en todo su perímetro y abierto sólo cenitalmente, no forma parte de los conceptos básicos de la arquitectura moderna, la cual tiende a desarrollar dispositivos formales basados en una idea de espacio expansivo y centrífugo cuyas principales propiedades serían, por el contrario, la fluidez, el dinamismo y la apertura.

En este sentido, la casa que mejor representa las aspiraciones de la arquitectura moderna es la casa mirador, la casa belvedere, concebida como un refugio desde el cual se domina la naturaleza; una casa constituida esencialmente por un techo que fija la visión horizontal y un plano de fachada lo más transparente posible, de modo que el espacio interior se proyecte sin límites hacia el paisaje cincundante. Por esta razón se suele considerar a Wright como el primer arquitecto moderno en el sentido estricto del término, ya que, en los primeros años del siglo XX, sus prairies houses expresan ya con claridad esta condición de lugares en los que el hombre, además de Ajar su mundo doméstico, mira hacia el horizonte y se funde idealmente con la naturaleza.

Dentro de este sistema de valores, la terraza pasa a ser la parte más representativa de la casa moderna, la que mejor expresa la voluntad de apertura que le es consustancial. Como ha observado inteligentemente Gonzalo Díaz Recasens, la visión panorámica que la terraza propone es justamente lo opuesto al hueco cenital del atrio romano. El patio de la cultura tradicional mira al cielo y en él encuentra la explicación de la existencia humana. La terraza, en cambio mira a la tierra, al medio físico cuya observación habrá de permitir, supuestamente, el avance de la ciencia y el progreso de la razón.[1]

Sin embargo, la experiencia del patio como espacio introvertido que recrea un pequeño fragmento de la naturaleza, como lugar delimitado y recogido que se convierte en escenario de la vida cotidiana, resulta ser un rasgo genético tan potente del habitar humano que reaparece en la arquitectura de la casa contemporánea, una y otra vez, bajo diversas interpretaciones.

Para advertir el alcance de esta recobrada presencia del patio, basta pensar en el hecho de que, como señala Richard Padovan en un importante escrito [2], dos de las obras maestras que, en cierto modo, representan la culminación del periodo heroico de la modernidad, como son la Villa Saboya de Le Corbusier y el Pabellón alemán de Barcelona de Mies van der Rohe, ambas de 1929, pueden considerarse como sendas reflexiones, heterodoxas y transgresivas si se quiere, pero explícitas, sobre la vigencia del patio y sobre su capacidad para mezclarse, superponerse e hibridarse con otros elementos, convirtiéndose por derecho propio en ingrediente del espacio moderno.

Marcel Breuer (Pécs, Hungría, 1902 - New York, 1981) es uno de los arquitectos que con más hondura y refinamiento han tratado el tema de la casa a lo largo del siglo XX. A primera vista, puede parecer que la estructura formal del patio sea algo totalmente ajeno a sus intereses. Pero cuando analizamos detenidamente algunas de sus obras, nos damos cuenta de que no es así. En concreto, la investigación que lleva a cabo sobre la casa binuclear puede interpretarse como un intento de recuperar algunas propiedades del patio, incorporándolas e integrándolas al esquema de la casa mirador.

Con frecuencia se ha hecho una lectura reductiva del principio binuclear enunciado por Breuer, rebajándolo a una mera cuestión organizativa que permite dividir el programa de la casa en dos partes (zona de día y zona de noche) que responden al distinto carácter de las estancias. Pero no es sólo eso: es también un principio arquitectónico basado en la tensión espacial que provoca la escisión de la casa en dos núcleos conectados por un vestíbulo que actúa a modo de puente entre ambos y resuelve el sistema de acceso. El desglose del volumen en dos partes crea una brecha a través de la cual el espacio exterior penetra en la casa y la atraviesa virtualmente. Pero, al mismo tiempo, ese espacio intermedio que se genera entre ambos núcleos, al quedar parcialmente englobado por la construcción, está en disposición de convertirse en un patio semiabierto.

Esta idea aparece en la obra de Breuer tras un largo proceso de decantación. En realidad, las obras que realiza al desvincularse de su asociación con Walter Gropius y fundar su propio estudio en 1941, remiten a la tradición americana del cottage: una casa concebida como un refugio en plena naturaleza y formada por un basamento pétreo que sostiene el habitáculo separado del suelo y construido en madera, el cual se compone a menudo de una sola estancia articulada en torno a la gran chimenea. Ejemplos ilustres de esta serie son el Chamberlain Cottage (1941) o el Caesar Cottage (1951). Breuer elabora estos proyectos con la precisión y delicadeza del gran mueblista que demostró ser durante su etapa europea, a la vez que destaca por su capacidad para insertar esos artefactos en el medio natural.

Pero pronto deberá atender también a programas domésticos más complejos, que requieren otra respuesta arquitectónica. Surgen así esas dos grandes líneas de trabajo a las que el propio Breuer denomina la long house y la binuclear house. La long house o casa alargada, suele ser palafítica y formada por un sólo volumen alzado sobre el terreno para otear el paisaje a través de grandes ventanas. Un elemento básico de su composición es la terraza, a menudo resuelta mediante audaces voladizos, como en la primera casa Breuer en New Canaan (1947) o en la casa Stillman (1953).

La casa binuclear, a pesar de no ser ya un volumen compacto sino articulado, también puede ser palafítica, como ocurre por ejemplo en la casa Starkey (1953). Pero, por regla general, tiende a asentarse en el terreno, acomodándose a su topografía. Estos dos rasgos morfológicos (articulación volumétrica y contacto con el suelo natural), son las premisas necesarias para que el tema del patio se desarrolle y termine por afirmarse.

La casa Robinson (1946) es una de las primeras y más completas aplicaciones del principio binuclear breueriano. En este caso, los dos núcleos son distintos en forma y tamaño. Un rectángulo de formato 3:1 contiene los dormitorios y el garage, mientras que una figura cuadrada engloba la sala, el comedor y la cocina con sus anexos. Si bien el área de acceso en forma de U tiene la cualidad receptiva de un espacio protegido, las estancias se abren de forma centrífuga a través del perímetro exterior. La posibilidad de identificar el espacio intersticial que genera la estructura binuclear con la idea de patio, aparece todavía desdibujada e imprecisa.

Pero tan solo tres años más tarde, en el proyecto para la casa Clark (1949), Breuer da un paso decisivo y convierte el ámbito que queda entre ambos núcleos en un patio semiabierto y levemente pergolado, delimitado por tres de sus lados, mientras que el cuarto se abre hacia el paisaje. Al patio se asoman el vestíbulo y el dormitorio principal buscando la orientación sur, mientras que el lado norte de la sala se construye mediante un muro ciego.

A lo largo de los años 50, Breuer desarrolla una interesante serie de variaciones sobre el tema de esos espacios que están a caballo entre la terraza y el patio. En el punto conclusivo de esa serie parece encontrarse la casa Hooper (1959). En esta ocasión, el principio binuclear permite resolver con claridad un amplio programa doméstico. El espacio que se forma entre los dos núcleos, delimitado también por el vestíbulo y un muro de cierre, posee ya todas las características de un patio propiamente dicho.

Lo que en la casa Robinson era, ante todo, un intento de desagregar el volumen, para restituir así la ideal continuidad del paisaje, se ha convertido en la casa Hooper en una voluntad declarada de domesticar ese fragmento de naturaleza, apresándolo mediante muros y transformándolo en una prolongación natural de las estancias de la casa. Para conseguir este efecto los dos núcleos se hacen aquí más homogéneos en cuanto a su forma y se someten a la disciplina de un envoltorio común que permite recomponer la apariencia de un volumen unitario.

Desde el punto de vista de su relación con el paisaje, la casa Hooper es, además, un prodigio de condensación y abstracción formal. Quien se aproxima a ella, la percibe tan sólo como un muro de mampostería interrumpido en su centro por una gran puerta abierta sobre la naturaleza. Por encima del muro se recorta la silueta de los grandes árboles situados al otro lado, de modo que el espesor de la casa resulta imperceptible, presentándose al espectador como un simple muro de recinto tras el que se adivina la presencia de un sugestivo jardín.

La casa patio tradicional constituye un mundo introvertido y aislado del exterior. Su forma viene definida por un recinto que obliga a todas las dependencias a abrirse sobre el patio a través del cual se produce la respiración de la casa. A esta forma cerrada sobre sí misma y abierta sólo por el hueco cenital del patio, se opone el concepto de casa mirador, desarrollado por la cultura moderna, cuyo perímetro está formado por una piel que transpira en toda su extensión y se abre mediante grandes perforaciones que proyectan el habitáculo hacia el paisaje.

Mediante el principio binuclear, Breuer trata de hacer reversible ese proceso, acercándose de nuevo a la idea de patio. Pero, así como el patio tradicional surge como resultado de horadar o excavar una masa homogénea, el patio que ahora se propone es fruto de la reunión articulada de piezas diversas que se engarzan en torno a un espacio libre que, aún estando acotado y protegido, puede llegar a tener diversos grados de apertura. Cabe hablar, pues, de la casa binuclear como de un híbrido entre la casa patio y la casa mirador, ya que, sin renunciar a la relación directa con el paisaje, Breuer recupera la idea de un espacio al aire libre englobado por la propia casa.

Lo esencial del principio binuclear es, en definitiva, que rompe con la estricta convexidad de la casa mirador, haciendo aparecer en su estructura, siquiera de un modo embrionario, la forma cóncava, con todo lo que la idea de concavidad comporta: acotación, recogimiento, protección. El instinto humano termina siempre por manifestar una querencia hacia la concavidad como manera de habitar el mundo. Y el patio no es más que una de las formas con que la arquitectura materializa ese instinto universal e inextinguible.

Referencias

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Referencias e información de imágenes pulsando en ellas.
  1. Gonzalo Díaz Recasens, Recurrencia y herencia del patio en el Movimiento moderno, Universidad de Sevilla, 1992, p. 42
  2. Richard Padovan, El pabellón y el patio. Problemas culturales y espaciales de la arquitectura De Stijl, versión castellana en Espacio fluido versus espacio sistemático, edición de Ricardo Guasch, ETSAV, Edicions UPC, 1995, pp. 57-72

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