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Colegiata de Santa María la Mayor (Valladolid)

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La Colegiata de Santa María la Mayor fue una fundación del conde Ansúrez que quiso dotar al incipiente núcleo de Valladolid con una Iglesia Mayor que lo elevaría en importancia y sería cabeza religiosa de su nuevo feudo.

Historia de la primera colegiata

La colegiata no fue una iglesia aislada sino que nació como un monasterio familiar del conde Ansúrez que al mismo tiempo servía de iglesia Mayor de la villa. Puso el templo bajo la advocación de Santa María y mandó llamar a unos frailes benedictinos de la reformada orden de Cluny del Monasterio de San Zoilo en Carrión de los Condes, que formarían el Cabildo Colegial[1] junto con el abad nombrado por el propio conde Ansúrez, llamado Salto o Asalto o Soto, que estaría bajo la supervisión del prior Virila de San Zoilo, valido del Cid (que después fue abad del monasterio de San Pedro de Cardeña).[2] constituyendo así la colegiata que en 1085 ya existía como entidad jurídica y cuya Carta de Fundación se dio en 1095:

Yo el conde Pedro Ansúrez juntamente con mi mujer la condesa Elo […] ofrecemos por el remedio de nuestras almas […] a la iglesia de Santa María de Valladolid […] con tal condición que el oficio divino se celebre en la dicha Iglesia, y que se tenga la devoción debida a sus sagrados altares y reliquias.[3]

A continuación viene toda una relación de donaciones de tierras, iglesias, monasterios y otros favores. Se otorgó a la Colegiata un dilatado territorio para poblar entre los dos brazos del río Esgueva, diezmos de pan y vino y la mitad de las multas exigidas por delitos. El 12 de septiembre de 1112 se ratificaron las donaciones anteriores y se añadieron más por manda de testamento, como el derecho de los portazgos de la Villa y de Puente Duero, la cesión de la ermita de San Sebastián (que por entonces era llamada monasterio,[4] la donación de las Pesqueras de Medinilla y Linares y el mercado que se establecía muy cerca, en la llamada Plazuela de Santa María, regalo muy importante para la Colegiata pues de él sacaba buenas sumas de dinero.

Poco antes el conde había edificado en el entorno su casa-palacio en la que iba incluida una pequeña iglesia o capilla palaciega. Como dicha iglesia ya había tomado como titular a Santa María, se le añadió el apelativo de la Antigua, mientras que la nueva colegiata fue conocida como Santa María la Mayor.

En los años 1124, 1143 y 1155 se celebraron aquí tres Concilios Nacionales. Esto viene a demostrar la importancia que iba adquiriendo Valladolid en la vida religiosa y civil.

La zona elegida por el conde para la construcción de estos edificios fue un promontorio extramuros, hacia el este de la muralla o cerca, que caía en un profundo desnivel sobre la orilla izquierda del ramal norte del río Esgueva que seguía su curso hasta desembocar en el río Pisuerga. Desde la primera vez que se removieron las tierras en este promontorio para echar los cimientos de las distintas construcciones se encontraron restos romanos (mosaicos, monedas, utensilios) lo que hace suponer que allí pudo haber un castro romano.

En cuanto al orden interno, el conde Ansúrez otorgó como testamento que la comunidad tendría que elegir dentro de su propia familia (entre sus hijos o descendientes) el patrono que más conviniere. Otorgó el derecho de los clérigos de elegir abad dentro de su comunidad y en el caso de que no hubiere ninguno con buenas condiciones, podían tomarlo de fuera.[5]

El edificio

Torre románica de la Colegiata.
La colegiata del conde Ansúrez fue edificada en estilo románico y debió ser de pequeñas proporciones. Estaba orientada con el eje este-oeste, según costumbre que se aplicaba a todos los templos cristianos. Se construyó una torre-pórtico a los pies, único vestigio arquitectónico que ha llegado hasta los tiempos de 2008.[6] En esta torre pueden apreciarse aun las impostas que la adornaban dividiendo los pisos, labradas con el ajedrezado, así como algunas ventanas del primer cuerpo‏‎. La iglesia tenía una sola nave y un techo de madera. Por deseo del conde Ansúrez tenía dentro un espacio o sala donde se celebraban las reuniones del Ayuntamiento en las que debía estar presente la representación clerical de dos canónigos que además tenían voto. Esta costumbre perduró hasta el año 1600.

Segunda Colegiata de transición al gótico del siglo XIII

Ruinas de la segunda Colegiata.
La ciudad de Valladolid iba creciendo en extensión e importancia, los conventos de San Pablo, San Benito y San Francisco superaban en tamaño y obras de arte a esta iglesia Mayor, la Corte de Carlos V se instalaba con frecuencia en Valladolid y la Colegiata románica se quedaba pequeña y anticuada, así que el Cabildo decidió la construcción de un edificio nuevo que cumpliera ampliamente con las necesidades de liturgia, reuniones, etc. y que superase a los conventos.

Entre los años 1219 y 1230, siendo Canciller de Fernando III el Santo, Juan Domínguez, se llevó a cabo la construcción de la segunda colegiata sobre el solar de la primera, respetándose tan solo la torre románica. En 1228 ya se celebró aquí otro Concilio Nacional. La Colegiata se mantuvo al uso hasta 1668 fecha en que se trasladó el culto al templo herreriano, a causa del lento desarrollo de las obras del templo ideado por Juan de Herrera. Como todavía se necesitaba su espacio para la liturgia, no se destruyó del todo y así pudieron salvarse unas cuantas capillas que aun se conservan como sede del Museo Catedralicio. Esta etapa está suficientemente documentada y por eso se sabe la gran importancia que tuvo la colegiata y el gran interés artístico, social y político que despertó. Fue muy visitada por reyes, se celebraron Cortes en su recinto y más Concilios Nacionales.

El edificio y sus capillas

Ruinas de la segunda Colegiata.
La planta de la iglesia era de tres naves separadas por pilares cruciformes de los que arrancaban fustes de semicolumnas con sus capiteles decorados con bolas, cintas y hojas de parra, algunos de los cuales se conservan en un museo. En las ruinas que todavía pueden verse en el 2008, se aprecia el arranque de los pilares, sustituidos en este caso por la plantación de cipreses.

La torre románica se conservó pero se inutilizó como pórtico en el año 1333, al construir delante la capilla funeraria de San Juan y San Blas, que ahora forma parte del museo. A ambos lados de esta capilla se fueron añadiendo otras,[7] todas con carácter funerario:

  • Capilla de San Llorente, alargada, con dos bonitas cúpulas mudéjares de Yesería. En el siglo XV se celebraban aquí los exámenes de Licenciados y como recuerdo puede verse en una de las paredes un Víctor del siglo XVI.
  • Sala Capitular, que en esta época no era tal pues pertenecía el espacio a una de las crujías del claustro desaparecido.
  • Capilla de Santo Tomás, arruinada totalmente en 1331. La mandó construir el Alcalde del Rey García Pérez de Valladolid. Se cubre con dos bóvedas de crucería.
  • Capilla de San Blas y San Juan Evangelista, de 1333, cubierta con bóveda de crucería cuyos arcos descansan sobre capiteles que todavía tienen restos de la Policromía. Ésta es la capilla construida delante de la torre románica, cuyo acceso puede verse perfectamente.
  • Capilla de Santa Inés, con artesonado de madera policromada.
En 1318 se comenzó a construir el claustro, quizás sobre otro más antiguo del edificio románico; las obras no se terminaron hasta finales de ese siglo. A él se abrían cuatro capillas: de San Sebastián, de Santo Toribio, de San Marcos y de San Llorente, la única que se conserva formando parte del museo. En este claustro se encontraba habilitada una sala de reuniones del primitivo Ayuntamiento, donde participaba también el Cabildo. Tenía la entrada principal por la antigua Plazuela de Santa María. A juzgar por las descripciones que hicieron algunas personas que llegaron a ver este claustro, debía ser una obra importante y de calidad artística. Así lo constata el historiador vallisoletano Antolínez de Burgos:
… fue uno de los más suntuosos y lucidos que había en España: todo lleno de imágenes de bulto de piedra, todo con colores y todo alrededor poblado de nichos de entierros muy antiguos de ilustres personas y con sus letreros y escudos de armas grabados en lo alto de las bóvedas.
Portada cisterciense norte.
Todavía pueden verse dos portadas cistercienses de esta segunda colegiata. Una de ellas se descubrió a finales del siglo XX, en unas obras de restauración. Pertenecía a la nave norte. La portada de la nave sur quedó incluida en el claustro y se conserva en el interior del museo. Del retablo que tuvo la colegiata no queda más que el recuerdo en las alabanzas que le rinde el viajero portugués del siglo XVII, Tomé Pinheiro da Veiga:[8]
Retablo grande, todo de bronce, con figuras de gran proporción que es cosa extraordinaria.

Tercera colegiata gótico-renacentista

En 1527, el Cabildo convocó un concurso entre arquitectos al que acudieron los más prestigiosos maestros del momento: Diego de Riaño, Juan de Álava, Francisco de Colonia, Juan Gil de Hontañón y Rodrigo Gil de Hontañón.

A juicio del Cabildo, la Colegiata del siglo XIII se había quedado pequeña y demasiado sencilla para la categoría de Valladolid, en un momento en que lucían como grandes obras las catedrales de Salamanca y Segovia y en que los conventos de la ciudad (San Pablo, San Benito y San Francisco sobre todo) costeaban grandes y suntuosas obras. Ese mismo año en el mes de junio se colocó la primera piedra. El proyecto en principio ambicioso, apenas pasó de la cimentación y de la elevación de unos pocos metros. Las obras avanzaron muy lentamente por falta de recursos económicos y también porque surgieron graves problemas con el tema de la expropiación, ya que se necesitaban los terrenos hacia el sur porque se había cambiado por completo el eje de la nueva planta: quedaría la cabecera al norte, junto al antiguo claustro de la colegiata anterior y los pies al sur. Aun así, el atrio quedaría algo elevado por lo que fueron necesarias unas escalinatas para su acceso. (Esta nueva disposición será respetada por los planos de la catedral de Herrera y así es como se ve la catedral en el presente 2008). En el plano de la nueva iglesia se contemplaban tres naves separadas por pilares con capillas entre contrafuertes y dos torres enmarcando los pies, todo en estilo gótico-renacentista.

Se echaron los cimientos ese mismo año de 1527 comenzando la construcción por los pies, para poder hacer uso de la antigua colegiata mientras duraban las obras. La idea era llegar al crucero que caería en la zona del antiguo claustro y empezar entonces la demolición total. Pero al avanzar tan lentamente, el propio Rodrigo Gil de Hontañón se vio obligado a hacer reformas en la colegiata vieja para seguir el uso litúrgico sin problemas. Gil de Hontañón murió en 1577 y las obras seguían prácticamente como al principio. Habían pasado 50 años y la moda y las técnicas en el arte de construir habían cambiado. Cuando el Cabildo pudo volver a pensar en la construcción de una nueva catedral tuvo que olvidarse por completo de los planes anteriores y adoptar las tendencias de los arquitectos del momento.

La colegiata-catedral de Herrera

Aprovechando una estancia de Juan de Herrera en Valladolid (requerido por el Ayuntamiento para hacer los planos de algunas obras municipales), el Cabildo se entrevistó con él y le pidió el estudio y Trazas de una nueva colegiata que fuera de acuerdo con los tiempos.[9] El arquitecto aceptó el encargo sobre el que se puso inmediatamente a trabajar, de manera que el 13 de mayo de 1582, Pedro de Tolosa que había trabajado en El Escorial y en Villagarcía de Campos, obtiene la maestría mayor para las obras haciéndose cargo de ellas bajo la dirección del arquitecto Diego de Praves, hombre de confianza de Juan de Herrera. Murió al año siguiente y le sucedió como maestro de obras su hijo Alonso de Tolosa.

Antes de terminar las obras de este nuevo templo y antes de terminar el siglo, la colegiata tomó el rango de catedral a instancias de Felipe II. El 21 de mayo de 1595 tuvo lugar la solemne consagración, dirigiendo la ceremonia el arzobispo de Toledo, Bernardo con el obispo de Palencia Raymundo, asistidos por los obispos Pedro (de León), Gómez (de Burgos), Osmundo (de Astorga), Martín (de Oviedo) y Amorico (de Lugo), acompañados de varios condes y caballeros. Al año siguiente, en 1596, Felipe II otorgó el título de Ciudad a la villa de Valladolid. En 1597 murió Juan de Herrera y en 1598 murió Felipe II.

Sede episcopal de Palencia

En un principio el conde Ansúrez instituyó la Colegiata (con su pequeña comunidad monacal) dependiendo directamente de la Santa Sede de Roma y autorizando al obispo de Toledo para que fuera el encargado de hacer cumplir las cláusulas de la fundación. Sus abades ejercieron jurisdicción episcopal sin estar sujetos a otros prelados además de tener licencia para escoger un dominus o protector, o tutor que velara por los intereses del monasterio. Éste es el sistema característico de esta época, el sistema de behetrías entre parientes; en este caso los parientes serían el abad y sus monjes, constituidos en señorío, que tomarían un tutor o benefactor dentro de la familia de los condes y sucesores, con derecho a cambiarlo si el elegido no cumplía con toda responsabilidad. Así las cosas, el conde Ansúrez tuvo que preparar su auto exilio a tierras de Urgel donde gobernaba su yerno Armengol.[10]

En 1103, cuando está a punto de partir, encomienda su abadía de Valladolid al obispo de Palencia Raymundo. No fue una encomienda formal y oficial con cesión de todos los derechos sino el encargo a su amigo y hombre de confianza, con el mandato además de que entregara 100 sueldos anuales a la Santa Sede. En 1110 el conde regresó del destierro y con la ayuda y aprobación de la reina Urraca, recuperó su abadía-colegiata. Pero por entonces ya no estaba el obispo Raymundo y este hecho molestó a su sucesor el obispo Pedro de Palencia que inició una disputa y buscó el favor del papa Pascual II. Este papa y más tarde Inocencia II confirmaron la vinculación de la Colegiata a la sede de Palencia.

A partir de estos hechos se desencadenó una pugna abierta entre las dos villas. Con Armengol VI llamado el de Castilla (nieto del conde Ansúrez) se llegó a un acuerdo que fue en realidad una claudicación, entregando la Colegiata al obispo de Palencia y concertando que en ese momento éste nombrase abad al arcediano Nicolás. El acuerdo tuvo como consecuencia muchas protestas y disturbios hasta que Alfonso VII ratificó el convenio sustentándose en que “así lo había querido el fundador conde Ansúrez”, y tomó una decisión irrebatible dejando para la posteridad el mandato de dos pautas a seguir por el régimen interno: que la elección del abad era un derecho del Cabildo colegial y que el rey se reservaba la potestad de confirmarla.

En 1162 intervino de nuevo el Papa, esta vez Alejandro III. Mandó reformar la abadía con la instauración de una nueva comunidad de canónigos de San Agustín, encargando realizar dichos cambios al obispo de Toledo.[11]

A finales del siglo XV, los Reyes Católicos suplicaron al papa Alejandro VI que uniese la abadía de Valladolid al obispado de Palencia. El papa murió antes de haber despachado la bula. De nuevo hacia 1504 hicieron una petición a Julio II, quien despachó la bula con una cláusula: que el obispo de Palencia lo fuese también de Valladolid, que ambas iglesias fuesen catedrales y que cada cabildo tuviese su hacienda aparte. Pero el abad de la Colegiata de Valladolid, don Fernando Enríquez, no quiso dejar la abadía y el papa tuvo que suspender la bula de unión,
Hac vice duntaxat
El siguiente abad, Alfonso Enríquez, mantuvo la Colegiata 30 años hasta que en 1555 Pedro Gasca, obispo de Palencia insistió en la unión mencionada ante el emperador. Así en mayo de 1554 el Consejo Real dio una provisión en que mandaba a la ciudad de Palencia y al Cabildo de Valladolid que en un determinado tiempo alegasen las razones que pudieran tener para no realizar tal unión. Palencia envió sus procuradores. Al frente iba Francisco de Salas, procurador del Deán y Cabildo. Entre otros razonamientos alegó:
[…] querer hacer ahora una unión de dos iglesias catedrales, la una en un pueblo tan grande y tan rico, y que cada día va en tanto crecimiento como es Valladolid, y la otra de otra iglesia que está en tan pequeño pueblo y tan pobre como es Palencia es dar ocasión y hacer que del todo se olvide se deshaga y disminuya la iglesia y ciudad de Palencia, porque es harto verosímil que el obispo que por tiempo fuere de Palencia y Valladolid se querrá y preciará más intitular del mayor y más insigne pueblo que es Valladolid y no del menor y más pobre que es Palencia. Porque esto no parezca adivinar que no hay mejor regla o conjetura en lo porvenir que la experiencia de lo pasado, tenemos ejemplo harto claro en la ciudad de Baeza y Jaén, como después se ganó Jaén que son dos iglesias catedrales debajo de un obispo […] como Jaén es mayor, se ha quedado en olvido Baeza y solamente se llama obispo de Jaén, aunque la iglesia de Baeza sea catedral. […]

El procurador dio hasta ocho razonamientos más. Valladolid por su parte pidió ser arzobispado y que Palencia fuese una de las iglesias sufragáneas o que al menos se nombrara un obispo de Valladolid y Palencia, en ese orden, y que la renta de la abadía se gastase en la fábrica de la nueva iglesia.

El Consejo Real resolvió el tema no por sí mismo sino haciendo una consulta directa al rey que estaba en Flandes. El tiempo pasó sin resolverse nada hasta que en 1595 y siendo obispo de Palencia Martín Aspi Sierra, se desmembró Valladolid convirtiéndose en catedral con sede episcopal, con la aquiescencia de Clemente VIII en el reinado de Felipe II que concedió esta gracia a su ciudad natal, venciendo así la majestad del rey.

El rey había enviado como embajador en Roma al duque de Sesa, Antonio de Córdoba y Cardona, con el encargo de llevar a cabo las negociaciones con el papa Clemente VIII que otorga una bula el 25 de nov de 1595, haciendo a Valladolid sufragánea del Arzobispado de Toledo.[12] Felipe II presentó como primer obispo de la nueva catedral a Bartolomé de la Plaza, magistral de la Colegiata de Baza que fue ratificado y nombrado por el Papa por bula de 18 de diciembre de 1596. El territorio de la nueva diócesis vallisoletana fue muy recortado para no inferir ni perjudicar las diócesis cercanas.

El 16 de marzo de 1851, habiéndose celebrado el Concordato con la Santa Sede (siendo papa Pío IX), la reina Isabel II pidió el título y dignidad de metropolitana para esta catedral. El Papa ejecutó la petición otorgando la bula el 4 de julio de 1857.

Notas

  1. El Cabildo se formó con clérigos regulares.
  2. Manuel Canesi Acevedo. Historia de Valladolid (1750). Libro primero, tomo I. Edición facsímil del Grupo Pinciano, 1997. ISBN 84-87739-60-1
  3. El texto de esta Carta de Fundación tanto en latín como en castellano puede verse (además del original que está en los Archivos) en la obra citada de Manuel Canesi, Tomo I página 220 a 225.
  4. En aquella época era costumbre en Valladolid dar el apelativo de monasterio a una iglesia por el hecho de eximirla de pagar los diezmos.
  5. José María Cuadrado Valladolid, historia, monumentos, artes y naturaleza (1885), pag. 33.
  6. La torre románica de esta primera colegiata no se conserva en su integridad. Le faltan dos cuerpos y el remate de la cubierta primitiva.
  7. Todas estas capillas han perdido el carácter funerario y en el lugar de los lucillos están instaladas las obras de arte del museo.
  8. Tomé Pinheiro da Veiga.Fastiginia. Vida cotidiana en la corte de Valladolid. Editorial Ámbito. ISBN 84-86770-23-8
  9. Esto pudo suceder entre 1580-1582. No se tiene una referencia exacta.
  10. Fue por causas políticas y desavenencias con el rey Alfonso VI.
  11. Pascual Martínez Sopena, Una historia de Valladolid.
  12. Las fechas son dispares según distintos autores: 21 de mayo de 1595, 25 de nov de 1595, 25 de septiembre de 1595.

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Bibliografía

  • Juan José Martín González. Catálogo Monumental. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid. Primera parte, tomo XIV. Edición facsímil 2001. Diputación de Valladolid. ISBN 84-505-0917-3
  • Jesús Urrea Fernández. La catedral de Valladolid y Museo Diocesano. Editorial Everest. ISBN 84-241-4856-8
  • Casimiro G. García-Valladolid. Valladolid, recuerdos y grandezas. Tomo I. Edita Grupo Pinciano. Edición facsímil. ISBN 84-500-4066-3
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