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Arquitectura postmoderna

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Ricardo Bofill en la operación urbana de Antígona (Montpellier‏‎)

El Postmodernismo en arquitectura es una tendencia que comienza a partir de los años 1970, como respuesta a las contradicciones de la arquitectura moderna, y en especial los postulados del Estilo Internacional. Su principal característica es que aboga por recuperar de nuevo "el ingenio, del ornamento y la referencia" en la arquitectura y se fundamenta en el debilitamiento de los valores hasta ese momento aceptados como universales, en particular la confianza en la ciencia, en la emancipación y en el progreso de la humanidad, y corresponde a lo que Jean-Franfois Lyotard llama la incredulidad ante los «grandes relatos» filosóficos y políticos (La Condition postmodeme, 1979).

Este movimiento general de las ideas desborda, pues, ampliamente, las cuestiones arquitectónicas. Sus interrogantes se extienden tanto entre los especialistas como entre la más amplia opinión y adquieren aquí y allá formas bastante diferentes. En arquitectura, el término aparece hacia 1975, particularmente en el crítico Charles Jencks, autor de la primera obra global sobre la cuestión: The Language of Post'Modem Architecture, 1977. Dicho término adquirirá significaciones muy diversas.

Hay en el postmodernismo arquitectónico una dimensión regresiva y nostálgica que supone que un retomo a modelos tradicionales sería beneficioso, una dimensión positiva y reconciliadora que invita a volver a enlazar con la historia y la cultura, una dimensión de comunicación que querría hacer de ella un lenguaje más accesible y, finalmente, una dimensión lúdica que pretende ampliar el campo de los placeres arquitectónicos saliéndose del marco demasiado estrecho que habían trazado los principios modernos, recurriendo para ello sobre todo al ornamento.

Uno de los hogares del pensamiento postmoderno es los Estados Unidos. Ya desde 1966, en su obra Complexity and Contradiction in Architecture, Robert Venturi, antiguo asociado de Louis Kahn, llama a tomar en consideración las virtudes estéticas de la ambigüedad y a «no dejarse intimidar más por la moral y el lenguaje puritano de la arquitectura moderna ortodoxa». En 1972, en la onda del pop art, publica Leaming from Las Vegas, invitación a alimentarse de la cultura popular y de la cultura comercial americana para «vivificar la alta cultura». Representa el ala teórica del postmodernismo americano.

Más apegado a las sensaciones físicas, y también más relajado, Charles Moore profesa que la arquitectura debe estar habitada tanto por el espíritu como por el cuerpo y dejar un lugar para la memoria. Afirma que la arquitectura debe hacer gala de humor, hablar (incluso «para decir estupideces»), y pretende desarrollar un lenguaje narrativo. La obra más característica de su período postmoderno es la Piazza d’Italia en Nueva Orléans (1978), trufada de ironía, gags y referencias cruzadas de inspiración sobre todo barroca. Carlo Aymonino, Aldo Rossi y la corriente italiana de la tendenza intentan paralelamente reinscribir a la arquitectura en la historia de la ciudad, al mismo tiempo que las investigaciones históricas de Manfredo Tafuri persiguen el objetivo de insertarla en la historia social del trabajo. Distinguen la morfología urbana, que es el estudio de las formas de la ciudad, y la tipología, que es el estudio de los tipos de edificios. Las tesis de Giuseppe Campos Venuti y la experiencia de rehabilitación del centro histórico de Bolonia bajo la dirección de Pier Luigi Cervellati ponen en práctica estas nociones.

Diseñador de composiciones evocadoras, de poesía a veces bastante sombría, autor de un famoso ensayo teórico, LArchitettura della cittá (1966), Aldo Rossi afirma su adscripción a un método que llama «analógico». Emplea en sus edificios un número limitado de arquetipos que parecen resurgidos del fondo de la memoria colectiva o del imaginario infantil: fuertes columnas, pórticos y galerías, torres y campanarios puntiagudos, tejados en cañón o a dos aguas bien marcadas, elementos todos ellos que dispone con un gusto por la simetría reforzada y la ruda yuxtaposición de los diversos cuerpos de edificación. En Francia, Bernard Huet y los autores del libro De l’ilot á la barre (Castex, Panerai y Depaule) contribuyen a mediados de los años setenta a la difusión de esta doctrina, llamada en ocasiones «tipo-morfológica». Bemard Hamburger (1940-1982) adapta a las problemáticas nacionales las tesis de Venturi. Antoine Grumbach insiste en la poética de la memoria y en la necesidad de «hacer la ciudad sobre la ciudad», es decir, por sedimentación, y Christian de Portzamparc explora, con sus viviendas de Les Hautes Formes, en París, las vías de una nueva urbanidad.

En Bélgica, un grupo animado por Maurice Culot en la Escuela de La Cambre mezcla agitación política, luchas urbanas y contraproyectos (sobre todo en el Arau, en los barrios populares de Bruselas) al mismo tiempo que lleva a cabo una labor sistemática de investigación histórica y de inventario de las fuentes de la arquitectura moderna. Se apoya en la doctrina de un brillante dibujante, el panfletario neoclásico Léon Krier, y lanza con la «declaración de Palermo» (1978) una llamada a la «reconstrucción de la ciudad europea» alrededor de un espacio público que estaría hecho de calles y plazas a la antigua. Es con este espíritu como se lleva a cabo la experiencia de rehabilitación del barrio popular de Alma-Gare en Roubaix.

Numerosos arquitectos de renombre varían sensiblemente sus posiciones anteriores. Es el caso del antiguo brutalista inglés James Stirling, quien, en 1970, emprende una breve colaboración con Léon Krier antes de efectuar un giro radical, denunciando el «aburrimiento de lo moderno» y construyendo, con la nueva Staatsgalerie de Stuttgart, una composición monumental evocadora de la Antigüedad más que de esa modernidad de la que él mismo había sido uno de los héroes. En Austria, Hans Hollein cultiva una estética preciosa y amanerada. En Bélgica, Charles Vandenhove desarrolla un sólido sincretismo, sobre todo en la renovación del barrio de Hors-Cháteau en Lieja. Desde Barcelona, Ricardo Bofill difunde ampliamente sus modelos neoclásicos, particularmente en diversas operaciones francesas como la de Antígona en Montpellier. En el Japón, Arata Isozaki firma, con el centro cívico de Tsukuba, un collage ecléctico de temas tomados de Ledoux, Miguel Ángel y Borromini. En los Estados Unidos, Philip Johnson, que había sido medio siglo antes uno de los introductores del Estilo internacional en América del Norte, dota a sus rascacielos de coronamientos en forma de armarios Chippendale, pas-de-moineaux flamencos o pináculos góticos. Michael Graves, antiguo miembro del grupo neoyorquino de los Five, que había realizado con virtuosismo composiciones sobre temas inspirados en la plástica corbuseriana de los años veinte, se convierte en el apóstol de un nuevo decorativismo. Después de un período de gran difusión de las disciplinas críticas (marxismo, ciencias humanas, sociología, psicoanálisis, lingüística o semiología y pensamiento ecológico), los años setenta contemplan más bien la expansión de la estética, la cultura histórica y la arquitectura de papel (es decir, de pura especulación gráfica, a menudo teórica u onírica). El postmodernismo afirma perseguir un pensamiento menos unívoco, menos rigorista, sin ilusión ni utopía (salvo en el caso de ciertos neoclásicos como Léon Krier). Se considera más tolerante (cosa que será en raras ocasiones), más atento al sentido (en el doble «sentido» del término, es decir, la significación y la sensualidad). Algunos, como Paolo Portoghesi, apelan a la supresión de las «inhibiciones». Todos quieren poner término a los tabúes y a los dogmas modernos, como los que identificaban sistemáticamente clasicismo, historicismo o gusto por lo vernáculo con conservadurismo político.

El postmodernismo, que no ha sido nunca un movimiento propiamente dicho, comienza a dispersarse a principios de la década de los noventa y una parte de sus teóricos más en boga se vuelven hacia una nueva modernidad, la del deconstructivismo, habitada por la idea de caos (es el caso de Jencks y Johnson). No deja de representar, sin embargo, una ruptura esencial en la historia de las mentalidades arquitectónicas. Sus temas estéticos han gozado de amplia difusión y sus profundos efectos sobre la cultura urbana están llamados a perdurar. Pero no ha podido establecer una alternativa duradera y estructurada a la modernidad de otro tiempo. Ya la confrontación internacional organizada en 1980 por Paolo Portoghesi con ocasión de la Bienal de Venecia (colocada bajo la invocación de la «Presencia del pasado») había presentado una imagen del postmodernismo narcisista y demasiado ecléctica a todo lo largo de la Strada Novissima construida en el Arsenal. El universo intelectual de los arquitectos ha explotado y carece de ideología común: es el del individualismo y el vedettismo, el de la cohabitación de doctrinas heterogéneas, sensibilidades y estilos, el de la tolerancia mutua quizás, pero en una atmósfera finalmente bastante desencantada.


Características formales

Teatro Nacional de Cataluña, encarnado en la forma de un templo griego. Se ve la mezcla del formas antiguos y técnicas constructivas de vanguardia

El postmodernismo se refleja en arquitectura generalmente en varios aspectos:

  • Los edificios adoptan a menudo tipologías heredadas del pasado.
  • Se recupera el ornamento: columnas, pilastras, molduras...
  • Se huye de las formas puras o limpias que dominaban en la arquitectura racionalista, buscando la yuxtaposición el abigarramiento...
  • Se recurre a una especie de neo-eclecticismo, dado que se toman prestadas formas de todos los períodos de la historia.
  • Desde el punto de vista urbano, se busca recuperar la calle, la edificación de pequeña escala, la riqueza visual de formas...

Referencias

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   » Alberto Mengual Muñoz   »  Iñaki M.B.

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