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Arquitectura románica en España

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La Arquitectura románica supone una manera de construir dentro del estilo conocido como Arte románico, con sus características propias y su especial evolución a lo largo de más de dos siglos, que comprende desde finales del siglo X hasta bien entrado el siglo XIII. Esa misma arquitectura en España adquiere sus propias peculiaridades dejándose influenciar tanto por las modas que le llegan desde el exterior a través de Italia y Francia como por la tradición y recursos artísticos antiguos. Mientras en el siglo VIII se hace sentir en la Europa cristiana occidental la restauración carolingia, la España cristiana sigue funcionando apegada a la cultura tradicional hispano-romana y goda, sin que le afecten en los siglos siguientes los movimientos culturales europeos, hasta la llegada del románico.

La arquitectura románica se extendió en España por toda la mitad norte llegando hasta el río Tajo, en plena época de Reconquista y repoblación, que favoreció en gran medida su desarrollo. Entró tempranamente en primer lugar por tierras catalanas de los condados de la Marca Hispánica donde desarrolló su primer románico y se extendió por el resto con la ayuda del Camino de Santiago y monasterios benedictinos. Dejó su huella especialmente en edificios religiosos (catedrales, iglesias, monasterios, claustros, ermitas…) que son los que han llegado al siglo XXI mejor o peor conservados, pero se construyeron también en este estilo los monumentos civiles correspondientes a su época, aunque de estos últimos se conservan bastantes menos (puentes, palacios, castillos, murallas y torres).

Contenido

Origen de la palabra románico

El arqueólogo francés Charles de Gerville acuñó por primera vez el término románico para referirse a la etapa de la arquitectura que comprendía desde la caída del imperio romano hasta el siglo XII; el término ya existía relacionado con las lenguas derivadas del latín (lenguas romances o románicas) y él lo utilizó en una carta dirigida en 1818 a su amigo Arcisse de Caumont, otro arqueólogo francés que fue quien lo difundió en su Essai sur l'architecture du moyen âge, particulièrement en Normandie (Ensayo sobre la arquitectura medieval, particularmente en Normandía), fechado en 1824.

En los albores del siglo XX, la historiografía del arte restringió la cronología situando el periodo románico a partir de fines del siglo X hasta la intromisión del gótico. Desde que se acuñó el término románico como concepto estilístico sin matices, los historiadores buscaron una mayor y más descriptiva definición subdividiendo dicho concepto generalizado en tres etapas bien definidas:

  • Primer románico
  • Románico pleno
  • Tardorrománico

Contexto histórico general

El románico corresponde a una época en que la cristiandad se encontraba más segura y optimista. Europa había asumido en los siglos anteriores la decadencia del esplendor carolingio soportando al mismo tiempo los ataques normandos y húngaros (los magiares llegaron hasta Borgoña) que destruyeron bastantes de sus monasterios. En España habían sido nefastas las campañas de Almanzor arrasando y destruyendo también gran parte de monasterios y pequeñas iglesias. A finales del siglo X en Europa una serie de hechos estabilizadores dieron ocasión para que reinara el equilibrio y la tranquilidad serenándose en gran medida la situación política y la vida de la cristiandad. Las principales fuerzas surgieron con los Otones y el Sacro Imperio junto con la figura del Papa cuyo poder se hace universal y tiene la facultad de coronar en Roma a los emperadores. En España los reyes cristianos llevaban su Reconquista bastante avanzada y firmaban pactos y pautas de convivencia con los reyes musulmanes. En este contexto surgió en toda la cristiandad el espíritu de organización de los monjes que tuvieron en Cluny un ejemplo a seguir. Los monasterios e iglesias que se construyeron a partir de estos años acondicionaron su arquitectura a una mayor duración en el tiempo y frente a posibles ataques tanto de enemigos como de incendios y causas naturales. En toda Europa se extendió el uso de la bóveda frente al cubrimiento con madera. Se reestablecieron las comunicaciones y el acercamiento entre distintos monarcas europeos así como las relaciones con Bizancio.

El legado romano de caminos y calzadas sirvió para mayor comunicación entre los numerosos monasterios surgidos y lo mismo ocurrió para las peregrinaciones a los Santos Lugares o a pequeños enclaves de gran devoción popular. Debido a las mismas circunstancias el mundo del comercio se vio incrementado y todo este trasiego de gente llevó y difundió los nuevos estilos de vida entre los que se encontraba la renovadora forma del estilo románico. Los santuarios, catedrales, etc. se construyeron en estilo románico a lo largo de cerca de dos siglos y medio.

Antecedentes y contexto histórico en España

En España[1] el arte románico entró por Cataluña, por las tierras de la Marca Hispánica. Los reinos y condados cristianos de la mitad norte peninsular se habían mantenido fieles durante los siglos VIII al X a la herencia tradicional hispano-romana y visigoda que en arquitectura había evolucionado en un arte propio y efímero que duró hasta la llegada del románico en el siglo XI. La historiografía de arte ha dado tradicionalmente el nombre de prerrománico a estas construcciones pero historiadores más modernos supieron ver en estos edificios un estilo propio que no se podía considerar como precursor del románico. Se trata del Arte asturiano[2] y del Arte mozárabe o según la historiografía más moderna arte de repoblación.

El arte asturiano se desarrolló durante los siglos IX y X en tiempos de los reyes asturianos con soluciones hispano-romanas y godas y aportaciones carolingias y bizantinas.[3]

En el siglo IX y bajo el reinado de Alfonso II la situación bélica de los primeros empujes musulmanes se fue aplacando y con la ayuda de la progresiva implantación de monasterios comenzó la repoblación desde el norte hacia la Meseta (ampliándose esta repoblación en el siglo X), y desde el sur por parte de los mozárabes hacia la Meseta y hacia más al norte, incluidas las tierras catalanas. Esta repoblación llegará a su cenit durante los reinados de Alfonso VI y Alfonso VII. La mayoría de estos monasterios de repoblación fueron transformados con la llegada del románico. En muchos de ellos sólo quedó algún vestigio mozárabe y en otros quedó la fábrica entera, como en San Miguel de Escalada.

El temido cambio de milenio con los temores de grandes desastres y final apocalíptico del mundo se manifestó en España en forma de terribles enfrentamientos, primero con las incursiones normandas en tierras gallegas donde varias ciudades fueron arrasadas y saqueadas y luego con las acometidas y razias del temido Almanzor que a su paso saqueó e incendió un número considerable de localidades de los reinos y condados cristianos. Pasados estos años de gran inestabilidad los reyes y condes cristianos pudieron pensar de nuevo en el avance de la Reconquista y en la repoblación. Se reanudaron las peregrinaciones del Camino de Santiago protegido por los reinos de Navarra y sobre todo de Aragón que dieron lugar al asentamiento de la arquitectura cristiana románica que fue dejando su presencia a lo largo de todo el siglo XI. Más tarde, la gran relación y amistad de Alfonso VI con los monjes de Cluny, el matrimonio de sus hijas con príncipes borgoñones y la política de este rey abierta a las renovaciones europeas, dieron como resultado la consolidación del románico como arte a seguir no sólo en el Camino de Santiago sino en el resto de las tierras gobernadas por este rey.

En Cataluña el auténtico promotor del románico fue el abad Oliba, que en 1008 era abad de los monasterios de Ripoll y San Miguel de Cuixá. Viajó a Roma en varias ocasiones y debió ser por tierras italianas donde conoció la labor constructora de los canteros lombardos a quienes introdujo en su tierra catalana donde el grupo o los grupos de canteros comenzaron a levantar o reconstruir un sin fin de iglesias de estilo románico pero con características y ornamentación lombarda.[4] Además de las técnicas lombardas, la arquitectura inicial catalana se vio mezclada con tradiciones indígenas, visigodas y mozárabes. Un buen ejemplo puede mostrarse en San Pedro de Roda, consagrada en 1022.

Este primer románico lombardo se extendió también por tierras aragonesas cuyas pequeñas iglesias rurales se vieron influenciadas al mismo tiempo por tradiciones hispánicas.

Artistas y profesionales

En la Edad Media el concepto de la palabra arquitecto tal y como se concebía entre los romanos se perdió totalmente dando paso a un cambio de nivel social. La tarea del antiguo arquitecto vino a recaer sobre el maestro constructor, un artista que en la mayoría de los casos tomaba parte en la propia construcción junto con la cuadrilla de obreros que tenía a sus órdenes. El maestro constructor era quien supervisaba el edificio (como lo hacía el antiguo arquitecto) pero al mismo tiempo podía ser un artesano, un escultor, carpintero o cantero.[5] Este personaje se educaba por lo general en monasterios o en grupos de logias masónicas gremiales. Muchos de estos maestros constructores fueron los autores de bellísimas portadas o pórticos, como el de la catedral de Santiago de Compostela hecho por el maestro Mateo o el pórtico de Nogal de Huertas en Palencia del maestro Jimeno, o la portada norte de la iglesia de San Salvador de Ejea de los Caballeros (Provincia de Zaragoza) del maestro de Agüero.

Toda obra arquitectónica románica se componía de su director (maestro constructor), un maestro de obras[6] al frente de un grupo numeroso formando cuadrillas de picapedreros, canteros, escultores, vidrieros, carpinteros, pintores y otros muchos oficios o especialidades, que se trasladaban de un lugar a otro. Estas cuadrillas formaban talleres de los que a veces salían maestros locales que eran capaces de levantar iglesias rurales. En este conjunto no hay que olvidar al personaje más importante, el mecenas o promotor, sin el cual la obra nunca se habría llevado a cabo.

Por los documentos que se han conservado en España sobre contratos de obras, litigios y otros temas, se sabe que en las catedrales se destinaba una casa o alojamiento para vivienda del maestro y su familia. Existen documentos de litigios en que se habla del problema de la viuda de algún maestro en que reclama para sí y los suyos dicha casa a perpetuidad. Este hecho llegó en algún caso a suponer un verdadero conflicto, pues era necesario que el maestro heredero de la obra ocupase la vivienda.

En algunos casos los maestros constructores tenían que comprometerse con la obra de por vida, si ésta era de larga duración, como fue el caso del maestro Mateo con la construcción de la catedral de Santiago, o el maestro Raimundo Lambardo (o Ramón Llambard) con la catedral de la Seo de Urgel. Existía una norma exigida en los contratos que los maestros debían cumplir siempre: su presencia diaria a pie de obra y el estricto control de los trabajadores y de la marcha del edificio. Para la preparación de materiales y labra de la piedra se edificaba siempre una casa de obra. Muchos documentos[7] del siglo XIV hablan de esta casa:

La obra de iglesia de Burgos que há unas casas cerca de la dicha iglesia en que tienen todas las cosas que son menester para la dicha obra; e los libros de las cuentas é todas las otras herramientas con que labran los maestros en la dicha obra.

Los canteros

Formaban el grueso de trabajadores en la erección del edificio. El número de canteros podía variar según dictaba la economía del lugar. Algunas de estas cifras se conocen, como la de la catedral de Salamanca, donde trabajaban entre 25 y 30. Aymeric Picaud en su Codex Calixtinus aporta el dato:

[…] con aproximadamente otros 50 canteros que allí trabajaban asiduamente, bajo la solícita dirección de don Wicarto […]

Estos canteros y el resto de trabajadores estaban exentos de pagar tributos. Según su especialización se distinguían en dos grupos: los que se dedicaban a una labra especial de gran calidad (verdaderos artistas escultores) y que iban a su ritmo, dejando en el lugar su obra terminada y a la espera de ser colocada en el edificio y los que eran trabajadores fijos, que levantaban los edificios piedra sobre piedra y colocaban a su tiempo aquellas piezas de calidad o relieves labrados por el primer grupo. Esta forma de trabajar podía dar lugar a un desfase cronológico en las piezas colocadas al cabo del tiempo, desfase que en muchos casos ha llegado a ser un gran problema para los historiadores a la hora de datar un edificio.

Existía también un grupo de obreros no cualificados que trabajaban en lo que se les mandase. En muchos casos esta gente ofrecía su trabajo o prestación como un acto de piedad pues como cristianos se sabían conscientes de estar colaborando a una gran obra dedicada a su Dios. En cualquier caso recibían una retribución que podía ser por jornal o por destajo. En los documentos aparecen muchos nombres en listas de jornales que además no eran arbitrarios sino que estaban bien regulados.

Entre los cistercienses se les conocía como cuadrillas de ponteadores,[8] compuestas por legos o monjes que se trasladaban de una comarca a otra, siempre bajo la dirección de un monje profesional, cuyo trabajo consistía en allanar terrenos, abrir caminos, o levantar puentes.

Anonimato y firma de los artistas

Firma de Arnaldo Cadell
La mayoría de las obras románicas son anónimas en el sentido de carecer de una firma o documento que acredite la autoría. Incluso si la obra está firmada los historiadores especialistas tienen a veces dificultades para distinguir si se hace referencia al verdadero autor o al promotor de la obra. Otras veces sin embargo, la firma viene seguida o precedida de una explicación que aclara si se trata de uno u otro personaje. Arnau Cadell lo dejó bien claro en un capitel de Sant Cugat
hec est arnalli sculptoris forma catelli qui claustrum tale construxit perpetuale[9]

Lo mismo que Rodrigo Gustioz quiso inmortalizarse por su financiación de un arco en Santa María de Lebanza:

isto arco fecitrodricus gustiut vir valdebonus militeorate pro illo[10]

Y en un capitel aparece la noticia de otro promotor:

El prior Pedro Caro hizo esta iglesia, casa, claustro y todo lo que aquí está fundado en el año 1185.

En otros casos es el estudio sistemático de la escultura junto con la arquitectura lo que hace a los historiadores sacar las conclusiones. Así, se sabe que en la catedral de Lérida trabajó como maestro constructor Pere de Coma desde 1190 hasta 1220, pero durante ese periodo se detecta la presencia de varios talleres de escultura bien diferenciados. El mismo estudio realizado en la catedral de Santiago de Compostela hace suponer al maestro Mateo como director de la fábrica y director de sucesivos talleres que presentan una evolución estilística llevada a cabo por manos diferentes pero bajo una misma dirección coherente.[11]

El hecho de que la mayoría de las obras románicas se hayan mantenido en el anonimato ha hecho desarrollar la teoría de que el artista consideraba que no era persona apropiada para plasmar su nombre en las obras dedicadas a Dios. Pero, por un lado, las pocas obras civiles que se conservan tampoco aparecen firmadas y por otro, tal opinión es contrarrestada con una larga lista que se podría dar de artistas que sí firman sus obras, entre los que destacan:

  • Raimundo de Monforte, que aparece en documentación de 1129 contratado para edificar la catedral de Lugo.
  • Pedro de Deustamben, que aparece en un epígrafe funerario de San Isidoro de león como constructor de las bóvedas.
  • Raimundo Lambard o Lambardo, que trabajó desde 1175 en la catedral de Urgel.
  • Los maestros Bernardo el Viejo, Roberto y Esteban que intervinieron en la catedral de Santiago de Compostela.
  • El maestro Pere de Coma, que trabajó a finales del siglo XII en la catedral de Lérida.

Se podría continuar la lista con muchos más nombres aparecidos bien en la propia piedra a modo de firma, bien en documentos de contratación, como demostración de que el hecho de darse a conocer no estaba ni prohibido ni desaconsejado.[12] Lo que sí es difícil distinguir en muchos de los casos es el rango de su oficio pues a veces podían ser arquitectos, canteros especializados o escultores de determinadas piezas. A todos ellos se les solía llamar magister y todos llegaron a desarrollar su oficio gracias al deseo y al mandato de los promotores y mecenas.

Promotores y mecenas

En el mundo del románico tanto el promotor de las obras como el mecenas y el financiador son los verdaderos protagonistas de la obra arquitectónica o de la obra de arte a tratar. Son los que mandan y opinan cómo debe ser realizada dicha obra, cuáles deben ser los personajes o los santos en escultura y relieves, las dimensiones geométricas (que luego se encargará el auténtico profesional de llevarlas a cabo con rigor matemático) y son los que estimulan y engrandecen los proyectos. Los promotores se encargaban además de contratar y llamar a los mejores artistas y arquitectos que trabajaban gracias a su impulso y entusiasmo. Sobre todo en escultura y pintura, el artista estuvo totalmente sometido a la voluntad de los poderosos mecenas y promotores, sin cuya intervención jamás se habría realizado la obra. El artista del románico se adaptaba a la voluntad de estos personajes dando a la obra lo mejor de su oficio y conformándose con la satisfacción del trabajo bien hecho sin tener ni deseos ni sospecha de poder adquirir una fama mundial tal y como se empezó a desarrollar a partir del Renacimiento. El orgullo de la labor bien hecha y el reconocimiento de sus compañeros y mecenas era el mayor de los premios y por eso a veces este orgullo les llevaba a expresarlo de manera muy simple en alguno de sus trabajos terminados.

En España los reyes y una minoría de la nobleza implantaron tempranamente las nuevas tendencias del románico (que llevaban consigo una renovación benedictina y una aceptación de la liturgia romana), mientras otra parte de la nobleza y la mayoría de los obispos y monjes se mantuvieron aferrados a las viejas costumbres y a la liturgia hispana. Sin embargo el románico triunfó plenamente y esto se debió sobre todo a los mecenas y promotores que llevaron a cabo grandes obras a partir de las cuales se fue desarrollando el nuevo estilo por toda la mitad norte de la Península.

Abad Oliba. Este personaje fue mecenas, promotor y gran impulsor del arte románico en Cataluña desde fecha muy temprana. En el año 1008 fue nombrado abad del monasterio de Ripoll y del monasterio de Cuixá y diez años después fue nombrado obispo de Vich. Sus viajes a Roma (1011 y 1016) y sus contactos con el monacato franco supusieron el conocimiento de la liturgia romana y su introducción en la Iglesia catalana. La reforma benedictina de Cluny había influido bastante en Cuixá con quien Oliba mantenía estrechas relaciones. Oliba adoptó pues las normas de Cluny, tanto en arquitectura como en costumbres y bajo su patrocinio y dirección se llevaron a cabo las grandes reformas, los edificios nuevos o en otros casos las simples ampliaciones para adecuarse a las necesidades de los nuevos tiempos. En todas estas primicias procuró el abad Oliba estar presente: en consagraciones, reuniones en que se discutía lo concerniente a alguna construcción, etc. Oliba, en un periodo comprendido entre 1030 y 1040,[13] fue el impulsor de edificios tan importantes como:

Reyes y nobleza en Castilla y León. Los primeros promotores y entusiastas del arte románico en este espacio geográfico fueron Fernando I y su esposa Sancha. Ellos patrocinaron y facilitaron la llegada de artistas extranjeros, introductores de las nuevas técnicas y tendencias. Emplearon cuantiosas sumas en la construcción de grandes iglesias, pero sobre todo el rey Fernando favoreció con sus dádivas al monasterio de Cluny al que concedió la cantidad de 1.000 piezas de oro, razonando:

[…] para remedio de mis pecados […]

Su hijo Alfonso VI heredó de su padre la admiración por Cluny (a cuyo monasterio regaló en 1077 2.000 dinares de oro para financiar las obras del Cluny III) y fue el más grande propagador de la arquitectura románica y el introductor “oficial” de la liturgia romana en todos los monasterios e iglesias de su reino, comenzando por el monasterio de Sahagún que fue el pionero y el más famoso de su época.

Alfonso VII fue otro gran promotor-mecenas del románico de su tiempo que coincidió con la arquitectura cisterciense. Protegió e hizo numerosas donaciones a los grandes monasterios situados en su reino.

La nobleza también actuó en algunos casos como promotora y donante para la construcción de grandes fábricas. Así el Monasterio de San Salvador de Oña fue fundado por el conde de Castilla Sancho García, el promotor de San Pedro de Arlanza fue el conde Gonzalo Fernández de Burgos, la promotora de Santa María de Valbuena fue Estefanía de Armengol (nieta del conde Ansúrez), y así muchos más.

Diego Gelmírez. Obispo de Compostela, se encargó de seguir las obras de la catedral que se habían interrumpido en 1088. Fue el verdadero impulsor de la magnificencia del templo compostelano en estilo románico. Sus biógrafos le denominaron "obispo y sabio arquitecto":

Ipse quoque episcopus, utpote sapiens architectus

Viajó por toda Europa, aprendiendo y asimilando las nuevas tendencias del románico que después dejarían imprompta en los más de 60 edificios construidos o remodelados bajo su tutela y mecenazgo, entre los que se encuentran:

  • Catedral de Santiago
  • Palacio episcopal
  • Dependencias para los canónigos
  • Hospital
  • Nueve iglesias en el mismo Santiago
  • Otras veinte iglesias en el término
  • Monasterios, castillos, etc.

También en Galicia fueron buenos promotores Raimundo de Borgoña (yerno de Alfonso VI) y su esposa Urraca.

Escuelas de arquitectura en España

En España no se distinguen fácilmente escuelas geográficas de arquitectura como ocurre en Francia, porque todos los tipos que puedan darse aparecen mezclados. Sin embargo pueden presentarse algunos ejemplos de edificios que siguen claramente, si no en su totalidad sí en gran parte, algunas de estas escuelas francesas:

  • Escuela de Auvernia, con la catedral de Santiago de Compostela y la iglesia de San Vicente en Ávila.
  • Escuela de Poitou, con Santo Domingo de Soria y la mayoría de las iglesias catalanas del siglo XII, como Sant Pere de Roda y San Pedro de Galligans.
  • Escuela de Perigord, cuyos ejemplares pertenecen ya a la transición hacia el gótico, como la colegiata de Toro (salvo la cúpula que es de influencia bizantina).

Variantes locales

Cada reino, comarca o región geográfica de la península, así como algunos acontecimientos humanos (como el Camino de Santiago), marcaron un estilo característico influenciado por el propio ambiente geográfico, por la tradición, o simplemente por las cuadrillas de canteros y constructores contratados que se desplazaban de un lado a otro. Como consecuencia de esto, en la arquitectura románica de España puede hablarse de un románico catalán, románico aragonés, románico palentino, románico de Castilla y León, etc.

Otra circunstancia a tener en cuenta es la pervivencia de los mudéjares en las poblaciones, que formaban cuadrillas de obreros y artistas que dieron un sello muy especial a los edificios. Es lo que se conoce como románico de ladrillo o románico mudéjar.

Etapas del románico

En España como en el resto de mundo cristiano de Occidente, el arte románico se desarrolló durante tres etapas con características propias. La historiografía ha definido esas etapas con los nombres de primer románico, románico pleno y tardorrománico o también llamado románico tardío.

Primer románico.[14] Su arquitectura comprende un área geográfica bien definida que discurre desde el norte de Italia, Francia mediterránea, Borgoña y tierras catalanas y aragonesas en España. Se desarrolló desde finales del siglo X hasta mediados del XI, salvo en lugares aislados. En esta época del románico no hubo pintura ni miniatura ni tampoco escultura monumental.

Artículo principal: Primer románico

Románico pleno. Se desarrolló desde Lisboa hacia Oriente y del sur de Italia a Escandinavia. Se difundió gracias a los movimientos monásticos, a la unidad del culto católico con la liturgia romana y a las vías de comunicación a través de los caminos. Comenzó su despegue hacia la primera mitad del siglo XI y continuó hasta mediados del siglo XII. Los mejores ejemplos se dan en las llamadas iglesias de peregrinación que en España tienen su representación en la catedral de Santiago instalándose también en territorios de repoblación. Se caracteriza por la inclusión de la escultura monumental en portadas y tímpanos y por la decoración y labra de los capiteles, molduras, impostas, etc.

Artículo principal: Románico pleno

Tardorrománico. Cronológicamente se distribuye desde el final del románico pleno hasta el primer cuarto del siglo XIII en que comienza a triunfar el arte gótico. Esta época es la de mayor actividad de construcción de monasterios de los monjes cistercienses.

Artículo principal: Tardorrománico


La construcción de los edificios románicos en España

En lo concerniente a España, los edificios románicos religiosos no alcanzaron nunca la monumentalidad de las construcciones francesas, o de las construcciones que más tarde levantaría el arte gótico. Los primeros edificios tenían gruesos muros y pequeños vanos por los que entraba del exterior una tenue luz. Después hubo una evolución en la construcción de los muros que permitió aligerarlos y abrir ventanas más grandes.

Los edificios monásticos fueron los más numerosos compartiendo importancia con las catedrales. En las ciudades surgieron iglesias y parroquias y en las localidades pequeñas se fueron levantando un sinfín de pequeñas iglesias conocidas como románico rural.

Los materiales

El material más preciado pero también el más caro fue la piedra. Los canteros se ocupaban de tallarla con el escoplo y siempre detectando la cara buena del bloque; así la convertían en sillares que se disponían generalmente en hiladas horizontales y otras veces, de canto. Casi siempre se utilizaban rocas duras. También se utilizaba la mampostería, con piedra labrada en las esquinas, ventanas y puertas. Si la piedra era difícil de conseguir, porque el lugar geográfico correspondiente carecía de canteras, o porque resultaba muy cara en determinados momentos, se utilizaba el ladrillo cocido, o la pizarra o cualquier tipo de sillarejo. El resultado final era de pintura y revoco, tanto para la piedra como para el mampuesto y los demás materiales, de tal forma que, una vez pintados los paramentos, no se podía distinguir si debajo había uno u otro material. El colorido en la arquitectura románica fue generalizado, lo mismo que lo había sido en los edificios romanos.[15]

Los cimientos

Teniendo en cuenta el tipo de edificio que se iba a construir, los materiales que se iban a emplear y el terreno que lo soportaría, los constructores medievales hacían todo un estudio previo para la cimentación. Primeramente se excavaban las zanjas a gran profundidad y se rellenaban de piedras y escombro. Las zanjas se distribuían en virtud de los muros que irían sobre ellas y se hacían otras en sentido transversal para unir entre sí las crujías y para reforzar los pilares de los arcos transversales. Los cimientos constituían toda una red que prácticamente dibujaba la planta del templo, diferenciándose así de la cimentación aislada para soporte de pilares utilizada en el estilo gótico. En algunas iglesias destruidas no queda más que esta cimentación proporcionando a los arqueólogos un buen material de estudio. Con estos restos de cimientos a la luz se puede saber aproximadamente el espesor de los muros, aunque se sabe que en este sentido los constructores exageraban bastante y hacían las zanjas excesivamente profundas y los cimientos excesivamente gruesos por temor a los derrumbes.

Bóvedas cúpulas y techumbres

En el primer románico muchas de las iglesias rurales se cubrieron todavía con techumbre de madera, sobre todo en Cataluña y muy especialmente en el valle de Boí cuya renovación al románico de antiguas iglesias la hicieron unos constructores lombardos que cubrieron las naves a dos aguas con estructura de madera, respetando absolutamente las viejas tradiciones de esta región. Sin embargo el ábside se remató siempre en estas iglesias con bóveda de horno. A lo largo del siglo XI se fueron cubriendo las naves con la bóveda de cañón, de medio cañón o de cuarto de cañón, recurso empleado en el románico de toda Europa, y más tarde se empleó la bóveda de arista. En el encuentro de la nave mayor con el crucero se elevaron las cúpulas con cimborrio cuyo centro estaba perforado para dar paso a la luz exterior. Las cúpulas de la arquitectura románica española alcanzaron una gran importancia. En Cataluña estas bóveda de cañón se emplearon sin refuerzos, mientras que en Castilla y León se utilizaron los arcos fajones como apoyo.

Tras la bóveda de cañón se empleó la bóveda de arista (originada por el corte perpendicular de 2 bóvedas de cañón) variedad que había sido olvidada y que fue retomada por los grandes maestros constructores. La bóveda de arista a su vez dio paso a la bóveda de crucería, recurso muy frecuente en la arquitectura gótica. En la época del tardorrománico se dio una influencia bizantina aportada por los peregrinos, especialmente en las catedrales de Zamora, Salamanca y colegiata de Toro donde se construyeron las conocidas como cúpulas del Duero; son cúpulas gallonadas, con un tambor cilíndrico con ventanales sobre pechinas (sustituyendo a las tradicionales trompas), del cual arrancan ocho arcos que se cruzan en la clave con un despiece de 16 cascos llamados gallones.

Se dio también el tipo de bóveda llamado elizoidal usado exclusivamente en las escaleras de las torres. Se dan ejemplos en San Martín de Frómista, San Pedro de Galligans y San Salvador de Leyre entre otras.

En los claustros de los monasterios y de las catedrales se edificaron las bóvedas en rincón, que son aquellas que resultaban del encuentro de dos pandas de un claustro. Las soluciones para este tipo de bóvedas no eran muy fáciles, por lo que los constructores echaban mano a trucos y disimulos que les proporcionaban un buen resultado y muy aparente a simple vista.

Arcos

En España el arco más usado y característico fue el de medio punto aunque se usó también el arco de herradura y el arco apuntado. El arco de medio punto fue empleado exclusivamente a lo largo del siglo XI y primera mitad del XII. Si se quería alcanzar determinadas alturas se hacían muy peraltados, como en San Juan de las Abadesas. Muchos arcos se construyeron doblados con la intención de que adquirieran mayor resistencia. En las portadas, los arcos de medio punto están compuestos por arquivoltas, es decir, sucesión de arcos concéntricos decorados con simples molduras o con ornamentación vegetal o geométrica.

Los arcos apuntados son originarios de Oriente; se desconoce la fecha exacta de su empleo en el románico de España, aunque los historiadores barajan algunas fechas basándose en edificios que contienen en alguna de sus zonas uno o varios arcos apuntados que a veces engendran toda una bóveda. Son edificios que corresponden al primer cuarto del siglo XII, como la catedral de Lugo y Santa María de Tarrasa. El empleo primitivo de estos arcos se hizo como elemento de construcción que aportaba muchas ventajas. Fue un gran avance arquitectónico que los monjes cistercienses supieron ver desde el principio.

El arco de herradura, aunque propio de tiempos anteriores, se utilizó también en algunos edificios del románico español. Era un arco heredado de la arquitectura visigoda, sobre todo en Cataluña por la tradición de los visigodos de la Septimania (puertas de Santa María de Porqueras, arcos fajones de San Pedro de Roda), y también de influencia islámica, sobre todo en Andalucía y Extremadura. Otros ejemplos con arcos de herradura son:

  • Iglesia de Santa Marta de Tera (Zamora) en los vanos de acceso a los brazos del crucero.
  • Catedral de Ávila, en los arcos del antiguo triforio
  • Iglesia de Santa Eulalia de Mérida, puerta de acceso y en el interior de los ábsides.
  • Iglesia de San Miguel de Córdoba, en una puerta lateral y en la capilla del baptisterio.
  • Ermita de San Martín en San Vicente de la Sonsierra (La Rioja).

El arco lobulado es bastante común. Se trata de una forma artística de presentar el arco de medio punto y más tarde el apuntado. En España estos arcos son de clara influencia islámica, teniendo como ejemplo principal el antiguo Mihrab de la mezquita de Córdoba.

Contrafuertes

Los contrafuertes son gruesos muros continuos, verticales, que se colocan a los lados de un arco o bóveda para contrarrestar su empuje. Se colocan también en los muros exteriores de las naves de las iglesias o de los claustros. En la arquitectura románica son siempre visibles siendo uno de los elementos que más la caracterizan, sobre todo en la arquitectura española, salvo en la zona de Cataluña donde la construcción se hizo adoptando un mayor grosor de los muros.

El contrafuerte tiene una forma prismática que suele mantener en toda su altura, aunque hay algunas variantes como aquellos que imitan una pilastra estriada con capitel, (San Juan de Rabanera en Soria). A veces ofrece un escalonado sencillo o complicado con varios cuerpos en disminución, como en el ábside de la catedral de Cuenca o en el monasterio de Fitero cuyos contrafuertes de los ábsides tienen forma rectangular en la base y va cambiando su perfil de manera caprichosa.

Muchos de los monumentos de Galicia ofrecen unos contrafuertes unidos entre sí por un arco, formando así un muro compuesto. Se puede ver un ejemplo en la fachada lateral de la catedral de Santiago.

Cubiertas

Los edificios se cubrían con un tejado que podía estar hecho de distintos materiales:

  • Piedra (muy frecuente). Se pueden ver aun estas cubiertas en la torre del Gallo de la catedral Vieja de Salamanca y catedral de Ávila.
  • Teja, material siempre renovado porque resiste mal el paso del tiempo.
  • Escamas vidriadas, material poco frecuente. Se encuentra en el chapitel de la torre de la Antigua de Valladolid.
  • Pizarra, sobre todo en lugares donde este material es abundante, principalmente en Galicia.

La iglesia

Los templos de la primera etapa son sencillos, con una sola nave rematada por un ábside semicircular (sin crucero). El prototipo de la iglesia románica, no rural y de tamaño medio presenta la planta de un edificio basilical de tres naves con sus tres ábsides semicirculares y un crucero. Durante todo el siglo XII se siguió realizando en algunas zonas (como la ciudad de Zamora) el tipo de templo de tradición hispana de tres ábsides rectos y escalonados. Los planos de las iglesias se iban adaptando a las necesidades litúrgicas según iba aumentando el número de canónigos o de frailes que requerían más altares para sus funciones religiosas; así fueron edificándose templos con absidiolos añadidos, al estilo benedictino de Cluny. La fórmula de los largos cruceros donde podían disponerse más ábsides fue adoptada en tiempos de la arquitectura cisterciense que es donde más ejemplos pueden darse de este tipo de construcción. Este recurso fue adoptado también por las catedrales (Tarragona, Lérida, Orense y Sigüenza). Existen también ejemplos de plantas cruciformes con cabecera cuadrada, que dibujan exactamente una cruz latina, como la iglesia de Santa María de Tera en Zamora, del siglo XI o la iglesia de San Lorenzo de Zorita del Páramo (Palencia), cuya cabecera en este caso no es cuadrada sino semicircular. Y plantas circulares, con una sola nave, como la iglesia de San Marcos en Salamanca, o la Veracruz en Segovia.

Las torres

En los edificios españoles se pueden ver ubicadas en diferentes puntos de la iglesia, en los laterales, sobre el crucero y en casos muy especiales sobre el tramo recto del ábside, como ocurre en las iglesias de la ciudad de Sahagún en León. Esta colocación se debió a que, al estar construidas en ladrillo (material menos consistente que la piedra) fueron buscando el lugar de mayor resistencia que era siempre el emplazamiento de los ábsides. La fachada con dos torres no es muy usual y se suele ver sólo en templos de gran importancia.

Las torres sirven como campanarios, sobre todo en el románico de Castilla y León; son las llamadas turres signorum. En bastantes casos se erigieron como torre de defensa, sobre todo en los territorios fronterizos conflictivos y su ubicación dependía de lo que se quisiera defender, así la torre de la iglesia del monasterio de Silos se colocó defendiendo al monasterio y la torre del monasterio de San Pedro de Arlanza tuvo gran importancia defensora para todo el recinto. El aspecto bélico de estas torres románicas fue evolucionando y cambiando con el tiempo de manera que en el presente apenas puede adivinarse su cometido de otras épocas. En muchos casos estas torres se elevaron pegadas a los flancos de la iglesia, e incluso exentas.

Notas

  1. Se emplea en este artículo el término generalizado de España por comodidad de comprensión, aun a sabiendas de que en los siglos XI y XII no existía como unidad política
  2. Jovellanos en el siglo XVIII ya lo denominaba Arte Asturiano.
  3. Los reyes asturianos mantuvieron en cierta medida una relación con el Imperio Carolingio, sobre todo Alfonso II con Carlomagno. Se sabe que en el 798 este rey asturiano mandó a Carlomagno regalos del botín conseguido en el saqueo de Lisboa. (García Guinea, Miguel Ángel, Iniciación al Arte Románico. Fundación de Santa María la Real. Aguilar de Campoo, 2000.
  4. En la región catalana se concentra el mayor número de arquitectura románica y el mayor número de claustros románicos conservados.
  5. Hasta el siglo XIII las ilustraciones no muestran al arquitecto dirigiendo las obras sin participar con sus propias manos.
  6. Un técnico, hombre de gran experiencia que resolvía sobre la marcha los problemas que podían surgir.
  7. Bango Torviso, Tesoros de España ISBN 84-239-6674-7
  8. Lampérez y Romea, Vicente. Historia de la arquitectura cristiana. Manuales Gallach. Editorial Espasa Calpe, Madrid 1935, página 37.
  9. Esta es la imagen del escultor Arnau Cadell que construyó este claustro para la posteridad
  10. Hizo este arco Rodrigo Gustioz, hombre de Valbuena, soldado, orad por él
  11. Bango Torviso, obra citada
  12. Bango Torviso. Obra citada.
  13. Puig i Cadafalch definió este periodo como Edad de Oro de la arquitectura en Cataluña.
  14. La definición fue acuñada por el arquitecto e historiador español Puig i Cadafalch en su obra La geografía i els origens del primer Art Romanic, Barcelona 1930.
  15. Bango Torviso, obra citada
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