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Notas sobre historia cultural urbana. Una perspectiva latinoamericana (Arturo Almandoz)

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Notas sobre historia cultural urbana. Una perspectiva latinoamericana

Sobre microhistoria e historia cultural urbana[1]

1. La abundante casuística de las historias urbanas y urbanísticas producidas en los últimos años, que parecen privilegiar estudios de casos de ciudades particulares, antes que abordar grandes contextos nacionales o internacionales, es significativa de una tendencia teórica e historiográfica de mayor alcance y profundidad. Tal como ha sido resumido por Nancy Stieber en un excelente artículo sobre la microhistoria de la ciudad moderna, en los últimos años la historia cultural y social ha abandonado las “grandes narrativas” o los esquemas estructuralistas, bien sean de inspiración marxista o de la longue durée de la escuela de los Annales, a favor de estudios más focalizados, o “micro-storia”, en los que se enfatizan la contingencia y autonomía de las formas culturales.

“A pesar de sus diferencias ideológicas, metodológicas o filosóficas, lo que es evidente de estas recientes reformulaciones de la relación entre sociedad y cultura es el desplazamiento desde sistemas totalizadores mayores aplicados a grandes escalas de tiempo y geografía, hacia investigaciones de pequeña escala sobre las interacciones sociales a través de las cuales la cultura es producida. Hay preferencia por lo concreto sobre lo esquemático, una apertura a la observación, y una desconfianza hacia cualquier construcción teorética que podría probar ser restrictiva. En vez de enmarcar los problemas históricos en trayectorias de desarrollo de largo alcance, los historiadores leen particularidades minuciosas y empíricamente observables, para revelar los códigos, fuerzas y procesos que actúan en las formas culturales. Hay un rechazo por la abstracción, el esquema general o los conceptos a través de los cuales se interpreta la expresión, a favor del mapeo de las prácticas materiales, exponiendo la elaboración de la cultura como agente activo, más que como reflexión pasiva...”. [2]

Creo que esa tendencia hacia la microhistoria explica en buena medida la aparente fragmentación de los trabajos de historia urbana y urbanística en la última década, lo cual en el fondo es un rechazo a las leyes interpretativas de inspiración weberiana, marxista o de la escuela de los Annales, aplicadas a grandes períodos históricos y/o a bloques geográficos. Esa aparente dispersión es alimentada por la diversidad de las fuentes teóricas de las tendencias finiseculares, incluyendo la nueva historia cultural de Peter Burke, la visión sobre producción y representación del espacio urbano de Henri Lefebvre, así como aspectos epistemológicos tomados de Michel de Certeau, Jürgen Habermas, Pierre Bourdieu y David Harvey. [3] La influencia teórica de este último resulta especialmente significativa desde la postmodernidad, ya que el autor de The Condition of Postmodernity (1990) advirtió, como uno de los “giros” posteriores al materialismo histórico, sobre el “reconocimiento” de la importancia de las dimensiones del espacio y del tiempo, a través de las “geografías de acción social” en tanto “fuerzas organizadoras” en la “geopolítica del capitalismo”, susceptibles de expresarse y espacialzarse en “innumerables diferencias” de las formas sociales y culturales, entre las que se cuentan las ciudades por excelencia. [4]

Con todo y esa fragmentación epistemológica, después de más de una década de desarrollo historiográfico del campo, Stieber es optimista sobre la superación y síntesis de la disgregada casuística de la microhistoria: “Hemos alcanzado el estadio en el que podemos esperar una creciente cosecha de la fecundación cruzada que ya ha tenido lugar y que quizás anticipa un futuro en el que los estudios comparativos enfocan herramientas conceptuales generalizadoras, de manera que podamos hablar de nuevo de la historia del urbanismo en gran escala”. [5]

2. Tal como lo ha hecho notar el historiador Roger Chartier, la microhistoria ha tenido en la tradición monográfica francesa un sentido distinto del que tuviera en estudios pioneros del campo de la micro-storia, tales como los de Carlo Ginzburg.

“Con la reducción de la escala de observación, Ginzburg intentó hacer visible una serie de hechos ocultados en el curso de las investigaciones de historia social clásica: vinculaciones, negociaciones, conflictos, elementos que generalmente no se ven en una escala más amplia. La idea era muy diferente a la que guiaba a la tradición de la monografía francesa, que consistía en delimitar un territorio particular para identificar la singularidad de ese territorio, pues sólo si se limitaba el territorio podían analizarse todas las fuentes necesarias; la monografía se ubicaba dentro del proyecto de la historia global al nivel de una ciudad, de un país en el sentido tradicional, de una región o de una provincia. La idea era hacer la historia global dentro de un espacio geográfico particular y, quizás, acumular las monografías para finalmente obtener una descripción general.” [6]

Sin embargo, pareciera que este sentido espacializado que la microhistoria ha heredado de la tradición monográfica francesa, en la que se trata de hacer historia tradicional, dentro de un espacio geográfico más reducido y con mayor distinción del análisis, ha condicionado en parte la acepción que esta aproximación ha alcanzado posteriormente. En general, la microhistoria es vista como un planteamiento conceptual y metodológico referente al alcance del estudio, que suele ser asociado con una pequeña localidad o región, en lugar de un contexto nacional; así como con la mayor atención que se le presta “a la cotidianidad y a las personas comunes y corrientes, antes que a los hechos muy importantes de determinados personajes con marcada relevancia dentro de su entorno”. [7] Ese interés por la cotidianidad y la “gente común” vincula a la microhistoria con la preocupación por las formas culturales y tradiciones de los grupos sociales no elitescos, tal como ha sido planteado por Peter Burke a propósito de la historia cultural; al mismo tiempo la relaciona con la búsqueda de las representaciones colectivas del mundo social dentro de la historia de las mentalidades, tal como ha sido reivindicado por el mismo Chartier para contrarrestar el antiguo privilegio de la historia cuantitativa en ese campo. [8] En este sentido, el reconocimiento de la importancia de la “producción de imágenes y discursos” en tanto “importante faceta de actividad que tiene que ser analizada como parte y parcela de la reproducción y transformación de cualquier orden simbólico”, es otro de los giros posteriores al materialismo histórico que creo han propulsado este campo. “Estética y prácticas culturales importan, y las condiciones de su producción ameritan la más cercana atención”, dice Harvey para contrastar con la subestimación que aquéllas padecían en la agenda marxista. [9]

Creo que todos esos elementos se conjugan en torno a la historia cultural de las ciudades, que desde finales de los años 1980 se ha caracterizado en gran parte por la diversidad de las fuentes y los discursos utilizados para recrear, generalmente en una aproximación microhistórica, las manifestaciones culturales de los diferentes actores citadinos, así como sus formas de representación. En efecto, la incorporación de géneros literarios y discursos no especializados – ensayo, narrativa, poesía, crónica de viajes, representación pictórica y cinematográfica, entre otros – al acervo de fuentes primarias tradicionales de la historia urbana y urbanística – constituido por la literatura técnica y legal, principalmente - ha venido a ampliar el catálogo documental de ese nuevo subcampo disciplinar que es la historia cultural urbana, tal como he tratado de delimitarlo en otros artículos. [10]

3. El tema de la historia cultural urbana está así en estrecha relación con los muy de moda estudios sobre los imaginarios y la representación; en vista de las numerosas publicaciones que sobre este tema han aparecido desde diversos campos disciplinares, [11] no pretendo ser aquí exhaustivo sobre los antecedentes, sino sólo ofrecer algunas referencias justificativas de tal aproximación que pueden ser encontradas dentro del corpus de la literatura urbanística. Las utopías y los mitos urbanos, así como la literatura, con frecuencia han anticipado la evolución conceptual de los procesos urbanísticos con mayor agudeza que las aproximaciones supuestamente "técnicas" o "especializadas", tal como lo advirtió Henri Lefebvre en La révolution urbaine. [12] En este sentido, también Paolo Sica insistió sobre la relevancia de la literatura como "reserva importante de meditación", afirmando que la ciudad recreada en la obra literaria se vuelve en sí misma "una de las dimensiones de la ciudad real". [13] En mi caso particular, estas inquietudes me llevaron a buscar en el pensamiento humanístico en general, antes que en la literatura urbanística especializada, las claves de los cambios y las transformaciones impuestas por la urbanización moderna en algunos países de Europa y Norteamérica. En vista de todas esas inquietudes, sin abandonar una concepción también abierta a la representación técnica de lo urbano, reconozco con Rob Shields que la "ciudad emocional" está muchas veces "más cercana a la realidad - a la esencia de lo urbano - que la representación y el ordenamiento urbanísticos racionales impuestos por funcionarios estatales". [14]

Con respecto a la literatura en particular, valga señalar que el gran significado del discurso no especializado para trazar los orígenes del urbanismo moderno se debe principalmente a la ubicación periférica de éste entre las disciplinas precedentes del siglo XIX, posición epistemológica que, como sabemos, hace que el urbanismo sea interdisciplinario desde el nivel teórico hasta el metodológico. [15] Adicionalmente, la exploración de la literatura parece ser especialmente necesaria cuando, más que investigar los orígenes de la urbanización en su dimensión demográfica o del urbanismo en su sentido técnico, se intenta indagar la formación de la cultura urbana y el despertar de la conciencia sobre ciudad en una sociedad en particular. Cuando esta pesquisa intenta retrotraerse hasta antes de los orígenes del urbanismo moderno en los comienzos del siglo XX, hace falta entonces traducir este vocablo a sus antecedentes históricos - ciudad, progreso, civilización, ornato urbano, higiene, entre otros - para poder así nutrirse de los diversos discursos de los que ha surgido esa disciplina en muchos contextos nacionales. En este sentido, puede decirse que el urbanismo siempre aparece en un espacio de dispersión epistemológica, tal como lo ha señalado Michel Foucault a propósito de otras disciplinas emergentes de la modernidad, [16] lo que lleva a que la investigación sobre sus condiciones históricas se apoye en fuentes discursivas diversas. Y ello parece ser especialmente necesario en el caso de la modernidad urbana en Latinoamérica, donde Néstor García Canclini reclama la presencia de "ciencias sociales nómadas", que atraviesen la tradicional "concepción hojaldrada de la cultura", en busca de las formas de "hibridación" que nos han sido propias. [17]

4. La literatura, el periodismo y las crónicas de viaje han estado entre los géneros de representación más estudiados en las últimas décadas, por obras provenientes de diferentes campos, las cuales podemos ahora agrupar brevemente en tanto antecedentes de la historia cultural urbana. Valga mencionar primeramente los estudios sociológicos sobre la literatura, con especial referencia a la temática urbana. En este sentido, novelistas del siglo XVIII como Fielding y Defoe fueron tomados como punto de partida por Berger para su estudio sobre novela y ciencias sociales, donde se exploran, entre otras variables sociológicas, el proceso de industrialización en la novela victoriana y el crecimiento urbano en el realismo y naturalismo decimonónicos. [18] Una revisión más vasta del pensamiento humanístico desde la polis se encuentra en la hermosa antología Penser la ville (1989), editada por Ansay y Schoonbrodt. [19] Para la modernidad industrial, Carl Schorske esbozó una temprana y sintética lectura de las grandes imágenes que dieron cuenta de la ciudad europea desde la Ilustración. [20] Sobre la percepción de la modernidad urbana en Europa y Norteamérica, está el minucioso estudio de Andrew Lees, basado en literatura y periodismo. [21] Para el caso norteamericano en particular, después de la famosa tesis desarrollada por Morton y Lucia White sobre el supuesto "antiurbanismo" de los pensadores y artistas norteamericanos desde Jefferson hasta Frank Lloyd Wright, otras vertientes urbanas del siglo XX fueron compiladas en la edición de Jaye y Watts. [22] Sobre la base de algunos de los estudios mencionados, y en vista de la escasez de literatura existente en español sobre este tema para comienzos de los años 1990, ofrecí una aproximación esquemática de la relación entre proceso de urbanización y corrientes literarias, tratando de distinguir tendencias representativas para los casos de los principales países de la "primera industrialización" que revisé desde finales del siglo XVIII hasta comienzos del XX. [23] Proclamando estar inspirada en el clásico de Mumford, pero desde la perspectiva literaria, más recientemente. Richard Lehan ha producido una aproximación que, dentro de su “compartida textualidad” y “estructura anular”, pretende incorporar al sustrato literario tanto la necesaria contextualización provista por la historia urbana, como las formas de representación de los movimientos propiamente urbanísticos. [24] Por todo ello, pienso que esta obra es representativa de lo que el dominio de la literatura puede ofrecer a la historia cultural urbana.

Dentro del campo de la historia urbana y del urbanismo en general, Lewis Mumford ya había hecho uso de referencias literarias y filosóficas para reforzar argumentos sobre cambios sociales y transformaciones morfológicas en distintos momentos de The City in History (1961), lo cual puede decirse que contribuyó a enriquecer y hacer más erudito y cautivante su discurso narrativo. Por contraposición a la sobreespecialización que predominaba en el mundo académico norteamericano a mediados del siglo XX, a través de la incorporación de distintos componentes humanísticos a su propia reflexión, Mumford “amplió el entendimiento de sus lectores sobre las fuerzas sociales y tecnológicas, así como sobre los impulsos estéticos que habían dado forma al arte, la arquitectura, la literatura y la filosofía de los Estados Unidos”. [25] En este sentido, también vale mencionar el tratamiento y los capítulos que historiadores del urbanismo como Françoise Choay y Paolo Sica han dedicado en sus obras panorámicas a la imagen de la ciudad en los discursos artísticos durante la emergencia de la modernidad industrial. [26]

Aunque haya declarado sus propias limitaciones con respecto a la erudición mumfordiana en la introducción a Flesh and Stone (1994), creo que ese recurso multidiscursivo ha sido después capitalizado por el sociólogo Richard Sennett en sus obras más recientes sobre las formas de relación del hombre occidental con el espacio público. [27] En la introducción de esta última obra, señala el autor sus limitaciones en relación al clásico de Mumford, bosquejando a la vez una suerte de estructura microhistórica para cada uno de los casos y momentos considerados:

“Mis conocimientos son menores, mis visiones son más estrechas, y yo he escrito esta historia de una manera diferente, haciendo estudios de ciudades individuales en momentos específicos – momentos en los que el estallido de una guerra o de una revolución, la inauguración de un edificio, el anuncio de un descubrimiento médico, o la publicación de un libro, marcaron un punto significativo en la relación entre la experiencia de la gente sobre sus propios cuerpos, y los espacios en los que vivían.” [28]

Desde los años 1980, diversidad de fuentes y discursos – información física y arquitectónica, datos arqueológicos, información demográfica y estadística, literatura escrita y oral, pintura y fotografía, antropología y psicología - se han incorporado a las historias urbanas de ciudades particulares, así como a recorridos temáticos de la historia urbanística. Entre otros, son ilustrativos los estudios de Schorske sobre Viena y de Sutcliffe sobre París, así como los de Paul Rabinow y Gwendolyn Wright sobre el urbanismo colonial francés, seguidos de la tipología de Peter Hall sobre la transferencia de ideas urbanísticas en los siglos XIX y XX. [29] El tema de la representación y el imaginario de la gran ciudad de finales del siglo XIX y comienzos del XX alcanzó quizás a mediados de los años 1980 su obra emblemática en la famosa Metropolis, 1890-1940 (1984), editada por Sutcliffe. [30] Esta obra ayudó a establecer que el entendimiento del concepto histórico de esa forma urbana, al menos para el período de la modernidad industrial, pasaba por la revisión de su arquitectura, artes visuales, música, cine, literatura y vida intelectual en general. [31] Sobre la base de su experticia como historiador social, Sutcliffe - quien puede ser visto como uno de los padres de la historia cultural urbana - ha seguido la pesquisa representativa de la gran ciudad en diferentes discursos artísticos del mismo período, desde el Impresionismo pictórico hasta el cine. [32] Por cierto, este último discurso ha sido elaborado para la ciudad del siglo XX por Guillermo Barrios, en una de las pocas obras que sobre el tema conozco en español. [33] Dentro de la estructura que podríamos denominar “episódica”, siguiendo la genealogía y el método de Mumford y Sennet, el tema de la tipología histórica de ciudades en grandes momentos, resultantes de los logros técnicos y discursos artísticos que ellas han protagonizado, reaparece en la soberbia obra Cities in Civilization, de Peter Hall. [34]


Ejemplos latinoamericanos

5. Sobre la base de los elementos conceptuales señalados al comienzo, en esta sección sólo intento pasar revista a algunas de las obras que considero como antecedentes del campo de la historia cultural urbana en América Latina, para después pasar a identificar algunos ejemplos recientes. Debo advertir que me voy a referir principalmente al tema de ciudades en el pensamiento y la transferencia urbanística para el período republicano de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que es el que he trabajado.

Valga primeramente decir que, siguiendo el reemplazo de las "interpretaciones ensayísticas" por las ciencias sociales después de la "profesionalización de las funciones culturales", que García Canclini considera ocurrió en Latinoamérica desde mediados del siglo XX, [35] las ciencias sociales urbanas (sociología, arquitectura, urbanismo) han dado creciente cuenta de la ciudad mediante una literatura cientificista, cada vez más especializada y apoyada en todo tipo de herramientas analíticas. Acaso para balancear esa tendencia hacia el cientificismo y la departamentalización en los estudios urbanos, había concluido Richard M. Morse, en su breve pero pionera revisión, de finales de los años 1970, sobre “Los intelectuales latinoamericanos y la ciudad (1870-1940)”, que "en nuestra época especializada, neopositivista, debemos delegar a novelistas y poetas la responsabilidad de dar una visión imaginativa, si bien algo afectada, de las ciudades y de la sociedad". [36] El profesor norteamericano llegó a esa conclusión en ese texto seminal, en el que articuló las preocupaciones evolucionista y positivista a la vez, por indagar cómo las estructuras coloniales urbanas de América Latina podrían asimilar la modernización del nuevo orden liberal e industrial, a través de diversas obras históricas y sociológicas de entre siglos, las cuales comentó con maestría.

Además de Morse, otros autores que pueden ser considerados pioneros son José Luis Romero y Angel Rama, quienes desplegaron magistralmente el discurso humanístico para trazar los cambios de la civilidad latinoamericana, desde la perspectiva de la historia urbana en el caso de Romero, y desde la crítica literaria en el de Rama. Por tener formación de historiador, quizás sea Romero el que más influencia haya ejercido sobre el campo de la historia cultural urbana, en el que su libro Latinomérica: las ciudades y las ideas (1976), permanece como paradigma. Escapando de la lógica economicista de la Escuela de la Dependencia, cuyo materialismo atravesaba la mayoría de las ciencias sociales latinoamericanas hasta finales de los años 1970, el autor se planteó una reividicación de la dimensión cultural de lo urbano, desatentida por el determinismo económico de los estudios dependentistas, buscando a la vez demostrar cierta autonomía y especificidad de las formas culturales dentro de las europeizadas ciudades latinoamericanas. Tal como lo resumió Romero en la introducción de su obra:

“Una indagación minuciosa de la formación de las sociedades urbanas y sus cambios, de las culturas urbanas – diferentes dentro de cada período en cada ciudad, y diferentes dentro de ella según los grupos sociales en épocas de intenso cambio – ha sido la que ha conducido a los resultados que expone este libro. En el fondo, quiere puntualizar cómo juega el desarrollo heterónomo de las ciudades con su desarrollo autónomo, entendiendo que en ese juego no sólo se elaboran las culturas y subculturas urbanas sino también las relaciones entre el mundo rural y el mundo urbano. En este último es donde las ideologías adquieren más vigor y afloran más claramente en su enfrentamiento – juego dialéctico – con las estructuras reales.” [37]

Autor de una obra que supera el especialismo de la historia moderna, Romero ha sido visto como intelectual y científico a la vez, para utilizar las categorías weberianas que han sido reinterpretadas por Gutiérrez Girardot para criticar dos peligrosos extremos de los discursos académicos latinoamericanos: el “diletantismo” de los generalistas, por un lado, y el “hermetismo elitista” y “terminológico” de los especialistas, por otro. Pues bien, Romero aparece como excepción a esa polarización, en la medida en que ha sabido construir un discurso en el que se conjuga el rigor científico con la fluidez expositiva del ensayo. La erudición del historiador argentino, que agrega a la historia social y urbana el conocimiento literario, permite elaborar un discurso en el que bien se reconoce la condición “europea mestiza” de América; ello se logra sólo a partir de esa posición universal, sustentada en “un conocimiento detallado de la cultura europea frente a la cual se puede definir lo específicamente americano”, por encima de los clichés folcloristas y los indigenismos a ultranza. [38]

6. El cambio cultural de la intelectualidad latinoamericana desde los tiempos coloniales hasta la masificación del siglo XX, fue también descrito en La ciudad letrada (1984) de Angel Rama, ejemplo notable de la semiología social de las híbridas metrópolis latinoamericanas a través de su producción literaria. La pesquisa por la estructura de significaciones de la ciudad letrada no podía darse sin el soporte de los significantes de la ciudad real, incluyendo los procesos de cambio político y social, con lo que el crítico literario tuvo que asumir también el papel de historiador urbano.

“La ciudad letrada quiere ser fija e intemporal como los signos, en oposición constante a la ciudad real que sólo existe en la historia y se pliega a las transformaciones de la sociedad. Los conflictos son, por lo tanto, previsibles. El problema capital, entonces, será el de la capacidad de adaptación de la ciudad letrada. Nos preguntaremos sobre las posibles transformaciones que en ella se introduzcan, sobre su función en un período de cambio social, sobre su supervivencia cuando las mutaciones revolucionarias, sobre su capacidad para reconstruirse y reinstaurar sus bases cuando éstas hayan sido trastornadas.” [39]

Dentro de la estirpe de las visiones panorámicas, como la de Romero, que han afrontado la cultura latinoamericana en toda su vasta geografía e historia urbanas, la obra del crítico uruguayo se sobrepuso al especialismo y la balcanización en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, que también había penetrado los estudios literarios, a la vez que se replanteó la naturaleza colonizada y dependiente de la suma cultural latinoamericana. Al igual que en el caso de Romero, en la obra de Rama se intenta escapar del determinismo de los estudios dependentistas, para indagar un nuevo concepto de transculturación que ha iluminado desde entonces “discusiones dentro de los estudios culturales de las elaboraciones postcoloniales y postestructuralistas de la territorialidad... [40] También como la historia de Romero, La ciudad letrada de Rama adopta una tesitura ensayística que le permite mayor libertad reflexiva para conjugar discursos humanísticos. Tal como ha hecho notar Hugo Achugar en el prólogo a la primera edición de la obra en español:

“Reflexión sobre la intelligentzia urbana, sobre sus devaneos con el poder y sus oscilaciones sociales e ideológicas. La ciudad letrada es un ensayo. Es decir, un discurrir de una conciencia que indaga sobre el pasado para entender su presente, hasta que historia y búsqueda personal se funden...

“Historia en tres niveles: social, familiar y personal, La ciudad letrada dispone en sus páginas esplendor y miseria del letrado y de la letra, en esa imagen espacial que es la ciudad. Una ciudad cuyo comienzo es sueño de la imaginación deseante, deseo fundante de un orden y de un poder...” [41]

Esa perspectiva panorámica y reflexiva, que llevó a esos autores a adoptar el ensayo como género, por encima de la monografía especializada, sin descuidar empero la contextualización histórica; la búsqueda de análisis sociales alternativos a la lógica economicista de la Escuela de la Dependencia, tratando de reivindicar la importancia de la manifestación cultural dentro del cambio social; en conjunción con la incorporación de las formas de representación urbana tomadas de diferentes discursos, representación en la que se rastrean las transculturadas manifestaciones de las élites sociales e intelectuales, las cuales recrean a su vez el imaginario y el deseo de cambio en medio de las restricciones de la periferia; todos esos pueden ser vistos como rasgos más o menos presentes en los estudios pioneros de la historia cultural urbana en América Latina. Si bien producidos a propósito de una región ubicada en la periferia política y económica de Occidente, creo que en el fondo las obras de Morse, Romero y Rama expresaron una estrategia interdiscursiva e integradora, análoga a la desplegada por el reflexivo ensayo histórico de Mumford, citado por algunos de ellos, citado por cierto por algunos de ellos.

7. Después de esos trabajos pioneros en acudir a la cantera del pensamiento y la literatura, la crítica literaria de América Latina ha seguido haciendo su contribución al campo de la historia cultural urbana. Así por ejemplo, en una búsqueda temática y temporal más acotada, Julio Ramos ha recreado el punto de vista del cronista-flâneur de Benjamin y la "retórica del paseo" en escritores latinoamericanos de entre siglos, especialmente del modernismo. [42] También para esas ricas décadas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, desde el contexto español, Sonia Mattalía ha hecho una aproximación al imaginario y la emergencia del sujeto urbano, hiperstésico y ansioso, en algunas novelas modernistas. [43] Entre los innumerables trabajos para otros períodos y obras particulares de la literatura latinoamericana, con aproximaciones que se emparentan con la historia urbana, pero que provienen del campo de las letras, valga mencionar los ejemplos de Romero León para novelas del realismo decimonónico, y D’Alessandro para la novela de la masificación urbana anterior al boom. [44]

Dentro del campo de los estudios urbanos propiamente, Jorge E. Hardoy había advertido sobre el “rico material” que aguardaba dentro del espectro de fuentes no convencionales de la historiografía – literatura de ficción y crónicas de viajes, obras de estadistas, científicos y técnicos - para una nueva historia urbanística del período republicano. [45] Anticipaba con ello el académico argentino el eventual desarrollo de una historia cultural urbana, al menos para el período entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, cuando el urbanismo en su sentido más amplio, como proceso de cambio social - sentido anticipado en el mundo hispano por Ildefonso Cerdá y manifiesto en el anglosajón por Louis Wirth - surgió en los contextos nacionales, como parte de los cambios en la cultura urbana de sociedades y repúblicas que aspiraban modernizarse invocando ideales foráneos: orden, progreso, civilización, higienismo, modernismo, funcionalismo. Por ello acaso ese período haya resultado especialmente revelador y prolífico para diversas revisiones que, a propósito de distintas manifestaciones de la urbanización y el urbanismo, se han hecho en la última década: desde la de Pineo y Baer sobre el cambio social y las reformas urbanas; pasando por la coordinada por Pino Iturrieta sobre diferentes formas de representación artística; hasta la que recientemente he editado sobre la cristalización del urbanismo institucional en las grandes capitales, en el marco de una cultura urbana europeizada y burguesa. [46]

Creo que, en especial, el tema de la transferencia de modelos urbanísticos y cultura urbana desde finales del siglo XIX, en el marco de esa modernización auspiciada por las burguesías liberales, ha sido uno de los que han permitido el desarrollo de la historia cultural urbana en América Latina. En este sentido, a finales de los años 1980 Hardoy publicó un artículo sobre la transferencia de ideas urbanísticas desde Europa en el período entre 1850 y 1930, y la manera peculiar como fueron aplicadas en las grandes capitales latinoamericanas; posteriormente traducido al inglés, ese texto puede decirse seminal, no sólo porque introdujera uno de los grandes temas que caracterizan a la historiografía anglosajona, sino también porque prefiguró una camada de estudios que parecieron desarrollar sus directrices para diferentes figuras y casos de estudio. [47] Así por ejemplo, en esta misma dirección, las propuestas urbanísticas, arquitectónicas y paisajísticas para diferentes ciudades latinoamericanas por parte de figuras como Jean-Claude Nicholas Forestier, Le Corbusier, Karl Brunner y otros pioneros, han sido revisadas en estudios comparativos compilados en libros y revistas durante los años 1990. [48] Sin embargo, desde una perspectiva continental, creo que sólo se han desarrollado el ya mencionado texto de Hardoy, seguido de uno muy breve por Ramón Gutiérrez, y otro que he intentado establecer para el período de emergencia del urbanismo técnico, en el contexto de un clima intelectual predominantemente europeo. [49] Valga advertir que este tema de la transferencia y difusión de modelos urbanísticos desde contextos metropolitanos a colonias o países culturalmente dependientes, tal como ha sido desarrollado en la historiografía anglosajona por Peter Hall, Stephen Ward o Anthony D. King, no ha estado tan presente en esos estudios sobre importación urbanística en Lainoamérica.

8. El período de las “ciudades burguesas” y su tránsito hacia la “masificación” posterior a la Primera Guerra, para utilizar la periodización y terminología de José Luis Romero, ha resultado especialmente prolífico para una serie de estudios que, desde finales de los años 1980, han producido ejemplos de historia cultural urbana sobre distintas ciudades latinoamericanas. Evidenciando más o menos los rasgos arriba señalados – superación del enfoque dependentista, tesitura ensayística, contextualización histórica del imaginario – esos estudios han hecho uso de aproximaciones novedosas e integrales sobre la transformación física y las nuevas expresiones de sociabilidad de los distintos grupos urbanos, a la vez que incorporado un espectro de fuentes no convencionales dentro de la historiografía urbana tradicional.

Sin ánimo de ser excluyente, me permito citar el estudio referencial de Jeffrey Needell sobre el Río de Janeiro de la Belle Époque, centrado en torno a las instituciones urbanas de la élite carioca y sus nuevas formas de sociabilidad. También está el soberbio libro de Adrián Gorelik sobre el Buenos Aires en proceso de metropolitanización, en el que la “grilla”, el parque y el suburbio, entre otros, son concebidos como “figuras de la cultura” y “artefactos materiales” que permiten revisar una serie de propuestas de renovación y expansión urbanas; para ello se hace uso de la literatura técnica del emergente urbanismo, combinada con diversos discursos de representación que incluyen el tango y la poesía de Borges. [50] He realizado también una revisión similar para el caso de Caracas entre 1870 y 1940, combinando fuentes especializadas provenientes de la legislación y la literatura técnica, con fuentes inexploradas en la historiografía urbana venezolana, tales como la crónica de viajes y la novela ambientada en ciudad. La anticipación de la discpilina a través de los cambios en el espacio público heredados de la ciudad colonial – Plaza Mayor y murallas – así como el incipiente higienismo que trató de contrarrestar la tugurización, han servido de piezas fundamentales a Gabriel Ramón para recomponer la cirugía urbana y las reformas administrativas de la Lima decimonónica. Para el caso de San José de Costa Rica, Florencia Quesada también ha hecho una bella revisión de la cultura burguesa a propósito del europeizado barrio de Amón a comienzos del siglo XX; archivos municipales y registros de propiedad se combinan allí con la oralidad de los habitantes y las fotografías de las familias josefinas, para ofrecernos otro rico ejemplo de la nueva historia cultural urbana en Latinoamérica. [51]

Para concluir con una breve recapitulación, sólo quiero señalar que el floreciente campo de la historia cultural urbana en Latinoamérica parece ser coincidente, al igual que en otros contextos, con el de la microhistoria, que es otro supuesto explícito o tácito en la mayoría de los estudios referidos. En ellos se siente lo que Chartier señala que ha ocurrido en el dominio de la historia cultural en general: que la consciencia del autor sobre las limitaciones de su relato “es una clase de reflexión sobre el estatuto del conocimiento histórico”, alejado de pretensiones totalizadoras, universalistas o cientificistas. [52] Casi todos parecen apoyarse en las ya citadas obras de los pioneros del campo en la región: Richard Morse, Jorge Hardoy, José Luis Romero y Angel Rama; así como referencias a algunos de los antecedentes internacionales mencionados al comienzo: Mumford, Sutcliffe, Schorske, entre otros; todo lo cual confirma una genealogía y un corpus propio de la historia cultural urbana. Por lo demás, esos estudios comparten las mismas inquietudes por incorporar los discursos representacionales, dejando ver una común concepción de lo urbano en tanto generador de imaginarios o como “lugar de producción de significados”; tal como lo ha señalado Stieber a propósito de las microhistorias de la ciudad moderna: “Mientras los artefactos de la ciudad, sus calles, plazas, arcadas y edificios pueden ser interpretados como signos visibles de procesos sociales, económicos y políticos, conceptuando así la ciudad como compuesto de actos representacionales, la representación de la ciudad en sí misma ha devenido un fértil campo de estudio.” [53]

Con su búsqueda de nuevos métodos, fuentes y estilos de escritura, en los que la ciudad como manifestación espacial y cultural, así como el urbanismo en tanto disciplina todavía emergente, se entretejen con diversas formaciones discursivas, la historia cultural urbana ayuda a construir ese ya referido espacio foucaultiano de aparente “dispersión epistemológica”, del que parece surgir, sin embargo, una historia urbana de bases más amplias, sólidas y ricas.


NOTAS


[1] Una versión preliminar de este artículo forma parte de la ponencia “Revisión de la historiografía urbana n Hispanoamérica, 1960-2000”, VII Seminário de História da Cidade e do Urbanismo, Salvador, Brasil: Faculdade de Arquitetura, Universidade Federal de Bahía, 15-18 Octubre 2002

[2] Nancy Stieber, “Microhistory of the Modern City: Urban Space, Its Use and Representation”, Journal of the Society of Architectural Historians, Vol 58, No. 3, Special Issue, Chicago: Society of Architectural Historians, septiembre 1999, pp. 382-391, 383. “Despite their ideological, methodological, or philosophical differences, what is apparent from the recent reformulations of the relationship between society and culture is the movement from larger totalizing systems applied at large scales of time and geography to smaller-scale investigations of the social interactions through which culture is produced. There is a preference for the concrete over the schematic, an openness to observation, and a distrust of any theoretical construction that might prove constraining. Instead of framing historical problems with long-range developmental trajectories, historians read minute, empirically observable particularities to reveal the codes, forces, and processes at work in shaping cultural forms. There is a rejection of abstraction, the general scheme or concepts through which to interpret expression, in favor of the mapping of material practices, exposing the making of culture as active agent rather than passive reflection...” (trad. A. Almandoz).

[3] Entre los trabajos que me han resultado más influyentes, valga identificar los de Henri Lefebvre La révolution urbaine (1970). Paris: Gallimard, 1979 (La revolución urbana, trad. Mario Nolla. Madrid: Alianza Editorial, 1976); Éspace et politique (1971). Paris: Anthropos, 1974 (Espacio y política, trad. J. Muls de Liarás y J. Liarás García. Barcelona: Península, 1976); Michel de Certeau, L‘écriture de l´histoire. Paris: Gallimard, 1975.

[4] David Harvey, The Condition of Postmodernity. An Enquiry into the Origins of Cultural Change (1990). Cambridge, Mass.: Blackwell, 2001, p. 355

[5] N. Stieber, op. cit., p. 384. “We have reached the stage where we can expect an increasing harvest from the cross-fertilization that has already taken place and can perhaps even anticipate a future in which comparative studies bring into focus generalizing conceptual tools so that we can talk of the history of urbanism on the large scale again” (trad. A. Almandoz)

[6] Roger Chartier, Cultura escrita, literatura e historia. Conversaciones con Roger Chartier (1999). México: Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 236-237. Chartier continúa con su contraposición a la tradición monográfica francesa: “La microhistoria es completamente distinta o incluso opuesta a este proyecto, pues si bien no dedica un interés particular a un lugar, lo toma como un laboratorio, como una situación particular para observar fenómenos que responden a interacciones entre individuos, familias y comunidades, y que pueden dar acceso, asimismo, a la relación entre el poder estatal y la comunidad particular de que se trata, o al modo de actuar con singularidad de los individuos dentro de modelos o creencias compartidas.”.

[7] Ermila Troconis de Veracoechea, “Apuntes sobre la microhistoria”, en José Angel Rodríguez (comp..), Visiones del oficio. Historiadores venezolanos en el siglo XXI. Caracas: Academia Nacional de la Historia, Comisión de Estudios de Postgrado-FHE, Fondo Editorial Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, 2000, pp. 145-151, p. 145

[8] R. Chartier, op. cit., p. 236

[9] D. Harvey, op. cit., p. 355: “A recognition that the production of images and of discourses is an important facet of activity that has to be analysed as part and parcel of the reproduction and transformation of any symbolic order. Aesthetic and cultural practices matter, and the conditions of their production deserve the closest attention.” (trad. A. Almandoz).

[10] Arturo Almandoz, "Aproximación historiográfica al urbanismo moderno en Venezuela. El tema de las ciudades en el pensamiento", en José Angel Rodríguez (comp.), Visiones del oficio..., pp. 211-231. Ver también Arturo Almandoz, La ciudad en el imaginario venezolano. I: Del tiempo de Maricastaña a la masificación de los techos rojos. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2002.

[11] Incluyendo además publicaciones periódicas como, por ejemplo, los números sobre el tema de Ciudades, 43, México: Red Nacional de Investigación Urbana (RNIU), abril-junio 2000; y Apuntes filosóficos, 17, Caracas: Escuela de Filosofía, Universidad Central de Venezuela, 2000.

[12] H. Lefebvre, La révolution urbaine, pp. 139-154 (La revolución urbana, pp. 109-120)

[13] Paolo Sica, L'imagine della città da Sparta à Las Vegas (1970). Bari: Laterza, 1991, pp. 289-290.

[14] Rob Shields, "A Guide to Urban Representation and What to Do About It: Alternative Traditions of Urban Theory", en Anthony D. King (ed.), Re-Presenting the City: Ethnicity, Capital and Culture in the 21st-Century Metropolis. London: Macmillan, 1996, pp. 227-252, 242-243

[15] Tal como he tratado de demostrarlo en Arturo Almandoz, "Consideraciones conceptuales sobre el Urbanismo", Ciudad y Territorio. Estudios Territoriales, Tercera Época, Vol.1, No. 98, Madrid: invierno 1993, pp. 625-636

[16] Michel Foucault, L’archéologie du savoir (1969). Paris: Gallimard, 1992, p. 53.

[17] Néstor García Canclini, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (1989). Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1995, pp. 14-15

[18] Morroe Berger, La novela y las ciencias sociales. Mundos reales e imaginarios (1977), trad. Francisco González Aramburo. México: Fondo de Cultura Económica, 1979

[19] Pierre Ansay, René Schoonbrodt (comps.), Penser la ville. Choix de textes philosophiques. Bruxelles: AAM Éditions, 1989

[20] Carl E. Schorske, "The idea of the city in European thought: Voltaire to Spengler", en O. Handlin, J. Burchard (eds.), The Historian and the City, pp. 95-114 ("La idea de ciudad en el pensamiento europeo: de Voltaire a Spengler", Separata Punto de Vista, Revista de Cultura, año 10, no. 6, julio-octubre 1987, pp. iii-xix)

[21] Andrew Lees, Cities Perceived. Urban Society in European and American Thought, 1820-1940. Manchester: Manchester University Press, 1985

[22] Morton y Lucia White, The Intellectual versus the City. From Thomas Jefferson to Frank Lloyd Wright. Cambridge, Mass.: Harvard University Press, The MIT Press, 1962 (El intelectual contra la ciudad, de Thomas Jefferson a Frank Lloyd Wright, trad. E.L. Revol. Buenos Aires: Ediciones Infinito, 1967). Michael Jaye y Ann C. Watts (eds.), Literature and the American Urban Experience. Manchester: Manchester University Press, 1981.

[23] A. Almandoz, Ciudad y literatura en la primera industrialización. Caracas: Fundarte, 1993.

[24] Richard Lehan, The City in Literature. An Intellectual and Cultural History. Berkeley: University of California Press, 1998, pp. xv, 4

[25] Robert Wojtowicz, “Lewis Mumford. A New Yorker in Philadelphia”, en Lewis Mumford at 100. Sticks, Stones, Cities, Culture. A symposium celebrating the centennial of Lewis Mumford’s birth. Philadelphia: University of Pennsylvania, octubre 19, 1995, p.9: “Mumford enhanced his readers’ understanding of the social and technological forces, as well as the aesthetic impulses that had shaped American art, architecture, literature and philosophy” (trad. A. Almandoz).

[26] Françoise Choay, L’urbanisme, utopies et réalités. Paris: Editions du Seuil, 1965 (El Urbanismo, utopías y realidades, trad. L. del Castillo. Barcelona: Lumen, 1976) ; "Pensées sur la ville, arts de la ville", en Maurice Agulhon (editor), Histoire de la France urbaine, t.4: La ville de l'age industriel. Le cycle haussmannien. Paris: Éditions du Seuil, 1983, pp. 158-271. Paolo Sica también lo ha hecho en Storia dell'urbanistica. Bari: Laterza, 1976-8, 3ts, t.II, pp.1066-1079; así mismo, en L'Imagine della città da Sparta à Las Vegas, pp. 269-326

[27] Richard Sennett, El declive del hombre público (1977), trad. G. Di Masso. Barcelona: Península, 1978; The Conscience of the Eye. The Design and Social Life of Cities (1990). London: Faber and Faber, 1993; Flesh and Stone. The Body and the City in Western Civilization (1994). London: Faber and Faber, 1996.

[28] R. Sennett, Flesh and Stone…, p. 22: ”My learning is lesser, my sights are narrower, and I have written this history in a different way, by making studies of individual cities at specific moments – moments when the outbreak of a war or a revolution, the inauguration of a building, the announcement of a medical discovery, or the publication of a book marked a significant point in the relation between people’s experience of their own bodies and the spaces in which they lived.” (trad. A. Almandoz).

[29] Carl Schorske, Fin de siècle Vienna. Politics and Culture. New York: Vintage Books Edition, 1981; Anthony Sutcliffe, Paris: An Architectural History. New Haven y Londres: Yale University Press; Paul Rabinow, French Modern. Norms and Forms of the Social Environment. Cambridge, Mass.: The MIT Press, 1989; Gwendolyn Wright, The Politics of Design in French Colonial Urbanism. Chicago: University of Chicago Press, 1991; Peter Hall, Cities of Tomorrow. An Intellectual History of Urban Planning and Design in the Twentieth Century (1988). Oxford: Blackwell, 1994

[30] Anthony Sutcliffe (ed.), Metropolis, 1890-1940. London: Mansell, 1984.

[31] Tal como lo hace notar Emrys Jones, Metropolis (1990). Oxford: Oxford University Press, 1992, p. 15

[32] Ver por ejemplo Anthony Sutcliffe, “The Impressionists and Haussmann’s Paris”, French Cultural Studies, vi, 1995, pp. 197-219; “The Planner at the Movies: The silver screen as a mirror of planning and architecture, 1918-1998”, en Robert Freestone (ed.), 20th Century Urban Planning Experience. 8th International Planning History Conference. Sidney (Australia): International Planning History Society, University of New South Wales, julio 1998, pp. 886-893

[33] Guillermo Barrios, Ciudades de película. Caracas: Fundación Cinemateca Nacional, Eventus, 1997.

[34] Cities in Civilization. Culture, Innovation and Urban Order (1998). London: Phoenix Giant, 1999.

[35] N. García Canclini, op. cit., p. 82

[36] Richard M. Morse, “Los intelectuales latinoamericanos y la ciudad (1860-1940)”, en Jorge E. Hardoy, Richard M. Morse, Richard P. Schaedel (comps.), Ensayos histórico-sociales sobre la urbanización en América Latina. Buenos Aires: CLACSO, Ediciones Siap, 1978, pp. 91-112, p. 112

[37] José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976). México: Siglo Veintiuno Editores, 1984, p. 20

[38] Rafael Gutiérrez Girardot, “Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, José Luis Romero. El intelectual y el científico”, en Javier Lasarte (coord.), Territorios intelectuales. Pensamiento y cultura en América Latina. Caracas: La nave va, 2001, pp. 9-16, 9-10, 15-16

[39] Angel Rama, La ciudad letrada. Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1984, p. 55

[40] Así lo hizo notar Carlos Pacheco en la conversación “Homenaje a Angel Rama. La mirada heterogénea de un latinoamericanista a tiempo completo”, Papel Literario, El Nacional, Caracas: noviembre 10, 2001, p. 3

[41] Hugo Achugar, “Prólogo” a Angel Rama, La ciudad letrada, pp. ix-xvi, xiv-xv

[42] Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX. México: Fondo de Cultura Económica, 1989.

[43] Sonia Mattalía, “Sueño y desilusión de la modernidad: imágenes de la ciudad en el fin de siglo latinoamericano”, en B. González, J. Lasarte, G. Montaldo, M.J. Daroqui (comp.), Esplendores y miserias del siglo XIX. Cultura y sociedad en América Latina. Caracas: Monte Avila Editores Latinoamericana, Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 1995, pp. 519-531

[44] Jorge Romero León, Retórica de imaginación urbana. La ciudad y sus sujetos en Cecilia Valdés y Quincas Borba. Caracas: Fundación CELARG, 1997; María Elena D'Alessandro, La novela urbana en Latinoamérica durante los años 1945 a 1959. Caracas: Fundación CELARG, 1992.

[45] Jorge Enrique Hardoy, “Two Thousand Years of Latin American Urbanization”, en Jorge E. Hardoy (ed.), Urbanization in Latin America: Approaches and Issues. New York: Anchor Books, 1975, pp. 3-55, 44-45.

[46] R. Pineo y J.A. Baer (eds.), Cities of Hope. People, Protests and Progress in Urbanizing Latin America, 1870–1930. Boulder: Westview Press, 1998; Elías Pino Iturrieta, Sueños e imágenes de la modernidad. América Latina 1870-1930. Caracas: Fundación CELARG, 1997; Arturo Almandoz (ed.), Planning Latin America’s Capital Cities, 1850-1950. London: Routledge, 2002.

[47] Jorge E. Hardoy, "Teorías y prácticas urbanísticas en Europa entre 1850 y 1930. Su traslado a América Latina", en Jorge E. Hardoy, Richard M. Morse (comps.), Repensando la ciudad de América Latina. Buenos Aires: GEL, 1988, pp. 97-126. La versión inglesa apareció como “Theory and practice of urban planning in Europe, 1850–1930: Its transfer to Latin America, en J.E. Hardoy y R.M. Morse (eds.) Rethinking the Latin American City. Washington: The Woodrow Wilson Center, The John Hopkins University Press, 1990, pp. 20–49.

[48] Benedicte Leclerc (ed.), Jean Claude Nicolas Forestier, 1861-1930. Du Jardin au Paysage Urbain. Paris: Picard, 1994; Francisco Pérez Oyarzun (ed.), Le Corbusier y Sudamérica, viajes y proyectos. Santiago de Chile: Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1991. La compilación de Gutiérrez sobre modelos europeos en el urbanismo latinoamericano fue publicada en la revista DANA. Documentos de Arquitectura Nacional y Americana. Buenos Aires, no. 37-38, 1995. Una compilación de trabajos sobre Brunner fue publicada en la Revista de Arquitectura, 8, Santiago: Universidad de Chile, 1996.

[49] J. E. Hardoy, "Teorías y prácticas urbanísticas en Europa entre 1850 y 1930...”; Ramón Gutiérrez, “Modelos e imaginarios europeos en urbanismo americano 1900-1950”, Revista de Arquitectura, No. 8, Santiago: Universidad de Chile, 1996, pp. 2-3; Arturo Almandoz, “Urbanization and Urbanism in Latin America: From Haussmann to CIAM”, en A. Almandoz (ed.), Planning Latin America’s Capital Cities, 1850-1950, pp. 13-44

[50] Jeffrey Needell, A Tropical Belle Époque. Elite, Culture and Society in Turn-of-the-century Rio de Janeiro. Cambridge: Cambridge University Press, 1987; Adrián Gorelik, La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887-1936. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 1999. He publicado reseñas el libro de Gorelik en Urbana, 26, Caracas: Universidad Central de Venezuela, Universidad del Zulia, enero-junio 2000, pp. 109-110; Planning Perspectives, Vol. 16, No. 3, julio 2001, pp. 327-328

[51] Arturo Almandoz, Urbanismo europeo en Caracas (1870-1940). Caracas, Fundarte, Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 1997; Gabriel Ramón, La muralla y los callejones. Intervención urbana y proyecto político en Lima durante la segunda mitad del siglo XIX. Lima: Sidea, Promperú, 1999; Florencia Quesada Avendaño, En el barrio Amón. Arquitectura, familia y sociabilidad del primer residencial de la élite urbana de San José, 1900-1935. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, Comisión Nacional de Conmemoraciones Históricas, 2001.

[52] R. Chartier, op. cit., p. 243

[53] N. Stieber, op. cit., p. 387: “While the artifacts of the city, its streets, squares, arcades and buildings, can be interpreted as visible signs of social, economic and political processes, thus conceptualizing the city as a composite of representational acts, the representation of the city itself has become a fertile field of study” (trad. A. Almandoz).


Referencias

  • Autor del artículo: Arturo Almandoz, Doctor Architectural Asociation. Profesor Asociado, Departamento de Planificación Urbana, Universidad Simón Bolívar, Caracas.
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