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Arquitectura historicista

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Arquitectura historicista
Las casas del parlamento británico y el reloj que contiene el famoso Big Ben representantes de ese neogótico británico vistos desde el río Támesis

El historicismo desarrollado en el siglo XIX concentraba todos sus esfuerzos en recuperar la arquitectura de tiempos pasados. Se trataba de imitar estilos arquitectónicos de otras épocas incorporándole algunas características culturales de ese siglo mientras que la arquitectura ecléctica se dedicaba a mezclar estilos para dar forma a algo nuevo.

Está considerada en nuestros días como una de las ramas más retrógradas de la arquitectura. Los afanes propagandistas de un «arte moderno» desde comienzos del siglo XX no son ajenos a este severo juicio, que asimila la imitación con el pastiche, en contra de toda una tradición procedente del clasicismo y de su sistema de formación académica. Pero hay más: refugio de un idealismo que no se reconoce, el arte está encargado en nuestra época de asumir valores que sean intangibles, esto es, intemporales. La creatividad se opone a la imitación, el arte a la historia. La más pesada de las condenas pronunciadas por la escuela moderna contra el historicismo tiene que ver con su carácter contingente -en un tiempo y en un lugar dado, dentro de las limitaciones de la cultura o de la moda...-. Desde las enseñanzas de Henry van de Velde en Weimar hasta la estética del material industrial preconizada por László Moholy-Nagy en el marco de la Bauhaus, el mensaje está claro: denuncia de la historia como enemiga del Movimiento moderno. Sin embargo, no por ello ha desaparecido el historicismo.

Considerado, en el último cuarto del siglo XIX, como el remedio contra las facilidades de un eclecticismo destructivo, había encontrado en algunos arquitectos racionalistas una acogida más bien favorable, a condición de que la imitación fuese actual, de que la copia reemplazase al pastiche. Eso es lo que había de conducir al arte aristocrático francés a encerrarse en la imitación rigurosa de los grandes modelos clásicos de Mansart o de Gabriel, fuentes de inspiración de los palacetes y los castillos construidos por Paul-Emest Sansón (1836-1918) o René Sergent (1856-1927): Rochefort-en-Yvelines, 1900; Voisins, en Saint-Hilarion, 1902. Para Paul Mebes (autor de Um 1800, aparecido en 1908), o Friedrich Ostendorf, los dos teóricos bávaros del estilo «neo-Biedermeier», el recurso al pasado es una garantía de objetividad, nos aporta la certeza de conservar el contacto con el público contra la deriva artística individualista de su época.

La concepción americana del neoclasicismo permanece fiel a esta visión, que impregna los grandes proyectos palladianos de John Russell Pope hasta una fecha tardía (monumento a Thomas Jefferson, Washington, construido en 1943). A esta tendencia responde un eclecticismo histórico que se podría creer anticuado, pero que atraviesa con un extremo refinamiento toda la obra de Edwin Lutyens en Gran Bretaña (Homewood, 1901) o en la India (Viceroy’s House, Nueva Delhi, 1922), antes de inspirar la de Emilio Terry en Francia (transformación de Groussay en Montfort- l’Amaury, 1947-1959, para Carlos de Beistegui). A esta corriente de cultura académica se refiere inconscientemente Robert Venturi cuando se apasiona por la retórica del barroco romano (Complexity and Contradiction in Architecture, 1966), que presenta como ejemplo a los arquitectos postmodernos.

El siglo XX tenía necesidad de certezas más que de virtuosismos formales: la rápida desaparición de la fascinación ejercida por el historicismo del siglo XIX en los años setenta va a la par con la vuelta a las certezas de la escritura académica del neoclasicismo, a través de Aldo Rossi o Mario Botta y, después, de Léon Krier. El ejercicio pedagógico de la imitación, que vuelve a ubicar al arquitecto al mismo nivel en una cultura que había olvidado, ha inspirado desde hace veinte años una producción contra corriente, tanto más demostrativa cuanto que busca, manifiestamente, enfrentarse con las formas más sofisticadas de un academicismo moderno crispado.

El final del siglo XX no es menos sorprendente: la concurrencia de lenguajes artísticos durante mucho tiempo disfrazados por vestimentas modernas ha vuelto a la superficie. Ello arrastra como consecuencia una práctica ecléctica, en la que el historicismo encuentra naturalmente su lugar -ya se trate de imitar a Le Corbusier, Pierre Chareau, Claude-Nicolas Ledoux o Pierre Fontaine, de zambullirse en las delicias del estilo atómico o de revalorizar la arquitectura lírica de los años sesenta viendo en ella las formas del mañana-. Atrapada por la historia, la propia modernidad se ha hecho historicista.

En cuanto a las corrientes historicistas, pueden destacarse diversas como las neobizantinas, neoárabes, neobarrocas... aunque la que más auge tuvo fue la neogótica practicada en la Islas Británicas que se basaba, como bien indica su nombre, en un nuevo gótico resucitado. Entre las edificaciones realizadas según este estilo destaca el Parlamento Británico, proyectado por A.W. Pugin (1812-1852) y Charles Barry (1795-1860). También tuvieron mucha importancia algunas variantes orientales, como el neogótico-indio, dentro del cual podemos destacar como ejemplo el Pabellón Real de Brighton, obra de John Nash (1752-1835). En España, destacó la corriente neomudéjar, como expresión de un estilo propio y nacional.

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   » Alberto Mengual Muñoz   »  Iñaki M.B.

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